– ¡Ay, cuánto tiempo, amiga! dijo Carmen sentándose al lado de Clara en la terraza del café. Hacía siglos que no nos veíamos. ¿Cómo vas?
– Hola, Carmen contestó Clara, algo despistada. Todo bien.
– ¿Ah, sí? Entonces, ¿por qué esquivas la mirada? Carmen la escrutó con curiosidad. No me digas que otra vez Álvaro ha hecho de las suyas. ¿Qué ha pasado ahora?
– No exageres, por favor refunfuñó Clara, arrepentida de haber aceptado quedar allí. Está todo genial. Álvaro y yo estamos estupendamente. Es un hombre fantástico, de verdad. Mejor cambiemos de tema.
Y sin escuchar las objeciones de su indignada amiga, Clara se levantó, dejando el trozo de tarta a medio comer. No quería oír a nadie; ingenua, pensaba que las críticas nacían sólo de la envidia.
Álvaro era… maravilloso. Guapo, de buena familia, siempre atento. Sólo que, a veces, tenía exigencias un poco curiosas. Le había prohibido, por ejemplo, teñirse el pelo de rubio.
Aquel fue el origen de su primera gran discusión. Por un detalle sin importancia, estuvieron a punto de romper.
Recuerdo que Clara había ido a la peluquería a arreglarse un poco. Una amiga peluquera le había dicho que sería una rubia espectacular. Y ella no pudo resistirse. Volvió a casa con unos rizos color platino.
Álvaro se quedó pálido de rabia. Le lanzó un libro que acababa de estar leyendo tranquilamente en el sofá. Dijo palabras muy feas y exigió que se tiñese de vuelta. De inmediato. Las rubias, le dijo, no tenían cabida en su casa.
Clara, tragándose las lágrimas, salió corriendo a la peluquería más cercana. Allí trataban de convencerla para que no cambiase el color, porque verdaderamente le sentaba bien. Pero al verla llorar, accedieron rápidamente.
Álvaro no dijo nada más. Solo asintió satisfecho. Eso sí, a la mañana siguiente, le regaló una pulsera carísima como reconciliación.
Pero había otra cosa más: Clara no podía vestir de blanco. Rojo, azul, verde… lo que quisiera, menos blanco. Un día, a broma, le preguntó de qué color sería su vestido de novia, pero la mirada extraña de Álvaro le quitó cualquier gana de continuar con la conversación.
– ¡Corre, aléjate de él! insistía Carmen. Huye, y ni mires atrás. Hoy te prohíbe el blanco, ¿y mañana? ¿Salir a la calle? Por muy “bueno” que sea, necesitas otro hombre, uno más sensato.
– Cada uno tiene sus manías se encogía de hombros Clara. Lo nuestro es serio. Incluso vamos a tener un niño. Álvaro sueña con una niña. Ya le ha puesto nombre: Eugenia. Y tú insistiendo en que salga corriendo.
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Clara debió hacerle caso a Carmen. Porque, ay, cuánta razón tenía al avisarle sobre esas rarezas de Álvaro. No tardó en comprobarlo en carne propia.
Había una estancia en la casa cuya puerta siempre estaba cerrada con llave para Clara. Una vez bromeó diciendo:
– ¿No serás primo de Barba Azul?
– No te preocupes se rió Álvaro con extraña ironía que no guardo los cuerpos de esposas en ese cuarto.
No volvió a mencionar la habitación misteriosa. Hasta que, por azares del destino, pudo entrever su interior. Clara había vuelto temprano de la universidad porque el último profesor faltó por una conferencia. Sabía que Álvaro estaba por casa, pero no daba con él. Al pasar junto a la puerta cerrada, oyó un murmullo indefinido. Empujó despacito la puerta entreabierta y lo que vio se le quedó grabado para siempre.
Un retrato enorme de una joven cubría toda la pared. Y Álvaro, de rodillas, ante la imagen.
La chica del retrato sonreía con dulzura, mostrando los brazos como si abrazara a alguien. Se parecía muchísimo a Clara, casi podían haber sido hermanas, solo que ella era rubia.
– Un poco más de paciencia, Eugenia. Muy pronto, por fin, estaremos juntos murmuraba Álvaro, una y otra vez. A Clara le invadió una rabia y una pena inmensas y ya iba a entrar para enfrentarse a él cuando le detuvieron las siguientes palabras.
– Ella me dará una niña, seguro. Entonces tu alma podrá vivir en esa pequeña. Y estarás por fin conmigo. Para siempre. Te cuidaré, y cuando crezcas volveremos a amarnos como antes.
“¡Está loco!”
No pudo evitar pensarlo Clara, que presa del pánico escapó de allí corriendo. Sus amigas tenían razón, cuánta razón. ¿Y ahora, qué hacer? ¿Cómo huir de semejante desequilibrado? Y lo peor, Clara realmente estaba embarazada. Claro que, aún era pronto y no había contado a nadie.
Sus padres estaban lejos; de las amigas solo tenía cerca a Carmen. Así que a la casa de Carmen fue.
– Nunca hubiera imaginado que Álvaro pudiese ser así susurraba la joven, nerviosa, con los puños apretados. Si no lo llego a ver, no lo creo jamás.
– Tranquilízate dijo Carmen dándole agua. Clara la tomó sin rechistar. Tienes que decidir qué vas a hacer. ¿Te quedas con él?
– ¡Jamás! negó con la cabeza. Está chalado. Temo por mí y por mi hija. Sonrió con amargura. Ahora entiendo el tema del tinte, la ropa blanca… Me quería igualita a ella.
– Menos mal que lo descubriste antes de casarte opinó Carmen. No le has contado aún lo del embarazo, ¿no?
– Quería darle la sorpresa…
– Mejor así. Dile que te has enamorado de otro y te marchas. suspiró Carmen Lo mejor es volver a casa. Te cambias de universidad y terminas la carrera allí. Pero lejos de él.
– Sí, lo haré.
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Los siguientes seis meses resultaron infernales para Clara. Más que nada, por dentro. Mudanza, contar la verdad a sus padres… Y tuvo que dejar la carrera por el embarazo. Jamás contempló el aborto, la criatura no tenía culpa. Al final nació una niña, como Álvaro había deseado.
Álvaro, contrariamente a lo que temían, dejó que su prometida se marchara sin grandes dramas. Solo le advirtió que no hablara demasiado. Ni preguntó a dónde se marchaba, parecía no importarle nada.
A veces, Clara se preguntaba si habría hecho bien en dejarlo, y sobre todo, en no decirle nada de la niña. Aquella noche, después de acostar a su pequeña Eugenia, se puso a reflexionar junto a la ventana.
Una llamada al timbre la sobresaltó. Era un repartidor con la cena que había encargado. Cocina nunca fue el punto fuerte de Clara. Cenó rápido y se preparó para estudiar, determinada a retomar la universidad.
Pero las letras se emborronaban, la cabeza le daba vueltas… Buscó el móvil para llamar a emergencias, pero no logró mover los dedos. Antes de perder la conciencia, vio a Álvaro sosteniendo con ternura a la recién nacida.
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Clara despertó en el hospital. Por suerte, su madre decidió visitarla justo a tiempo.
La policía buscó a la niña, pero fue en vano. Álvaro desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra.
Años después, la madre desolada recibiría una carta misteriosa: una foto de Álvaro abrazando a una niña hermosa, de cabello rubioClara vivió los meses siguientes como si su vida se hubiese partido en mil pedazos. Había días en que no sabía si llorar o gritar, noches en las que suplicaba que todo fuera una pesadilla demasiado larga. El cuarto vacío de Eugenia seguía igual que el día en que la policía pasó por última vez: con la cuna lista, la mantita rosa doblada, el osito que Carmen le había regalado aún perfumado de recién nacido.
Pasaron los años. Álvaro no aparecía en ningún registro, ningún país, ningún aeropuerto. Nunca se encontró ni una pista. La policía, las amigas, los padres, todos acabaron rindiéndose. Solo Clara, cada noche, contemplaba una vieja foto de su hija y prometía, murmurando, que no dejaría de buscar.
Fue en uno de esos atardeceres interminables de diciembre cuando decidió salir a caminar. No sabía exactamente a dónde iba: a veces había que huirle al recuerdo para poder respirar. Caminó hasta el parque que solían visitar en su antigua ciudad, la que había dejado por miedo. Vio gente corriendo, un abuelo empujando un carrito, niños jugando entre las hojas secas. Cuando pasó cerca de la fuente, la oyó antes de verla.
La niña cantaba bajito, ajena al mundo, con una voz que a Clara se le grabó en los huesos. Unos rizos rubios rebotaban bajo el gorro blanco de invierno. A su lado, una mujer mayor le tendía un zumo. “Eugenia,” la llamó.
El corazón de Clara redobló en el pecho; su mundo se detuvo. Por un instante eterno, vio cómo la niña giraba la cabeza, enseñando los mismos ojos que en la foto. Se sintió desfallecer, anclada al suelo por el miedo y la esperanza.
No corrió. Respiró hondo. Se acercó lentamente mientras pronunciaba, con toda su alma en la voz: “Eugenia…”
La niña sonrió, reparando en ella. La mujer, protectora, se levantó. Clara, con lágrimas desbordadas, explicó quién era, lo que había pasado, lo que le habían arrebatado. Lloraron juntas mientras la pequeña, curiosa, imitaba el gesto de limpiar lágrimas y preguntó con inocencia: “¿Por qué lloráis?”
Por fin, Clara abrazó a su hija. Lo supo en el momento en que sintió su calor. Tal vez la justicia tarden, tal vez la herida nunca cerraría del todo, pero en ese único segundo, todo el dolor del pasado pareció desvanecerse, dejando solo la dulzura en el pecho.
A partir de ese día, Clara, Carmen y Eugenia se aferraron las unas a las otras, dispuestas a crear juntas una historia completamente nueva. Porque la vida, en ocasiones, da segundas oportunidades a quienes más han luchado por ellas. Y aunque Álvaro se perdió en la negrura del olvido, la risa de Eugenia sonó más fuerte que cualquier recuerdo oscuro, llenando por fin de luz la vida de Clara.







