¡Hola, amiga! Marina se sentó en la silla junto a mí, soltando una sonrisa cálida. Hacía mucho que no nos veíamos. ¿Cómo estás?
Hola, Mari le contesté, sintiendo que mi voz era más lenta de lo habitual. Todo bien.
¿Entonces por qué no me miras a los ojos? su mirada se estrechó, investigando. ¿Otra vez ha pasado algo con Álvaro? ¿Y ahora qué ha hecho?
No exageres respondí, girando los ojos y lamentando haber entrado en esa cafetería. De verdad, todo está bien. Mis cosas con Álvaro son perfectas. Es buena persona, de verdad. Mejor cambiemos de tema.
Sin prestarme a escuchar más argumentos, cogí mi bolso y salí, dejando el trozo de tarta sin terminar. No quería oír consejos ni advertencias, convencida de que ciertas envidias se confundían con preocupación.
Álvaro me parecía ideal: alto, atractivo, de buena familia, detallista Quizá algo peculiar a veces. Como cuando me prohibió teñirme el pelo de rubio.
Aquella fue nuestra primera gran pelea. Casi rompemos por una tontería.
Un amigo estilista me había dicho que nací para ser rubia. Y no resistí la tentación: salí del salón con el pelo platino. Cuando él me vio, cambió el color. Tiró el libro que leía y me gritó cosas que dolieron. Me exigió teñirme de inmediato. Que en su casa, rubias, no.
Apenas aguantando las lágrimas, volví corriendo a la peluquería. Allí me intentaron convencer de no tapar el color, que me quedaba perfecto, pero al verme así, tan frágil, hicieron lo que pedí sin más preguntas.
No hubo más comentarios. Al día siguiente me regaló una pulsera carísima, como si así todo quedara compensado.
Tampoco me dejaba vestir de blanco. Rojo, azul, verde cualquier color menos el blanco. Una vez le pregunté, en broma, qué color escogería para mi vestido de boda, pero contestó con una mirada tan rara que no me quedó ninguna gana de bromear sobre el tema.
Aléjate de él me suplicaba Marina cada vez que lo mencionaba. Hoy no puedes llevar blanco, ¿y mañana? ¿Tampoco podrás salir a la calle? Bástate de lo bueno que sea: necesitas a alguien, no esto.
Bueno, cada uno tiene sus manías encogía los hombros yo, restando importancia. Lo nuestro es serio. Incluso hemos decidido tener un hijo. Álvaro quiere una niña, ya le ha puesto nombre: Lucía. Y tú hablando de huir
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Ojalá la hubiera escuchado.
Esas rarezas no eran tan inofensivas como aparentaban. Tardé en darme cuenta, pero llegó el día.
Había una habitación prohibida en casa. Cerrada siempre con llave. Una vez le solté, medio jugando:
¿No serás primo del Barba Azul, Álvaro?
Tranquila rió con ese tinte inquietante. No tengo los cuerpos de exmujeres ahí dentro.
Después de eso, se acabó cualquier conversación sobre la dichosa habitación. Hasta que, por casualidad, ese día me adelanté y regresé de la universidad antes de tiempo, porque el profesor había cancelado la última clase.
Sabía que Álvaro estaba en casa, pero no lo encontraba por ninguna parte. Al pasar junto a la puerta prohibida, oí una voz apagada. Empujé con cuidado. Por la rendija se podía ver una imagen que se me grabó a fuego.
Un retrato enorme de una chica presidía toda la pared. Álvaro, arrodillado frente a él.
La chica sonreía y parecía invitar a alguien con los brazos abiertos. Y sí, era parecidísima a mí. Podríamos haber pasado por hermanas, excepto por el tono dorado de su pelo: era rubia.
Aguanta un poco más, Lucía. Ya pronto estaremos juntos repetía él, extasiado. Iba a entrar a gritarle, pero me quedé paralizado por lo que oí después.
Me dará una niña, seguro. Y entonces tu alma podrá entrar en ella. Así sí estarás siempre conmigo. Te cuidaré como mereces y, cuando crezcas, volveremos a amarnos.
Chiflado.
Fue lo único que pensé. Corrí hacia la puerta como si me persiguiera el mismo diablo. Marina tenía razón ¡qué razón tenía! Pero ¿cómo podía escapar de aquello? Y lo más grave: yo de verdad estaba esperando un niño. Nadie, salvo yo, lo sabía. Era tan reciente
Mis padres vivían lejos, solo me quedaba de amiga verdadera Marina. Así que allá fui, casi sin aliento.
Jamás habría creído esto de Álvaro murmuraba yo, tan confusa. Si no lo veo con mis propios ojos
Tranquila me dijo Marina, pasándome un vaso de agua, que apuré de un trago. Toca decidir qué harás. ¿Piensas volver con él?
¡Nunca! negaba con la cabeza sin dudar. Puede que esté loco y temo por mí y por el bebé. Sonreí tristemente. Ahora comprendo por qué me prohibía el tinte y el blanco, me hacía demasiado parecida a ella.
Menos mal que descubriste todo antes de casarte valoró Marina. ¿A él le contaste lo del embarazo?
Quería que fuera una sorpresa
Entonces mejor así. Le dices que has conocido a otro, y te vas con ese otro. Suspiro de resignación. Yo creo que deberías volver a tu pueblo, buscarte plaza en la uni local, y seguir con tu vida, lejos de él.
Creo que tienes razón asentí, agotada.
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Aquellos meses fueron de lo más duros. El cambio de ciudad, hablar con mis padres, suspender los estudios por la niña No fui capaz de abortar. El bebé no tenía culpa de nada. Y al final llegó: una preciosa niña, como deseaba Álvaro.
Y él me soltó tan fácil como nunca hubiera esperado. Solo me insinuó que mejor no anduviera contando demasiadas cosas. Ni me preguntó adónde iría, como si de verdad le diera igual.
A veces me asaltaban las dudas. ¿Habría hecho bien, marchándome? ¿Ocultándole a Lucía? Aquella noche, después de acostar a la pequeña Gela, me perdí en esos pensamientos, mirando las luces de la ciudad por la ventana.
El timbre me devolvió a la realidad. Era el repartidor de comida. Yo, cocinar, nunca. Comí rápido y me dispuse a repasar apuntes. Quería volver a estudiar.
Las letras se desdibujaban me empezó a doler la cabeza horriblemente. Intenté llamar a emergencias, pero las manos no me respondían. Antes de desmayarme, de pronto vi a Álvaro, cogiendo delicadamente a mi hija, acunándola en sus brazos.
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Desperté en el hospital. Mi madre, milagrosamente, había decidido venir a verme esa tarde.
La policía buscó a mi niña. Pero de Álvaro, ni rastro. Desaparecidos los dos.
Solo años después recibí una diminuta señal: una foto de Álvaro abrazando a una hermosa niña rubia.
Y desde ese día, aprendí a escuchar a quienes me quieren de verdad, y sobre todo, a hacer caso a mi propia intuición. Nunca más volveré a ignorar las señales por creer que amar es aguantarlo todo.







