¡Hola, amiga! Marina se sentó junto a Carmen en la mesa del café de la Plaza Mayor, dejándose caer en la silla como si el peso del día la hubiera agotado. ¡Cuánto tiempo sin vernos! ¿Cómo estás?
Hola, Mari respondió Carmen, con la mirada perdida en el azucarero. Todo bien.
¿Y entonces por qué no me miras a los ojos? insistió Marina, con esa mirada aguda que nunca se le escapaba nada. ¿Otra vez problemas con Samuel? ¿Qué ha hecho ahora?
No dramatices Carmen rodó los ojos, lamentando haber entrado siquiera en esa cafetería de la calle Preciados. Te juro que está todo en orden. Nuestros problemas son cosas normales. Samuel es un buen hombre, en serio. Mejor cambiemos de tema.
Ignorando la protesta airada de su amiga, Carmen se levantó y dejó un trozo de tarta de Santiago a medio terminar en el plato. No quería oír a nadie; prefería pensar que todas simplemente le tenían envidia.
Samuel era especial. Guapo, exitoso, independiente. Siempre pendiente de ella, colmándola de detalles costosos, y sin embargo con ciertas manías incomprensibles. Le prohibió, por ejemplo, teñirse el pelo de rubio.
Esa fue la primera gran pelea. Estuvieron al borde de la ruptura, ¡por una tontería! Ella solo había ido a retocarse el corte en una peluquería cerca de Moncloa. Su peluquero juraba que había nacido para ser rubia. No pudo resistirse, y regresó a casa con unas ondas platino preciosas.
Samuel, al verla, se quedó blanco como la pared. Golpeó la mesa, arrojó un libro al suelo y, entre palabras duras y frías, le exigió que se tiñera de nuevo. De inmediato. Las rubias no tenían cabida en su casa.
Atravesada de lágrimas, Carmen corrió a la primera peluquería que encontró abierta en la Gran Vía. Se resistieron, le decían que ese tono le favorecía, pero cuando la vieron temblar, le devolvieron el color castaño.
Samuel, satisfecho, ni comentó nada. Pero a la mañana siguiente apareció con una pulsera de oro, como compensación silenciosa.
Tampoco podía vestir de blanco. Rojo, azul, verde, lo que quisiera menos blanco. Un día bromeó sobre el color de su vestido de novia y él le lanzó una mirada tan extraña que Carmen supo que era mejor no preguntar más.
Huye de él la aconsejaba Marina con una seriedad insólita. Huye, Carmen, ni mires atrás. Hoy no puedes vestir de blanco, ¿y mañana? ¿Te prohibirá salir a la calle? Por mucho que diga que te quiere, esto no es amor. Puedes encontrar a alguien mejor, te lo prometo.
Cada cual con sus rarezas se encogía de hombros Carmen. Lo nuestro va en serio. Incluso hemos decidido tener un hijo. Samuel está ilusionado con tener una niña. Ya le puso nombre: Gracia. Y tú me dices que corra…
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Debió escuchar a Marina. Era imposible negar que Samuel era un hombre peculiar. Pronto Carmen lo comprobaría.
En la casa del barrio de Chamberí había una habitación con llave a la que nunca podía entrar. Un día bromeó:
¿No serás familiar de Barba Azul?
No te preocupes respondió Samuel con una sonrisa torcida, allí no escondo cadáveres de esposas.
La conversación quedó zanjada hasta que un día Carmen regresó de la universidad antes de tiempo: el profesor canceló la clase por una ponencia en Salamanca. Sabía que Samuel estaba en casa, pero no lo encontraba por ningún lado. Al pasar por la puerta prohibida, escuchó murmullos dentro. Con cautela, entreabrió la puerta.
La imagen la dejó petrificada: un enorme retrato ocupaba toda la pared. En él, la imagen de una joven sonreía dulcemente, los brazos extendidos hacia alguien invisible. Y Samuel, de rodillas ante el retrato.
La chica se parecía muchísimo a Carmen, casi podían pasar por hermanas salvo un pequeño detalle: la retratada era rubia. La conversación que oyó la dejó helada.
Espera un poco más, Gracia. Pronto estaremos juntos repetía Samuel, devoto. Ella me dará una hija, seguro que sí. Cuando nazca, tu alma podrá ocupar ese pequeño cuerpo Entonces podré cuidarte otra vez, y cuando crezcas, volveremos a amarnos.
¡Un demente!
Carmen salió de allí empapada en sudor y pánico. ¡Marina tenía razón! ¿Y ahora qué? ¿Cómo se escapa de un loco teniéndole tanto miedo? ¿Y encima embarazada?
No podía acudir a sus padres, que vivían en Almería. De amigas, solo le quedaba Marina. Así que fue a buscarla.
No imaginaba a Samuel capaz de eso susurró Carmen, rompiendo a llorar, los puños cerrados sobre la mesa. Si no lo hubiera visto no lo creería jamás.
Tranquila le ofreció Marina un vaso de agua. Debes pensar qué harás. ¿Vas a seguir con él?
¡Ni loca! negó Carmen con fuerza. Tengo miedo por mí, por el bebé. Al menos ahora comprendo por qué me prohibía el cabello rubio y el color blanco. Así era demasiado parecida a esa chica del retrato.
Menos mal que lo averiguaste ahora y no después de la boda dijo Marina, sensata. ¿Le has contado lo del embarazo?
Quería darle una sorpresa
Pues mejor así. Dile que hay otro y márchate. Marina suspiró. Lo mejor será que vuelvas a casa de tus padres y termines la carrera allí, lejos de todo esto.
Eso haré.
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Los siguientes seis meses fueron un reto para Carmen. Más duro por dentro que por fuera. Mudanza, explicaciones, el dolor de la separación Tuvo que dejar los estudios a medias por el embarazo; no pudo abortar, no era capaz de lastimar a una criatura inocente. Finalmente nació la niña que Samuel tanto deseaba. Carmen la llamó Áurea, al margen de las obsesiones de aquel hombre.
Samuel no hizo el menor intento por retener a Carmen. Solo le insinuó, con voz fría, que era mejor no hablar demasiado. Nunca preguntó a dónde se iba ni volvió a buscarla.
A veces Carmen dudaba si había hecho lo correcto, si no debía decirle nada sobre la niña. Sobre todo en noches solitarias, cuando veía dormir a la pequeña Áurea, pensaba en cómo hubiera sido todo de saber Samuel Justo esa noche, tras acostar a la niña, decidió distraerse con los libros para retomar la carrera.
Al poco rato, sonó el timbre. Era un repartidor que traía la cena del restaurante italiano de la esquina; a Carmen la cocina nunca se le dio bien. Tras cenar deprisa, volvió a los libros. Pero las letras se movían. Mareada, se levantó a por el móvil para llamar al SAMUR, pero el cuerpo no respondía. Vio la figura de Samuel, recogiendo delicadamente a la niña y besándole la frente, antes de perder el conocimiento.
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Despertó en el hospital. Su madre, que la visitaba por intuición, había acudido justo a tiempo.
La policía intentó buscar a Áurea, pero Samuel y la recién nacida desaparecieron como evaporados.
No fue hasta años después que Carmen recibió la única noticia: una foto, enviada anónimamente, donde Samuel abrazaba a una preciosa niña de cabello rubioDurante meses, Carmen vivió entre el temblor y la niebla. Nadie sabía dónde estaba Samuel; Áurea, su hija, se había esfumado. Puso carteles, llamó a todas las puertas, lloró en los informativos locales con la fotografía de la pequeña. Pero todo fue en vano: ni una pista, ni una llamada, solo silencio.
Los días se hicieron huecos, interminables. Por las noches, Carmen se asomaba a la ventana y recordaba las palabras de Marina: “Menos mal que lo averiguaste antes de la boda”. Pero nada podía haberla preparado para el vacío de una cuna sin dueño.
El tiempo siguió avanzando, lento y cruel. Carmen perdió la fe en la policía, en la suerte, incluso en sí misma. Se refugiaba en largas caminatas por la playa de Almería, donde el mar parecía acunar su tristeza sin preguntar nada.
Fue entonces, una tarde de otoño, cuando recibió una carta sin remite.
“Estoy lejos, donde nadie pueda encontrarnos. Aquí Áurea crece feliz, rodeada solo de amor y recuerdos. No sufras: a diferencia de ti, ella sí tiene permiso para ser rubia, para vestir de blanco, para llamarse como quiera. He aprendido. Y aunque jamás perdonarás mi locura, algún día entenderás mi amor.
Samuel.”
Carmen dejó que la brisa arrancara la carta de sus manos. Sintió un extraño consuelo: Áurea no sería nunca más la sombra de otra niña. Ni el sacrificio de un amor enfermo. Y aunque la ausencia ardía como el salitre en las heridas, supo que luchar ya no era solo por encontrar a su hija, sino por recuperar el derecho a vivir sin miedo.
Muchos años después, cuando ya las primeras canas surcaron sus sienes y el dolor se convirtió en memoria, Carmen abrió la puerta de casa una tarde, tras escuchar una voz desconocida.
¿Tú eres Carmen?
La joven tenía el pelo de un dorado natural, los ojos claros, el temblor de la incertidumbre en los labios. En la mano sostenía una pulsera de oro.
Carmen no necesitó más respuestas. Cerró los ojos, respiró hondo y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió con esperanza.
Bienvenida a casa, Áurea.







