¡Íñigo, el maletero! ¡Se ha abierto el maletero, para el coche! – exclamaba Marina, aunque ya compre…

¡Fernando, el maletero! ¡Se ha abierto el maletero, para el coche! exclamaba Lucía, aunque en el fondo ya comprendía que todo estaba perdido. Las cosas volaban del maletero a la carretera y los coches detrás, avanzando como en un sueño líquido y espeso, probablemente ni se daban cuenta de lo que caía delante de sus ruedas.

Regalos y provisiones, aquellas delicias para las que habían estado ahorrando los dos últimos meses: la tarta de Santiago, unas lonchas de jamón ibérico, la mejor merluza traída de la pescadería del barrio, y hasta el turrón que solo se podía permitir en las fiestas grandes. Las bolsas con lo comprado más caro y bonito estaban encima, resguardadas para que nada se estropeara. Habían cargado el coche hasta arriba, rumbo al pueblo de la abuela de Fernando para pasar todas las celebraciones.

La autovía era un tapiz de coches que reptaban lentamente entre nieblas y luces mortecinas, todos escapando de Madrid. Los vehículos iban pegados, uno tras otro, como si no fluyeran, sino se empujaran en una corriente espesa. Parar de repente, imposible. Todo aquello que caía atrás en la noche de Castilla quedaría hundido allí para siempre.

Los niños, Clara y Nuria, sentadas atrás, se contagiaron de la inquietud y también rompieron a llorar al ver la cara apesadumbrada de su madre. Lucía trató de calmarlas, mientras Fernando maniobraba y orillaba al coche bajo los copos lentísimos que caían desde un cielo que parecía lana cardada. Se apearon y caminaron por el arcén, sumidos en esa luz violeta que sólo tiene la nieve reciente y los sueños de invierno, pero fue inútil: no encontraron ni rastro.

No te preocupes, amor dijo Fernando, viendo el temblor a flor de piel de Lucía. Si no está, no está; compraremos otras cosas, o ni falta que hacen, ya nos apañaremos. Anda, subamos, que empieza a nevar fuerte y aún queda camino.

Y Lucía, con el silencio hirviendo en la garganta, no supo si debía culpar a Fernando por aquel maletero truculento; el coche era viejo, y el cierre (que parecía una boca desdentada) se había abierto como por voluntad propia. Se prohibía pensar en lo perdido, luego se lo repetía mentalmente y le entraban las ganas de llorar otra vez. Qué mala suerte: se había privado de dulces todo el mes por aquellos regalos, y ahora… ¡hasta el plaid mullido que habían escogido para la abuela Pilar había volado entre la noche y la nieve!

Llegaron al pueblo ya entrada la medianoche, cuando Castilla parece aún más suspendida en los sueños. Creían que la abuela Pilar estaría dormida, pero la luz brillaba sobre la puerta y dos sombras aguardaban en el porche: Pilar y su vecina, Adela.

¡Habéis llegado, gracias a Dios! exclamó Pilar, besando uno a uno a sus nietos y bisnietos. Lucía, Fernandito, menos mal, no sabíamos ya qué pensar. ¿Dónde están Clara y Nuria? Veo que estáis todos, bendito sea Dios.

Abuela, está todo bien la tranquilizó Fernando, dándole un abrazo bajo la farola. Vamos dentro, que hace un frío que pela y tú aquí solo con la rebeca. ¿Por qué te asustaste tanto?

Pilar alzó la mano en gesto misterioso:

No te rías, hijo, pero Adela y yo hemos estado toda la tarde rezando por vosotros. Me he quedado dormida después de comer y he soñado, clarísimo delante de mis ojos, que vuestro coche salía de la carretera y se perdía entre la ventisca. Me he despertado empapada en sudor. Todo el día me sentía inquieta, como si algo enorme y lento se acercara. Y Adela vino preguntando si ya habíais llegado, mientras su hijo cenaba a gusto en la cocina. Le conté lo del sueño… Ay, hija, nos pusimos a rezar a todos los santos, sobre todo a San Isidro y a la Virgen, que os cuidaran. Y mira, aquí estáis, sanos y salvos. No sabíamos si encender velas o traer una docena de churros por si acaso, pero el miedo se fue en cuanto os vi bajar del coche.

Es verdad, abuela asintieron Lucía y Fernando. Y si alguien se quedó con nuestros paquetes, ojalá les haga ilusión. Quizás les hacía más falta.

La Nochevieja se convirtió en un banquete onírico, con la mesa perfumada de platos humildes pero mágicos: patatas recién cogidas, tomates y pepinillos en vinagre, una ensaladilla que olía a mayonesa de la abuela, y el asado de oca tan sabroso como en los cuentos. Los famosos pastelillos rellenos de Pilar volaban de la cocina a las manos ansiosas de Clara y Nuria, quienes pasaban el rato jugando con los primos de Adela, gritando y riendo como si la fatiga no se asentara jamás en sus pequeños párpados. Todos esperaban al Ratoncito Pérez (quien sustituye a varios regalos en las casas donde los Reyes Magos se despistan) posando los ojos en el reloj, deseando ver con sus propios ojos cómo aparece bajo la higuera de la entrada.

Pilar, abrazando a nietos y biznietos (propios y prestados), se reía con alegría de quien ha hilado un año y una vida que parecen sueño y bendición a la vez. Aquello sí que era felicidad: todos juntos, sentados a una misma mesa.

En el extremo de otro mundo del sueño, en un caserío olvidado donde sólo quedaban tres casas y el viento silbaba como un silbido de otro tiempo, sentábanse dos viejas hermanas, Esperanza y Consuelo, y el vecino Don Gregorio (al que todos llamaban Goyo). La vida seguía enredada en los días de aquellos ancianos, que luchaban por sobrevivir sin más familia que ellos. En verano aún se animaban con la huerta, pero en invierno el frío era un animal metido en casa.

Pero allí estaban, acompañados por la costumbre de la resistencia: Goyo había traído una pequeña rama de encina para hacer de árbol de Navidad, y, aunque la comida era sencilla, la mesa tenía por lo menos pan y sopa calentita. Al mediodía, Goyo fue al bosque a buscar leña seca para tirar en la chimenea. Atando las ramas en el trineo, algo sobresalía de un ventisquero junto a la carretera: ¿sería un abrigo del pasado, quizá alguna quimera? Era una bolsa. Al abrirla, lo increíble: entre rojos brillos, un tarro de huevas, lonchas de pescado, carne curada, y al fondo un plaid blanco como la misma nevada, tan suave que parecía tejido por nubes.

Miró Goyo a un lado y a otro: nada, nadie, solo la frontera difusa entre vida y sueño. Colocó la bolsa en el trineo y la llevó a casa. Cuando tendió el plaid ante las dos hermanas y encendió la chimenea, el calor empezó a anudarse con más fuerza.

Jamás pensé que volvería a probar estos manjares dijo Consuelo, saboreando cada bocado.

Tampoco yo creí que la vida me sorprendiera así añadió Esperanza.

Quizás ha sido Dios, o la suerte concluyó Goyo. Que hemos recibido lo que merecíamos.

No hay por qué lamentarse por las cosas perdidas. Tal vez ha sido la Providencia entregándonos la oportunidad de escapar de una desgracia mayor, o la ocasión de hacer felices a otros. Solo resta celebrar lo que realmente importa: seguir juntos, soñando y abrazando todo lo que aún nos queda bajo el cielo invernal de Castilla.

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¡Íñigo, el maletero! ¡Se ha abierto el maletero, para el coche! – exclamaba Marina, aunque ya compre…