Íbamos circulando por la carretera cuando, de repente, un oso enorme apareció en medio de la vía y empezó a avanzar lentamente hacia nuestro coche.

Diario de Lucía Domingo, 15 de octubre

Hoy, sin duda, es uno de esos días que te marcan para siempre. Todavía siento el pulso desbocado en mis muñecas y no puedo dejar de darle vueltas a lo que nos ha pasado cuando volvíamos a casa por la carretera de Segovia, atravesando esos interminables pinares tan familiares para nosotros.

Íbamos tranquilamente en el coche con Julián, mi marido, charlando sobre nimiedades, pensando en lo pronto que estaríamos en Madrid, calentitos y cenando algo. La carretera estaba mojada, el cielo encapotado, pero todo parecía en calma.

De repente de la nada, un ciervo enorme salió corriendo y se plantó en mitad de la carretera, justo frente a nosotros. Julián pegó un frenazo tan brusco que el coche patinó y nos quedamos clavados a apenas un metro del animal. Me quedé helada, el corazón en la garganta y sin poder moverme.

El ciervo se quedó mirándonos, erguido, majestuoso. Sus astas se recortaban en el aire y nos observaba con una mirada intensísima, fija, como si pudiera ver dentro de nosotros. No pestañeaba. Avanzó despacio, muy despacio, hacia nuestro lado, y sentí que el peligro era inminente. Tanta calma solo podía ser preludio de algo malo. En ese instante, ninguna cerradura parecía suficiente para protegernos.

Julián, intentando mantener la sangre fría, metió marcha atrás, pero sin brusquedad, y empezó a alejar el coche un poco. Los dos sabíamos que, si al ciervo le daba por dar algún salto, lo tendríamos encima. Yo no podía ni respirar.

Y justo entonces cuando menos lo esperábamos, ocurrió lo inesperado. Un trueno sacudió el cielo y, con un estrépito ensordecedor, uno de los pinos más antiguos de la orilla cayó de golpe, partiéndose a pocos metros de nosotros, levantando tierra y hojas por todas partes. Solo por puro milagro no nos aplastó.

El ciervo, sobresaltado, dio un brinco y salió disparado entre los árboles, perdiéndose enseguida en la espesura del monte. El silencio volvió de pronto, como si la naturaleza guardara el secreto de lo que acababa de suceder.

Ahora, al recordarlo, me pregunto si ese animal vino a advertirnos, si presintió el peligro antes que nosotros. O si simplemente estaba tan asustado como yo y solo buscaba escapar. Lo que sí sé es que nunca podré olvidar su mirada noble y profunda, y que hoy seguimos vivos por poco. Estos bosques castellanos, llenos de misterios y vida salvaje, me han enseñado que nunca sabes lo que el destino te tiene preparado.

Rate article
MagistrUm
Íbamos circulando por la carretera cuando, de repente, un oso enorme apareció en medio de la vía y empezó a avanzar lentamente hacia nuestro coche.