Igor no volvió de vacaciones — La historia de Ludmila, su marido perdido y la verdad ocultada al borde del mar: ecos de un otoño español en 1988

De las vacaciones, Ignacio no regresó

¿Nada de tu marido, ni una llamada ni una carta?
Nada, Verónica, ni a los nueve días ni a los cuarenta he sabido nada de Ignacio bromeaba Lucía, ajustándose el delantal sobre su cintura ancha.
Vamos, que se ha perdido de juerga… o de algo peor asintió la vecina, compadeciéndola. Pues nada, a esperar toca. ¿La policía tampoco dice nada?
Todos mudos, Verónica, más callados que un pulpo en la lonja.
Vaya tela… el destino…

A Lucía estas charlas la dejaban hecha polvo. Cambió la escoba de mano y se puso a barrer las hojas caídas frente a su casa. Era el otoño eterno de 1988. Por más que barría, la acera volvía a llenarse de hojas, y Lucía daba la vuelta para barrerlas de nuevo.

Llevaba tres años jubilada tras toda una vida como enfermera en el hospital, pero el mes pasado tuvo que ponerse a limpiar en la comunidad: la pensión no daba para tanto y no encontraba otro curro. Así era la vida, sin más: ni bien ni mal, lo mismo de siempre, como cualquier familia española. Trabajaban, criaron un hijo, Ignacio solo cataba vino en Navidades y cumpleaños, en el trabajo le respetaban, no se le conocían más faldas que la suya, y ella, cumpliendo años de antigüedad y diplomas médicos.

Ignacio se fue con un viaje del sindicato a la playa y ni rastro de él desde entonces. Lucía ni se alarmó al principio: si no llamaba, pensaba, era porque todo iba bien, estaría descansando. Pero cuando no regresó cuando debía, empezó a buscarle en hospitales, guardias civiles… hasta llamó al tanatorio.

Le mandó primero un telegrama a su hijo, que hacía la mili en Zaragoza, para contarle que el padre había desaparecido, y más tarde logró llamarlo. Entre los dos lograron averiguar que Ignacio había salido del hotel, pero no subió al tren. Seguía desaparecido. Ella daba vueltas todo el día: hospitales, tanatorios, vuelta a empezar…

En el trabajo de Ignacio se lavaron las manos: Nosotros la llevamos bien, le dimos la plaza en el viaje y ahí acaba nuestra responsabilidad. Si no vuelve a trabajar, pues a la calle por absentismo, pero líos familiares no son cosa nuestra.

Lucía quería ir en persona, pero su hijo la convenció:
¿Qué vas a buscar tú allí, mamá? Pronto tengo una semana libre, si me dan permiso, voy yo. Además, con el uniforme y la pinta de soldado, igual saco más en claro.

Así que Lucía se tranquilizó a medias, ocupándose todo el tiempo que podía para no darle vueltas. Iba a la Guardia Civil como el que va al trabajo pero ya sin nervios, solo resignación, ninguna novedad. En parte volvió a trabajar para eso, para no pensar. Mientras barría entre la gente, se mantenía en pie, pero en casa por las noches lloraba, se lamentaba de la suerte que, a su edad, la ponía a prueba de esa manera. Lo peor era no saber nada.

Ignacio apareció ante Lucía tan de repente como desapareció.
Estaba allí, con ese mismo traje azul marino con el que se fue a la playa, sin maleta ni equipaje, el cuello del abrigo subido y las manos en los bolsillos del pantalón, mirando cómo Lucía barría el portal con empeño.

Ella ni lo vio, ni supo cuánto tiempo llevaba el espectro allí, hasta que su hijo la llamó:
Ignacio, ¡Pedro!…, Lucía soltó la escoba y echó a correr.

Abrió los brazos como una cigüeña volviendo al nido y se lanzó sobre el pecho del marido, abrazándolo. Ignacio no respondió al instante, pero al fin le devolvió el gesto.

Ale, a casa que ya está bien de numeritos farfulló el hijo, claramente molesto. Lucía lo notó en la voz y en el paso firme.

Pedrito, que te pego un achuchón, ¡desde primavera no te veía! corrió a darle un abrazo.

Venga, venga. Hace frío, vamos dentro.

¿Y ni una llamada, Ignacio? ¡Menuda faena! La casa sin recoger, sin nada preparado…

Mamá, que no vengo de visita para meriendas. Vine porque lo prometí, y aquí estoy.

Lucía miraba a su marido, y después a su hijo. Habían sido meses horribles; ahora lo único que quería era darles de comer y dejarlos descansar. Ignacio se sentó, en silencio absoluto.

Mamá, siéntate insistió el hijo.

Pero Lucía iba y venía por la cocina con platos y tazas, haciendo ruido.

Mamá, encontré a papá viviendo con otra mujer.

Lucía se giró en seco y miró a Ignacio, que estaba sentado en la mesa, los dedos entrelazados, la cabeza gacha como un niño al que han pillado copiando, delgaducho y compungido, sin apenas alzar la vista.

¿Con otra mujer? ¿De qué va esto, Ignacio?

Ella, en sus fantasías, pensaba en robos, desgracias, quedarse tirado en algún pueblo desconocido, durmiendo en bancos y buscando monedas para volver a casa…

No volvió. Se quedó a vivir con Olga Zubia en una casita frente al mar. No quería irse.

Lucía parpadeó.

¿Y eso?

Pues eso, que no quería. Me di cuenta de que mi vida era un rollo, Lucía dijo Ignacio, elevando el tono. Que no sacaba todo lo que podía. Fábrica-casa-fábrica-casa. Domingos en el pueblo y… nada de libertad.

¡Menuda libertad! Lucía se puso roja de rabia.

Mira, hijo dirigiéndose al muchacho, ¿para esto lo has traído aquí? ¿Para humillarme? Mejor haberme dicho que estaba en el tanatorio, hubiera sido más honesto. Yo aquí haciendo el ridículo, llorando todos los ojos, y él de vacaciones románticas…

Mira, Lucía… igual lo que buscaba era rehacer mi vida.

¡No, Ignacio, no! Lo que tienes es la cabeza churruscada de tanto sol, eso es lo que tienes. Habría sido de hombre regresar, divorciarse y luego empezar de cero, pero no, tú te escondes con otra sin decir nada. No quiero verte ni en pintura, ¡lárgate!

Ignacio se levantó, pasó por el pasillo y se metió en una habitación.

¡No, mejor vete! Como si nunca hubieras vuelto. No quiero, no puedo más gritaba Lucía, al borde de la histeria.
Papá, vete Pedro apareció en el pasillo.

Dos semanas más tarde, Lucía seguía barriendo, con las mismas hojas, la misma agua tras la lluvia, cuando lo vio al fondo, plantado con un abrigo viejo y un gorro ridículo.

Lucía, susurró, y luego gritó su nombre.

Levantó la cabeza, mirándole con una mezcla de vacío y agotamiento. Quería poder perdonarlo, abrazarlo, pero ya no. Él se le acercó.

Me he quedado. Me han cogido otra vez en la fábrica, de peón, eso sí, nada de encargado todavía. ¿Me dejas pasar?

Lucía alzó la cabeza, apretó las manos en la escoba y lo miró.

¡Claro que te dejo! A poner la demanda de divorcio, ¡y rapidito!

¿No me perdonas? Lo entiendo.

Si lo entiendes, ¿qué pintas aquí entonces?

Cuando me fui, Olga me dijo: Si vuelves a casa, aquí no vuelvas. Así que he vuelto, Lucía, y aquí estoy.

Ja, ni allí ni aquí te quieren, Ignacio. Porque hombres así no los quiere nadie. Y si has vuelto es porque Pedro te dio el empujón; si no fuera por él, ni aparecías, así que deja de molestar y vete con tu libertad a otra parte. Que estorbas más que las hojas en otoño y le pasó la escoba varias veces por los zapatos.

Se giró, y con furia renovada, siguió barriendo. Al cabo de unos minutos miró hacia atrás. Ignacio ya no estaba. Lucía suspiró, como si le hubieran quitado un peso enorme. Le temía más a la posibilidad de perdonarlo que a quedarse sola. Y es que, normalmente, a quien te apuñala por la espalda solo lo defienden los locos.

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Igor no volvió de vacaciones — La historia de Ludmila, su marido perdido y la verdad ocultada al borde del mar: ecos de un otoño español en 1988