Injusticia —Mamá —repitió Alina—, ¿por qué no me ha llegado el millón? Solo me han ingresado trescientos treinta mil… ¿Qué clase de cantidad es esa? Se oía el secador de pelo en el baño. Su madre, Vera, lo apagó y respondió con seguridad: —Sí, está bien así —Vera, siempre hábil con el dinero ajeno—, trescientos treinta mil. Pero a Alina le correspondía mucho más. —¿Trescientos treinta? Mamá, ¿y los otros seiscientos setenta? Yo esperaba un millón. Prácticamente un millón, que era de mi padre. Dijiste que me lo transferirías cuando vendieras el piso. —Ay, Alina, no empieces con tus cuentas —respondió—. Sabes que he hecho todo como es debido. —¿Como es debido? Perdona… —la tarima bajo sus pies crujía de indignación—. Yo te di un poder para vender mi piso, que heredé de mi padre. Te pedí que me pasaras el dinero. ¿Dónde está? ¿Dónde se ha perdido? Alina sintió que se había relajado demasiado pronto. —¡Que te lo he pasado! —el secador volvió a encenderse—. Lo he hecho como madre, como una buena madre. Repartí el dinero entre todos mis hijos, por igual. Tu parte legítima está contigo. Pero lo legítimo era todo. —¿Has repartido la herencia de mi padre en tres? ¿Entre mí y ellos? —Alina se refería a sus hermanastros—. Mamá, ¡ese es el dinero de mi padre! ¡Yo no tengo el mismo padre que ellos, por si te sorprende! —¿Y qué más da quién es el padre? —su madre se peinaba mientras hablaba—. El dinero es de todos. Son tus hermanos. Yo soy tu madre. ¿Debía quedarme mirando mientras solo tú gestionas esa fortuna y tus hermanos mueren de envidia? ¡Eso no está bien! He igualado las cosas. Todos por igual. Qué ganas de haberle dado una colleja a la Alina de entonces, la que firmó ese poder… —¿Por igual? ¡Te has quedado mi millón dividiéndolo en tres! ¡Trescientos treinta y tres mil! ¿Y lo demás, mamá? ¡El piso valía más! —Sí, había algo más de un millón tras impuestos y comisiones —zanjó Vera—. Redondeé la cantidad. El resto me lo quedo por las molestias. ¿Te ibas a ocupar tú de tanto papeleo? ¡No! Lo hice todo mientras tú estabas trabajando lejos. —¡Habrás quedado agotada! —¡No te atrevas a hablar así! —soltó su madre—. Tu padre era tu padre, sí, pero yo soy tu madre y decido. Además, eres mayor. Eres la hermana mayor, necesitas menos que ellos. Y yo repartí por igual. Los chicos tienen que hacer su vida. Tú, como mujer, necesitas menos. —¿Y yo no tengo que formar una familia? ¿Tengo que vivir en la miseria, solo porque soy mujer y no se espera nada de mí? —ironizó Alina—. Pásame el resto, mamá. Ahora mismo. —No. Seco, punto final. Su madre sabía que Alina no haría nada. ¿Demandar a tu propia madre por dinero? Nadie lo entendería y encima te juzgarían. Y después de todo, es su madre, se hablan de vez en cuando al menos. Unas semanas más tarde, tras haber organizado sus cuentas, Alina vio fotos en redes sociales. Iván posaba junto a un flamante Polo azul. Dima colgó otra foto con el mensaje: —¡Mi nuevo bólido! Sus hermanos se habían comprado coche. Pues bien. Ella decidió guardar sus trescientos treinta mil y esperar. La paciencia, decía la abuela, es oro. Pasó más de un año. Alina trabajaba, ahorraba, planeaba. Había soltado la situación, pero no lo olvidó. Su madre actuaba como si nada, llamando y cosa frecuente, contándole novedades. Pero hoy, su madre la llamó con una voz tan tensa que le puso la piel de gallina. Alina se inquietó. —¿Qué ocurre, mamá? —La abuela… —Vera titubeó—, la abuela de Iván y Dima… ha muerto esta mañana. Alina sintió una extraña distancia de película. Aquella abuela, que nunca fue suya, jamás tuvo ningún papel en su vida. Para ella era solo “la suegra de mamá” o “la abuela de los chicos”. Pero, en fin, una muerte siempre impresiona. —Vaya… lo siento —ofreció su pésame. —Hay que organizar el entierro, los papeles, no doy abasto. Estoy sola. Los chicos… no saben bien qué hacer en estas cosas. ¿Vendrás? ¿Me ayudarás? No era por mala fe, pero Alina no podía ir, no le daban permiso en el trabajo. —Mamá, estoy en la oficina. No puedo ir físicamente al funeral de alguien a quien apenas he visto tres veces en la vida —respondió Alina. Nunca la llevaron a casa de aquella abuela. —¡Por favor! —suplicó la madre—. Me haría mucho bien. —No puedo ir, pero te ayudo con dinero. ¿Cuánto necesitas? Dímelo y lo tienes ahora mismo. La madre dudó en aceptarlo, pero pensó que el dinero nunca está de más. —No es lo mismo… pero bueno. ¿Veinte mil podrías aportar? —Hecho. —Y añadió—: Te enviaré uno extra, para pequeñas cosas. Considera que es mi homenaje a la memoria… a su abuela. —Gracias, Alina. Siempre me salvas. Alina colgó con una desagradable sensación de victoria. Se justificó: no fue, pero ayudó. Ahora nadie puede reprocharle nada. Medio año más tarde, el funeral era cosa pasada. Dima e Iván ya lucían nuevos caprichos, tal vez motos o móviles. Un martes tranquilo, Alina decidió que era el momento. Llamó a su madre desde la cafetería del trabajo mientras preparaba otra reunión. —¡Hola, mamá! ¿Qué tal todo? —¡Alina! Bien, poco a poco. Dima ha encontrado trabajo nuevo, mejor que el anterior. Iván también va bien, tiene novia. —Me alegro mucho por ellos —respondió Alina—. Mamá, quería hablarte de un tema… —¿Qué tema? —su madre se puso a la defensiva. —Entiendo que ya ha pasado medio año de la abuela. Todos habrán recibido la herencia. La conversación fue aún más tensa que la de los trescientos treinta mil. —¿A qué viene esto, Alina? Claro que han recibido lo suyo. —Eso. ¿Y mi parte de la herencia? —¿Qué herencia? —su madre aparentó no entender, pero Alina notó el tono falso al instante. —De la abuela. —Pero si no era tu abuela. —¿Qué más da? —le devolvió Alina la lógica de antes—. Yo soy tu hija, y tú dijiste que ningún hijo debía quedarse sin. Cuando fue mi millón, lo repartiste a partes iguales. Así lo decías. —¡Eso es distinto! —Vera se puso a la defensiva—. No tiene nada que ver. —¿Ah, no? Tú decías que la herencia es de todos, que decides tú porque eres la madre y hay que ayudar a todos los hijos… —No compares situaciones… —¡Qué cómodo, mamá! Cuando era mi millón, la herencia de mi padre era común y había que repartir. Pero ahora, con el piso de la abuela de ellos, de pronto todo va según las ramas familiares. —¡No te pongas puntillosa! —bufó su madre—. ¿Pretendes que reclame la herencia de mi suegra para ti? ¿Cómo voy a explicarles eso a los chicos? —Solo quiero aplicar tu lógica: usaste mi confianza para quedarte un tercio de mi dinero, porque “los hermanos no pueden quedarse atrás”. Bueno, ahora quiero lo mismo a mi favor, ya que tanto te gusta ese argumento. ¿Ayudaste en la venta del piso? —El dinero ya está gastado. —¿En qué? ¿Coches? ¿Reformas? Yo también quiero. ¿Dónde está mi parte, mamá? Dijiste que debía conformarme con menos, porque soy mujer. Pues no. Su madre estuvo un rato en silencio, digiriendo cómo salir de la trampa en la que ella misma se había metido hacía un año. En su familia, así era siempre: los chicos eran los preferidos, para ellos era todo lo mejor. Aquella abuela nunca aceptó a Alina como nieta, y su madre nunca la defendió. —¿Pero tú qué clase de persona eres? —le espetó por fin, sin argumentos—. ¿Para qué quieres ese dinero? Tú ya trabajas, eres joven, estás sana. Los chicos necesitan empezar su vida. ¡Son hombres! ¡Lo tienen más difícil! —Así que, según tú: la herencia del padre es de todos porque somos hermanos. La de su abuela, solo para ellos porque son hombres y yo “no lo necesito” por ser mujer. —No seas impertinente —replicó la madre—. ¿De dónde tanta avaricia? Jamás admitirá que estuvo mal. Alina es una tiquismiquis por atreverse a exigir justicia. —Quizá no lo sabes, pero por ese poder notarial debías transferirme todo el dinero del piso. Y aún no ha caducado el plazo legal de reclamación. No te estoy amenazando, pero… —¡Alina! ¿Estás amenazando a tu madre? —musitó, asustada. —No, mamá. Pero aún puedo reclamar ese dinero. Piénsalo. Un mes después, a Alina le transfirieron todo lo que le debían, y la bloquearon con toda la dignidad del mundo.

Injusticia

Mamá dijo Lucía, casi sin voz. ¿Por qué no me ha llegado un millón de euros? Solo trescientos treinta mil ¿Qué clase de cantidad es esa?

Podía oírse el secador de pelo tras la puerta del baño. Su madre, Carmen, apagó el aparato y contestó con aire despreocupado:

Sí, Lucía, todo está bien. Trescientos treinta mil euros.

Pero Lucía esperaba mucho más.

¿Solo trescientos treinta mil? Mamá, ¿y los otros seiscientos setenta mil? Yo esperaba un millón, casi exacto, como acordamos Ese dinero era de mi padre y me lo tenías que haber transferido tras la venta del piso.

Ay, Lucía, no empieces otra vez con tus cuentas suspiró Carmen. Sabes perfectamente que hice lo correcto.

¿Lo correcto? el parqué bajo los pies de Lucía crujía, ofendido. Yo te firmé el poder para vender el piso que me dejó mi padre. Te pedí que transfirieras el dinero cuando lo vendieses. ¿Dónde ha ido a parar el resto?

Lucía sentía en la garganta el vértigo de la injusticia.

Te lo he transferido. El secador volvió a zumbar. Actué como una madre debe. Repartí el dinero entre todos los hijos, a partes iguales. Te ha llegado tu tercio legítimo.

Su legítimo todo debería estar entero en su cuenta.

¿Lo has dividido entre los tres? ¿Entre mí y ellos? se refería a sus hermanastros, Pablo y Sergio. ¡Mamá! ¡Ese dinero era solo mío! ¡Mi padre no es el suyo! ¡Cómo si esto te sorprendiera ahora!

¿Qué importa de quién sea el padre? dijo Carmen, peinándose. El dinero es común. Son tus hermanos. Yo soy tu madre. ¿Tendría que sentarme a mirar cómo solo tú administras tal fortuna mientras tus hermanos se mueren de envidia? Eso no está bien. Igualé las oportunidades. Todos por igual.

Ojalá pudiera volver a aquel día en que firmó el poder y darse una colleja

¿Por igual? ¡Te has quedado con mi millón, lo has cortado en tres pedazos! ¡Trescientos treinta y tres mil! ¿Y el resto, mamá? El piso valía incluso un poco más.

Había algo más de un millón después de los impuestos espetó Carmen. Redondeé y lo que quedaba lo tomé yo por las molestias. ¿Te hubieras encargado tú de tanto papeleo? No. Yo lo hice mientras tú vivías tu vida por ahí.

¡Menudo esfuerzo!

No hables así gruñó su madre. Vale, tu padre era tu padre, pero yo soy tu madre y yo decido. Además, eres la mayor, ya tienes tu vida, necesitas menos que ellos. Son chicos, les toca formar familia. A ti no te hace falta tanto, mujer.

¿Y yo no tengo derecho a formar una familia? ¿O debo resignarme a una vida sin nada solo porque soy mujer y se espera poco de mí? Lucía sonaba irónica. Hazme el favor y transfiere el resto, mamá. Ahora.

No.

Contundente. Punto final.

Carmen sabía que Lucía no haría nada. Demandar a tu propia madre por dinero Eso en España, y en familia, sería motivo de escándalo. Además, seguían hablándose, aunque fuera poco.

Un par de semanas después, con el ánimo algo calmado y sus finanzas en orden, Lucía vio en las redes sociales las sonrisas de sus hermanastros. Pablo lucía un cochecito azul reluciente, un Seat Ibiza. Sergio presumía diciendo: Nueva joyita.

Los chicos se habían comprado coche. Bueno. Lucía apartó los trescientos treinta mil suyos y decidió esperar. La paciencia, decía su abuela, es oro.

Pasó más de un año. Lucía trabajó, ahorró, soñó. Soltó aquel tema, pero no lo olvidó. Carmen hacía como si nada: llamaba, contaba anécdotas, nada más.

Pero aquel día, la voz de su madre por teléfono era tan seca, tan extraña, que Lucía se inquietó.

¿Qué pasa, mamá?

La abuela Carmen dudó. La abuela de Pablo y Sergio. Ha fallecido esta mañana.

Lucía sintió una lejanía de película. Esa abuela no era suya, nunca formó parte de su vida. Para Lucía era la suegra de su madre, o la abuela de los chicos. Pero, claro, sentía algo de pena.

Vaya lo siento.

Hay que organizar el entierro, el papeleo, no tengo tiempo para nada. Estoy sola, los chicos no saben ni cómo actuar en estas cosas. ¿Vienes? ¿Me ayudas?

Lucía no dijo que no fuera por maldad, simplemente no podía faltar al trabajo.

Mamá, estoy en la oficina. No puedo coger un vuelo por el sepelio de alguien a quien apenas vi tres veces respondió Lucía.

Jamás la llevaron de visita a esa abuela.

¡Por favor! pidió Carmen. Lo necesito de verdad.

No podré ir, pero te ayudo económicamente. ¿Cuánto hace falta? Dímelo y te hago la transferencia ahora.

Carmen dudó, pero el dinero venía bien.

Bueno No es lo mismo, pero podrías añadir unos veinte mil euros.

Hecho. Y además añadió Lucía, notando que ese era su momento, te mandaré algo más, para pequeños gastos. Considéralo mi homenaje a la memoria de su abuela.

Gracias, Lucía. Siempre me sacas de un apuro.

Lucía colgó sintiéndose perversa, extrañamente satisfecha. Había comprado su excusa: no fue, pero ayudó. Nadie podría reprocharle nada.

Seis meses después, los entierros ya eran historia. Pablo y Sergio andaban estrenando motos, tal vez móviles. Lucía los veía en Instagram y sonreía.

Un martes gris, decidió que ya era hora. Llamó a su madre, sentada en la cafetería junto a la oficina, repasando mentalmente PowerPoints para la próxima reunión.

Hola, mamá. ¿Qué tal estáis?

Lucía, cariño, todo va tirando. Sergio encontró trabajo, mejor que el anterior. Y Pablo pues también bien, ha conocido a una chica.

Me alegro por ellos respondió Lucía. Mamá, quería comentarte algo

¿El qué? Carmen ya sospechaba algo.

Supongo que ya han pasado seis meses desde que falleció la abuela. Ya habréis hecho el reparto de la herencia.

Esta vez, la conversación era más densa, pesada incluso que aquella de los tres cientos treinta mil.

Lucía, ¿adónde quieres llegar? Claro que se ha repartido todo.

Pues eso, ¿dónde está mi parte de esa herencia?

¿Qué herencia? Carmen fingía asombro, pero Lucía captó el matiz falso; su madre nunca había sabido engañar.

De la abuela.

¡Pero no era tu abuela!

¿Y eso qué importa? Lucía la llevaba a su propio terreno. Dijiste que ningún hijo debía ser discriminado. Mi millón lo repartiste a partes iguales. Igualaste. Tus propias palabras.

¡Lucía, no es lo mismo! Carmen cambió el tono. ¡Nada que ver!

¿Por qué no es lo mismo? Tú dijiste que la herencia debía ser común; que tú decides, que hay que ayudar a todos tus hijos

Ni se te ocurra comparar

¡Mira tú qué conveniente! rezongó Lucía. Cuando tocó repartir mi millón, el legado de mi padre era de todos, todo se igualaba. Pero ahora, el piso de la abuela ya solo corresponde a los chicos. Ramas diferentes, dinero diferente, ¿no?

No me busques las cosquillas bufó Carmen. ¿Quieres decirme que pretendes reclamar la herencia de mi suegra? ¿Cómo se lo explico a los chicos?

Solo quiero aplicar el mismo criterio que tú, mamá. Tomaste mi confianza, mi dinero, diciendo que era justo porque teníamos la misma madre. Ahora, si vendiste el piso de la abuela ¿dónde está lo mío?

Ya no queda dinero.

¿En qué se lo han gastado? ¿En las motos, en el coche? Pues yo también quiero. ¿Dónde está mi parte, mamá? Dijiste que tenía que conformarme con menos por ser mujer. Pues no estoy conforme.

Carmen digería el embrollo en el que ella misma se metió años atrás. En su casa siempre fue así: los chicos, hijos del padrastro, todo para ellos. Esa abuela no quiso nunca a Lucía. Y Carmen nunca la defendió a ella.

De verdad, Lucía, ¿cómo puedes ser así? ¿Tanto necesitas el dinero? Trabajas, eres joven, sana. No necesitas mucho. A Sergio y Pablo ya les toca vivienda. ¡Son hombres! ¡Lo tienen más difícil!

O sea, tu postura es: la herencia paterna, de todos. La de la abuela, solo de los chicos, porque son hombres y yo, por ser mujer, no merezco nada.

No faltes al respeto contestó Carmen. ¿De dónde te sale tanta avaricia?

Carmen jamás admitiría que se equivocó. Lucía era la tacaña, solo por exigir justicia.

Por si no te acuerdas, ese poder te obligaba a transferirme toda la cantidad del piso. El plazo para reclamar aún no ha pasado. No quiero amenazarte, pero

¡Lucía! ¿Me estás amenazando? susurró Carmen, asustada.

No, mamá. Pero aún puedo exigir lo que es mío. Piénsalo.

Solo un mes después, Lucía vio cómo le llegaba en la cuenta el resto del dinero. Al instante fue bloqueada por su madre en todas partes.

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MagistrUm
Injusticia —Mamá —repitió Alina—, ¿por qué no me ha llegado el millón? Solo me han ingresado trescientos treinta mil… ¿Qué clase de cantidad es esa? Se oía el secador de pelo en el baño. Su madre, Vera, lo apagó y respondió con seguridad: —Sí, está bien así —Vera, siempre hábil con el dinero ajeno—, trescientos treinta mil. Pero a Alina le correspondía mucho más. —¿Trescientos treinta? Mamá, ¿y los otros seiscientos setenta? Yo esperaba un millón. Prácticamente un millón, que era de mi padre. Dijiste que me lo transferirías cuando vendieras el piso. —Ay, Alina, no empieces con tus cuentas —respondió—. Sabes que he hecho todo como es debido. —¿Como es debido? Perdona… —la tarima bajo sus pies crujía de indignación—. Yo te di un poder para vender mi piso, que heredé de mi padre. Te pedí que me pasaras el dinero. ¿Dónde está? ¿Dónde se ha perdido? Alina sintió que se había relajado demasiado pronto. —¡Que te lo he pasado! —el secador volvió a encenderse—. Lo he hecho como madre, como una buena madre. Repartí el dinero entre todos mis hijos, por igual. Tu parte legítima está contigo. Pero lo legítimo era todo. —¿Has repartido la herencia de mi padre en tres? ¿Entre mí y ellos? —Alina se refería a sus hermanastros—. Mamá, ¡ese es el dinero de mi padre! ¡Yo no tengo el mismo padre que ellos, por si te sorprende! —¿Y qué más da quién es el padre? —su madre se peinaba mientras hablaba—. El dinero es de todos. Son tus hermanos. Yo soy tu madre. ¿Debía quedarme mirando mientras solo tú gestionas esa fortuna y tus hermanos mueren de envidia? ¡Eso no está bien! He igualado las cosas. Todos por igual. Qué ganas de haberle dado una colleja a la Alina de entonces, la que firmó ese poder… —¿Por igual? ¡Te has quedado mi millón dividiéndolo en tres! ¡Trescientos treinta y tres mil! ¿Y lo demás, mamá? ¡El piso valía más! —Sí, había algo más de un millón tras impuestos y comisiones —zanjó Vera—. Redondeé la cantidad. El resto me lo quedo por las molestias. ¿Te ibas a ocupar tú de tanto papeleo? ¡No! Lo hice todo mientras tú estabas trabajando lejos. —¡Habrás quedado agotada! —¡No te atrevas a hablar así! —soltó su madre—. Tu padre era tu padre, sí, pero yo soy tu madre y decido. Además, eres mayor. Eres la hermana mayor, necesitas menos que ellos. Y yo repartí por igual. Los chicos tienen que hacer su vida. Tú, como mujer, necesitas menos. —¿Y yo no tengo que formar una familia? ¿Tengo que vivir en la miseria, solo porque soy mujer y no se espera nada de mí? —ironizó Alina—. Pásame el resto, mamá. Ahora mismo. —No. Seco, punto final. Su madre sabía que Alina no haría nada. ¿Demandar a tu propia madre por dinero? Nadie lo entendería y encima te juzgarían. Y después de todo, es su madre, se hablan de vez en cuando al menos. Unas semanas más tarde, tras haber organizado sus cuentas, Alina vio fotos en redes sociales. Iván posaba junto a un flamante Polo azul. Dima colgó otra foto con el mensaje: —¡Mi nuevo bólido! Sus hermanos se habían comprado coche. Pues bien. Ella decidió guardar sus trescientos treinta mil y esperar. La paciencia, decía la abuela, es oro. Pasó más de un año. Alina trabajaba, ahorraba, planeaba. Había soltado la situación, pero no lo olvidó. Su madre actuaba como si nada, llamando y cosa frecuente, contándole novedades. Pero hoy, su madre la llamó con una voz tan tensa que le puso la piel de gallina. Alina se inquietó. —¿Qué ocurre, mamá? —La abuela… —Vera titubeó—, la abuela de Iván y Dima… ha muerto esta mañana. Alina sintió una extraña distancia de película. Aquella abuela, que nunca fue suya, jamás tuvo ningún papel en su vida. Para ella era solo “la suegra de mamá” o “la abuela de los chicos”. Pero, en fin, una muerte siempre impresiona. —Vaya… lo siento —ofreció su pésame. —Hay que organizar el entierro, los papeles, no doy abasto. Estoy sola. Los chicos… no saben bien qué hacer en estas cosas. ¿Vendrás? ¿Me ayudarás? No era por mala fe, pero Alina no podía ir, no le daban permiso en el trabajo. —Mamá, estoy en la oficina. No puedo ir físicamente al funeral de alguien a quien apenas he visto tres veces en la vida —respondió Alina. Nunca la llevaron a casa de aquella abuela. —¡Por favor! —suplicó la madre—. Me haría mucho bien. —No puedo ir, pero te ayudo con dinero. ¿Cuánto necesitas? Dímelo y lo tienes ahora mismo. La madre dudó en aceptarlo, pero pensó que el dinero nunca está de más. —No es lo mismo… pero bueno. ¿Veinte mil podrías aportar? —Hecho. —Y añadió—: Te enviaré uno extra, para pequeñas cosas. Considera que es mi homenaje a la memoria… a su abuela. —Gracias, Alina. Siempre me salvas. Alina colgó con una desagradable sensación de victoria. Se justificó: no fue, pero ayudó. Ahora nadie puede reprocharle nada. Medio año más tarde, el funeral era cosa pasada. Dima e Iván ya lucían nuevos caprichos, tal vez motos o móviles. Un martes tranquilo, Alina decidió que era el momento. Llamó a su madre desde la cafetería del trabajo mientras preparaba otra reunión. —¡Hola, mamá! ¿Qué tal todo? —¡Alina! Bien, poco a poco. Dima ha encontrado trabajo nuevo, mejor que el anterior. Iván también va bien, tiene novia. —Me alegro mucho por ellos —respondió Alina—. Mamá, quería hablarte de un tema… —¿Qué tema? —su madre se puso a la defensiva. —Entiendo que ya ha pasado medio año de la abuela. Todos habrán recibido la herencia. La conversación fue aún más tensa que la de los trescientos treinta mil. —¿A qué viene esto, Alina? Claro que han recibido lo suyo. —Eso. ¿Y mi parte de la herencia? —¿Qué herencia? —su madre aparentó no entender, pero Alina notó el tono falso al instante. —De la abuela. —Pero si no era tu abuela. —¿Qué más da? —le devolvió Alina la lógica de antes—. Yo soy tu hija, y tú dijiste que ningún hijo debía quedarse sin. Cuando fue mi millón, lo repartiste a partes iguales. Así lo decías. —¡Eso es distinto! —Vera se puso a la defensiva—. No tiene nada que ver. —¿Ah, no? Tú decías que la herencia es de todos, que decides tú porque eres la madre y hay que ayudar a todos los hijos… —No compares situaciones… —¡Qué cómodo, mamá! Cuando era mi millón, la herencia de mi padre era común y había que repartir. Pero ahora, con el piso de la abuela de ellos, de pronto todo va según las ramas familiares. —¡No te pongas puntillosa! —bufó su madre—. ¿Pretendes que reclame la herencia de mi suegra para ti? ¿Cómo voy a explicarles eso a los chicos? —Solo quiero aplicar tu lógica: usaste mi confianza para quedarte un tercio de mi dinero, porque “los hermanos no pueden quedarse atrás”. Bueno, ahora quiero lo mismo a mi favor, ya que tanto te gusta ese argumento. ¿Ayudaste en la venta del piso? —El dinero ya está gastado. —¿En qué? ¿Coches? ¿Reformas? Yo también quiero. ¿Dónde está mi parte, mamá? Dijiste que debía conformarme con menos, porque soy mujer. Pues no. Su madre estuvo un rato en silencio, digiriendo cómo salir de la trampa en la que ella misma se había metido hacía un año. En su familia, así era siempre: los chicos eran los preferidos, para ellos era todo lo mejor. Aquella abuela nunca aceptó a Alina como nieta, y su madre nunca la defendió. —¿Pero tú qué clase de persona eres? —le espetó por fin, sin argumentos—. ¿Para qué quieres ese dinero? Tú ya trabajas, eres joven, estás sana. Los chicos necesitan empezar su vida. ¡Son hombres! ¡Lo tienen más difícil! —Así que, según tú: la herencia del padre es de todos porque somos hermanos. La de su abuela, solo para ellos porque son hombres y yo “no lo necesito” por ser mujer. —No seas impertinente —replicó la madre—. ¿De dónde tanta avaricia? Jamás admitirá que estuvo mal. Alina es una tiquismiquis por atreverse a exigir justicia. —Quizá no lo sabes, pero por ese poder notarial debías transferirme todo el dinero del piso. Y aún no ha caducado el plazo legal de reclamación. No te estoy amenazando, pero… —¡Alina! ¿Estás amenazando a tu madre? —musitó, asustada. —No, mamá. Pero aún puedo reclamar ese dinero. Piénsalo. Un mes después, a Alina le transfirieron todo lo que le debían, y la bloquearon con toda la dignidad del mundo.