Ahora, con 33 años, todavía siento vergüenza al recordar lo que hice cuando tenía 18, casi 19.
A veces, al mirar atrás, siento la punzada de aquel error juvenil.
Por entonces estudiaba en la Universidad Complutense de Madrid y el mundo me resultaba cómodo y conocido.
Mi familia no era adinerada, pero tampoco nos faltaba nunca nada.
Mi madre, Carmen Ruiz, enseñaba matemáticas en un instituto cercano, y mi padre, el doctor Manuel Ruiz, era dentista en una clínica de barrio.
En casa siempre reinaban el orden, la abundancia y la calma.
Teníamos a doña Rosario, que venía a ayudarnos con la limpieza, así que mi único deber era mantener mi cuarto en orden y centrarme en los estudios.
Desde pequeña había asumido que mi trabajo era estudiar bien y no meterme en líos.
Durante la universidad, salía desde hacía más de un año con un chico, Alejandro Gómez.
De familia trabajadora, callado y educado; mis padres le valoraban.
Nuestros planes se reducían a tardes de cine en el Callao, un helado en las terrazas de la Gran Vía, paseos por el Retiro.
Todo era tranquilo, predecible, sin sobresaltos.
En aquellos años yo no sabía que la estabilidad era un privilegio.
Todo cambió en una fiesta en casa de una amiga de la facultad, Clara, en el barrio de Malasaña.
Aquella noche, conocí a Samuel Martín.
Llegó en una moto vieja, iba vestido de forma desgarbada, reía con ganas, hablaba alto y, a diferencia de mis amigos, no estudiaba: trabajaba de mecánico en un taller cerca de Atocha.
Desde esa misma noche empezó a buscarme.
Me escribía notas, me esperaba a la salida de la universidad, me decía que era demasiado especial para los chicos aburridos.
Comencé a ver a Samuel a escondidas.
Mentía a mi novio, a mis padres, a mis amigas.
Con Samuel, la vida era puro vértigo: paseos por la ciudad bajo la lluvia en su moto, cervezas en las tascas del barrio, música a todo volumen, escapadas improvisadas.
Me sentía viva, distinta, rebelde, como si por fin me saliera del guion.
Unos pocos meses después, Samuel me propuso que nos fuéramos a vivir juntos.
No fui capaz de dejar a Alejandro; no sabía enfrentar ese dolor.
Pero aun así, acepté y di el salto.
Una noche empaqueté un par de mudas y, sin que mis padres lo notaran, dejé una nota y me fui.
Me instalé en la casa de Samuel, donde él vivía todavía con sus padres, en un piso pequeño y caluroso del sur de Madrid.
Allí la realidad se impuso.
Pronto, cambié las clases por las tareas del hogar: preparar desayunos, barrer, fregar, limpiar baños, lavar la ropa a mano.
A duras penas sabía cocinar nada que no fuese arroz blanco con pollo.
Su madre, Lucía, me miraba con desaprobación cuando la comida era demasiado sencilla; su padre refunfuñaba por cualquier nimiedad.
Lloraba a escondidas en el baño, sintiéndome inútil.
Dejé la universidad porque no podía permitirme el abono para el metro ni tenía tiempo para estudiar.
Pronto, Samuel empezó a transformarse.
En el taller, se acostumbró a beber cerveza por el calor, y los fines de semana desaparecía con los amigos del barrio.
Volvía borracho, gritaba, se quejaba de la casa, decía que no sabía ser mujer de verdad.
Me echaba en cara mi educación, mi comodidad anterior, que mis padres me habían criado malcriada y torpe.
Yo me sentía atrapada: sin dinero, sin estudios, sin un sitio al que ir.
Los días pasaban y yo no dejaba de pensar en mi vida anterior: en mi cuarto limpio, en la cama tan cómoda, en los cuadernos llenos de apuntes, en mi madre preguntándome si había comido, en mi padre llevándome en coche a clase.
Me acordaba de Alejandro, de su tranquilidad y de su ternura discreta.
Y no entendía en qué momento cambié todo eso por la inseguridad y el caos.
Un día, decidí que ya no podía más.
No avisé a nadie.
Me mandaron a comprar algo a un supermercado barato en Usera, a media hora andando.
Sabían que solía tardar.
Salí de casa con una bolsa vacía y, dejando atrás dos manzanas, en vez de ir al supermercado, cogí un autobús de la EMT de regreso a mi barrio.
El trayecto se me hizo eterno, temblando toda por el miedo al reencuentro.
Cuando llegué, mi madre abrió la puerta y se quedó en silencio.
Después, rompió a llorar.
Yo también.
Llevaban casi diez meses sin saber apenas nada de mí.
Mi padre salió del despacho y me abrazó, sin decir una palabra.
Aquella noche dormí de nuevo en mi cama, en paz, sin gritos ni miedo.
Nunca logré recuperar a Alejandro; él ya había rehecho su vida.
Pero sí recuperé a mis padres.
Volví a la universidad, volví a estudiar.
Y descubrí, aunque me dolía admitirlo, que antes no era infeliz.
Mi vida no era aburrida; era estable.
Fui yo quien no supe valorar lo bueno, hasta que conocí lo malo.





