Indispensable

Lucía vio a Andrés por primera vez en el trabajo. Él había llegado para presentarse en el departamento de aprovisionamiento y ella, justo en ese momento, se había metido a la oficina de recursos humanos.

Había entrado para firmar una orden, pero al cruzarse con el apuesto visitante se detuvo un instante.

¡Qué gallo, pero además con carácter! pasó por su cabeza. Ya se ve que no se hacen como antes se pilló la conversación. Ah, sí en aprovisionamiento entonces nos veremos pronto.

Al día siguiente el desconocido se presentó en la contabilidad. Saludó con una sonrisa y echó una mirada curiosa a los presentes. Sus ojos se posaron en Lucía

Ela, por supuesto, lo notó; una extraña escalofrío recorrió todo su cuerpo. Qué raro, pensó avergonzada. Nos miran ¿Ya hemos visto a alguien así?

Si los habíamos visto o no, la historia no lo dice, pero Lucía captó enseguida que Andrés no era como los demás pretendientes que había conocido.

Andrés siempre le miraba a los ojos con franqueza, con ternura, sin prisas. Resolía cualquier problema con facilidad, sin esperar a que se lo pidieran, pero sin imponerse. Sabía pasar desapercibido y, de alguna manera, aparecía justo cuando era más necesario.

Todo eso dejó una huella imborrable en Lucía. Se enamoró perdidamente, sin remedio.

¡Qué hombre, solo se podía soñar con él!

En cuestión de dos meses ya vivían bajo el mismo techo; a los seis se habían casado. Cuando nació su hijo una réplica exacta de Andrés Lucía comprendió de una vez por todas lo que significa la felicidad.

De noche se acurrucaba junto a él y le susurraba:

No vas a irte a ninguna parte, ¿verdad? ¿Te he atado bien fuerte?

Yo ya no tenía intención de irme contestó él, besándole la sien.

***

Desde el principio Lucía sabía que Andrés tenía una hija de su primer matrimonio. Preguntó por ella, pero él no se apresuraba a contar detalles. Solo una tarde soltó:

Hace años que no hablamos, ni siquiera tengo su móvil. Cuando Dani tenía tres años, mi ex, Lola, no quería que nos viésemos. Ahora ya es una adolescente Así que mejor no revivamos el pasado.

Lucía encogió de hombros:

Como quieras. Pero si alguna vez quieres buscarla, avísame. Yo te apoyo.

Él asintió. Lucía no volvió a preguntar. ¿Por qué? Andrés tenía razón: todos llevamos una historia detrás.

***

Una noche Andrés llegó a casa fuera de sí. Se quitó la chaqueta despacio, como en trance, y sin mirarla se dirigió a la cocina. Se sirvió un vaso de agua y se quedó allí, con el vaso en la mano.

Andrés, ¿qué te pasa? exclamó Lucía, preocupada.

Él la miró culpable y, de repente, soltó como si se hubiera decidido:

He encontrado a Lola en las redes. Le escribí para saber cómo estaban, cómo estaba Dani. Resulta que Dani quiere volver a hablar conmigo. Hemos charlado un poco por teléfono

Lucía se quedó helada. Ella le había recordado a menudo la existencia de la hija, pero al oír esa noticia se sintió como si algo se rompiera dentro.

¡Qué… maravilloso! exclamó, intentando disimular la incomodidad. ¡Me alegro por vosotros!

Andrés se iluminó. Necesitaba oír eso. Y lo escuchó. Pero Lucía sintió, como una pesada carga, que algo nuevo había entrado en su vida.

***

Al principio fueron llamadas breves. Andrés se encerraba en la habitación y cerraba la puerta diciendo: «Dani se sonroja». Lucía se quedaba sola en la cocina y escuchaba su voz, suave, cariñosa, la misma que hacía tiempo solo a ella.

Luego apareció la exesposa. Primero fueron mensajes cortos, después más extensos. Los dedos de Lucía acudían al móvil de Andrés cada vez que lo dejaba sin vigilancia. Leía esos mensajes, veía fotos de una chica que no conocía

Entre líneas percibía el néctar dulce y venenoso: «Estamos aquí, te esperamos»

Cada vez que Andrés llevaba el teléfono a otra estancia, ella se repetía: «Está hablando con su hija, no me lo estoy inventando». Pero una tarde, al pasar cerca, escuchó su nombre.

Lola

Su exesposa…

Desde entonces su infierno tomó forma concreta. Lucía se odiaba por lo que hacía, pero no lograba detenerse. Observaba cómo sonreía mirando la pantalla, cómo contenía la respiración antes de responder.

El engaño le aparecía en cada gesto, en cada palabra. Estaba convencida de que él llevaba dos familias.

Cada día avivaba la llama de los celos. Todo le irritaba.

¡¿Me desprecias por completo?! explotó una noche mientras Andrés pasaba la mano por la lista de chats.

¿Qué pasa, Lucía? le preguntó, con la mirada desconcertada.

¡No te hagas el loco! chilló. ¡Lo veo todo! ¡Sigues hablando con ella!

¿Con quién? parecía no entender de qué hablaba.

Y eso la enfurecía aún más. Cada timbre del móvil se convertía en una descarga eléctrica. Cada retraso en el trabajo era, para ella, prueba de infidelidad. Se volvió una espía en su propio hogar, porque la amaba con una intensidad que rayaba en la autodestrucción.

Él, en cambio, no decía nada, como si no percibiera su tormento. No era su estilo.

***

En definitiva, empezaron a discutir a mano suelta, casi siempre por tonterías. Lo que antes eran minucias se transformó en «gran problema». Lucía gritaba que Andrés ya no la escuchaba, que le lanzaba miradas extrañas, que su presencia le pesaba.

En su cabeza rondaba una idea que la asfixiaba:

«Si decide irse, allí lo quieren, lo esperan».

Antes estaba segura de su matrimonio. Ahora el hogar que tanto amaba ya no le parecía seguro.

De noche, con los ojos abiertos, se preguntaba:

«¿Y si algún día decide que lo que está allí es lo principal? ¿Que el pasado pesa más que el presente?»

Al alba, esa idea la perseguía. Se avergonzaba, se repetía: «Somos familia. No, él no es así».

Cuanto más se convenía a sí misma, más miedo le daba la posible decisión de él.

***

Una tarde, Andrés dejó el móvil en la cocina y se fue a bañar al niño. De pronto la pantalla se iluminó con una notificación: Lola

Lucía no tocó el teléfono. Sus dedos temblaron, su corazón se encogió al pensar en lo que podría leer. No abrió el mensaje; el temor ya era parte de su rutina.

¿Qué te pasa? preguntó Andrés después de acostar al pequeño.

Todo bien respondió de golpe, demasiado rápido.

Él la observó detenidamente, como si hubiera captado algo, pero no dijo nada.

Esa noche, mientras él dormía, Lucía escuchaba su respiración, constante y familiar. Entonces pensó que pronto otra respiración, la de otra mujer, podría ocupar ese espacio.

Ese pensamiento le quemó tanto que se levantó y se dirigió a la cocina, se sentó en el taburete y apretó los puños. Por primera vez se sintió sustituible.

Andrés entró de repente. Ella levantó los ojos, llenos de lágrimas:

Temo que te vayas algún día

Él se arrodilló, tomó sus manos y, con voz apagada, preguntó:

¿A dónde?

Pues desvió la mirada. A ellos.

Él se quedó callado. En el silencio escuchó lo peor: una pausa que pesaba más que cualquier respuesta.

***

Y llegó la noche que lo cambió todo. Andrés simplemente no volvió a pasar la noche. No llamó, no escribió. El móvil estaba fuera de cobertura.

Lucía se quedó en la cocina, en la oscuridad completa, imaginando sus vidas juntas, repasando mil escenarios felices sin ella.

Al amanecer su corazón se volvió hielo.

Se sentó al portátil y sus dedos comenzaron a teclear solos, como si escribieran a Lola.

Lloraba sin darse cuenta, escribía desesperada, como quien se ahoga y agarra la última pajita.

Escribía de amor, celos, humillación, pidiendo una sola cosa: «¡Dime la verdad!»

Al pulsar «Enviar» sintió un extraño alivio y, a la vez, un vacío. Había hecho su movimiento; ahora solo quedaba esperar la respuesta.

***

Todo el día estuvo sin tregua, esperando. Imaginaba la charla con Andrés cuando regresara, cómo le diría que lo sabía todo

Ensayaba la escena una y otra vez, recorría el piso, tocaba objetos, alimentaba al niño de forma mecánica, pero dentro solo había expectativa.

Esperaba el veredicto.

***

Él llegó tarde, casi al filo de la noche, pálido y encogido. Se sentó en silencio frente a ella.

¿Por qué hiciste eso? su voz era baja, cansada.

Lucía se sobresaltó.

¿Qué hice?

Leí tu carta. La entendí todo al revés.

¿De verdad? exclamó, perdiendo la compostura. Pues explícamelo, para que lo entienda. ¿Quieres volver con ella? ¿El amor viejo no se oxida, dicen? ¿Por qué te callas? ¿No te atreves a contestar? ¿Qué te hizo escribir? ¿Quieres demostrar mi debilidad? ¡Qué pereza responder!

Ella no te responderá, Lucía dijo Andrés en voz baja. Yo te contestaré a ti Todo irá bien siempre que no lo arruines tú misma.

Qué conveniente, se rió con amargura. Ni lo pienses. Ya ni me importa. No debí escribirle.

Lola murió exhaló Andrés. Anoche. Estuve con ella hasta el final.

Lucía creyó oír un susurro. El mundo se quedó inmóvil. Su respiración se detuvo, el frío la invadió.

¿Murió? murmuró, como temiendo la respuesta.

Andrés asintió.

Llevaba mucho tiempo enferma continuó. Se alegró cuando aparecí. No se atrevió a decirlo de inmediato. Quería ver cómo reaccionábamos ella y Dani. No intentaba recuperarme, Lucía. Solo quería que Dani no quedara sola.

Suspiró profundamente.

¿Ahora entiendes por qué todo depende de ti? miró a su esposa. Si dices «no», buscaré dónde colocar a Dani.

¿En un orfanato? la voz de Lucía tembló.

No, por supuesto. Tengo familiares de Lola y míos que podrían acogerte. Ojalá alguien acepte adoptarla. De todas formas, no puedo decidir sin ti

Lucía se levantó de un salto:

¡Ni lo pienses! gritó con tal fuerza que se asustó a sí misma. ¡Dani vivirá con nosotros! ¿Entendido? ¡Con nosotros!

Andrés se quedó inmóvil. Cerró los ojos un instante. Al abrirlos, unas lágrimas brotaban.

Sabía confiaba en que dirías eso susurró.

Lucía se acercó, apoyó su cara en su pecho. Todos sus temores y sospechas quedaron atrás.

Delante había una vida nueva, complicada, pero ya no le daba miedo.

Había tomado su decisión.

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