¡Javier, el maletero! ¡Se ha abierto el maletero, para el coche! gritaba Carmen, aunque ya sabía bien que todo estaba perdido. Las cosas del maletero salieron disparadas por la autovía, y seguro que los coches de detrás ni se dieron cuenta.
Y todos los regalos y exquisiteces para los que llevaban dos meses ahorrando ¡Hasta el jamón ibérico, la tarta de Santiago, la sobrasada artesana y todas esas delicatessen que sólo compraban para grandes ocasiones! Las bolsas con las mejores compras y presentes habían ido arriba del todo, para que no se aplastaran. Esta vez iban cargados hasta los topes, camino del pueblo para pasar las fiestas con la abuela de Javier.
La carretera, como era de esperar, estaba hecha un caos: media provincia huyendo de la ciudad. Coches pegados unos a otros, a ritmo de procesión, pero claro, frenar justo ahí era casi imposible. Así que lo extraviado, extraviado quedó.
En los asientos de atrás, los niños se sintieron mal al ver a su madre tan disgustada, y acabaron llorando también. Carmen intentó animarles, mientras que Javier logró por fin salir a un arcén y parar el coche. Todavía quedaba una rendija de esperanza: ¿Y si las bolsas se apartaron al margen? Caminaron un buen trecho marcha atrás por la cuneta, pero lo suyo era inútil. Buscar era perder el tiempo.
Venga, Carmen, déjalo ya, lo perdido, perdido está. Si eso, ya compraremos otras cosas. En fin, ¡tampoco nos va la vida! le dijo Javier, viendo cómo se le caían los ánimos a su mujer. Es solo comida, anda, subid al coche. Mira cómo nieva y cómo oscurece, además, la carretera hoy está para pocos bromas.
Carmen, sin embargo, apenas pronunció palabra en todo el trayecto. No iba a echarle la bronca a Javier por no cerrar bien el maletero Si el coche era viejo, con el cierre dando más guerra que un político en campaña. Lo intentaba, pero cada dos por tres se le venía la lágrima fácil. ¡Qué rabia, con la de vueltas que le había dado para poder ahorrar y comprar todo aquello! Pero, claro, ¿qué iba a hacer? Y encima, recordando que el regalo de la abuela un manta bien mullidita y suave también se había esfumado, le daba aún más coraje.
Llegaron al pueblo a las mil. Pensaban que la abuela María ni estaría despierta, pero no: el farolillo del porche brillaba como si esperara al cometa Halley, y en cuanto metieron el coche en el patio, salió disparada, acompañada de su inseparable vecina Eulalia.
¡Vaya, que ya estáis aquí! ¡Bendito sea Dios! saludó la abuela, que repartió más besos y abrazos de los que caben en un campeonato de fútbol. Carmencita, Javiín, menos mal que no os ha pasado nada. ¡Pero, Javier, vida mía, ¿y tus hijos?! ¡Ah, que son estos dos soletes! ¡Ay, qué dicha veros a todos sanos y salvos!
Abuela, ¿pero qué os pasa, que parecéis la entrada triunfal de la lotería? rió Javier, cogiéndola de la mano. Vamos ya adentro, que solo faltaba que te nos congelaras; ¿cómo que sales solo con la bata a estas horas?
La abuela hizo el gesto típico de yo aquí soy la jefa. Pues, hija, que Eulalia y yo hemos pasado la tarde entera rezando por vosotros. No me tomes por loca, pero el caso es que tuve un mal presentimiento. Dormité después de comer y soñé, como si fuera real, que vuestro coche se salía de la carretera y Bueno, un susto gordo. Me desperté empapada, y ya todo el día con la mosca tras la oreja. Eulalia vino a preguntar por vosotros, porque su hijo ya había llegado con la familia Y yo, toda inquieta, balbuceándole el sueño.
Eulalia, por su parte, lo vio claro: Eso es un aviso dijo, ¡hay que rogar para apartar el mal!. Total, que nos tiramos toda la tarde rezando a San Cristóbal y hasta a la Virgen del Pilar para que llegarais sanos y salvos Y parece que hemos hecho buen trabajo, porque aquí estáis todos, gracias a Dios.
Tienes razón, abuela dijeron Carmen y Javier. Y oye, que si nuestros manjares le han alegrado el día a otro, pues mira tú qué bien. Seguro que a quien le haya tocado le hacían más falta.
El Año Nuevo lo celebraron en familia, con amigos y con mesa para no dejar hueco para las penas: patatas de la huerta, tomates y pepinillos en vinagre, y ese salpicón de marisco que solo la abuela sabía hacer, junto a un pato asado que estaba para chuparse los dedos. Por supuesto, no faltaron las célebres empanadillas de la abuela, que Iván y Lucía devoraron sin piedad: ni roscón, ni dulces, solo querían empanadillas calientes de la olla apoyada en la cocina de leña. Durante el día se hartaron de tirarse en trineo por la ladera con los niños del pueblo. Por la noche, los párpados no aguantaban ni un minuto más, pero había que esperar; ya casi son las doce y todos querían pillar al mismísimo Papá Noel dejando regalos bajo el árbol.
La abuela María reía y abrazaba a nietos, bisnietos y hasta a los de Eulalia. ¡Vaya fortuna estar todos juntos, eso sí que es lo mejor del mundo!
Mientras tanto, en un diminuto y olvidado pueblo a varios kilómetros, en una de las pocas casas que todavía aguantaban, se encontraban dos abuelas, hermanas de toda la vida Asunción y Pilar junto a su vecino, el abuelo Ramón. Se apañaban como podían. Familia, ni rastro; en verano aún plantaban algo, pero en invierno, solo quedaba resistir con el frío y la soledad.
Pero ahí seguían, porque la clave era eso: estar juntos. Ramón había traído un ramito de pino para hacer de árbol de Navidad y para calentar algo la casa. Por la mañana, fue al monte a coger leña seca, y de pronto, vio entre la nieve algo que sobresalía.
Se acercó, tiró de unas asas y era una bolsa. Al abrirla, aquello parecía la cesta de los Reyes Magos: tarta, jamón, sobrasada, y al fondo, un manta de pelo blanco, suave y cálida. Miró alrededor pero ni rastro de dueños. Así que la subió al trineo y la llevó a casa, la extendió ante Asunción y Pilar y plantó las delicias en la mesa.
Pensé que no volvería a probar delicias semejantes, suspiró Pilar.
Y yo que nunca vería un milagro a estas alturas contestó Asunción.
Pues mira, chicas, debe de ser que Dios nos ha echado una mano. ¡Al final, algo bueno nos tenía reservado! Lo mismo este año aún nos da alguna que otra sorpresa remató Ramón.
¡Total, que no hay que llorar por las cosas que se pierden! A veces, quién sabe, es la vida la que te libra de un disgusto mayor, o ayuda a alguien que lo necesitaba más. Lo que importa es lo que sigue junto a uno, y lo que de verdad merece la pena celebrar.







