Hoy tengo 33 años, pero aún me avergüenzo al recordar lo que hice cuando tenía 18 y casi 19.

Ahora que tengo 33 años, me sigo sonrojando cada vez que recuerdo lo que hice cuando tenía 18, casi 19.
Estaba en la universidad y vivía bastante cómoda.
No éramos ricos ni mucho menos, pero en casa no nos faltaba de nada.
Mi madre, Manuela, era profesora de matemáticas en un instituto y mi padre, Salvador, dentista de barrio.
En nuestra casa siempre había orden, comida caliente y tranquilidad.
Venía una señora, Rosa, a echar una mano con la limpieza, así que mi única responsabilidad real era mantener mi cuarto decente y estudiar.
Desde pequeña, asumí que mi único trabajo era sacar buenas notas y no dar problemas.
Llevaba poco más de un año saliendo con un chico de mi carrera, Pablo.
Era un chico muy tranquilo, del mismo ambiente que yo, responsable, educado, de esos que les caen bien a los padres.
Íbamos al cine, a tomarnos un helado, dábamos paseos por el Retiro Todo era previsible, sin sobresaltos, sin dramas.
Por aquel entonces no sabía que la estabilidad era un privilegio.
En una fiesta de una compañera conocí al otro.
Llegó en moto, vestido de manera distinta, hablaba muy alto, se reía sin reparos, no estudiaba, trabajaba de mecánico en un taller por Lavapiés.
Desde esa misma noche empezó a buscarme.
Me escribía mensajes, me esperaba a la salida de la facultad, y repetía que yo era demasiado interesante para perder el tiempo con chicos aburridos.
Empecé a salir con él a escondidas.
Mentía a mi pareja, a mis padres, a mis amigas.
Con el mecánico todo era adrenalina: rutas nocturnas en la moto por la Castellana, cervezas en cualquier terraza, música puesta a tope, escapadas rápidas.
Sentía que estaba viva, que era diferente, una rebelde.
Solo pasaron unos meses antes de que me propusiera irme a vivir con él.
No tuve el coraje de cortar con el buen chico, no sabía cómo gestionar aquello, pero aun así acepté marcharme.
Una noche recogí algo de ropa, lo justo para no levantar sospechas, dejé una nota en la cocina y me fui a su casa, donde vivía con sus padres en un piso pequeño en Vallecas.
Ahí fue donde la realidad me explotó en la cara.
El piso era chico, desordenado y hacía un calor insoportable.
En vez de levantarme para ir a clase, me despertaba para preparar el desayuno, barrer, limpiar los baños, fregar los suelos y lavar la ropa a mano.
No sabía cocinar más allá de arroz y filetes a la plancha.
Su madre, Carmen, me miraba mal cuando la comida estaba sosa; su padre, Julián, se quejaba de todo.
Lloraba en el baño, sintiéndome inútil.
Dejé la universidad porque no tenía dinero para el abono transportes ni energía para estudiar.
Poco a poco él cambió.
En el taller, según él, se tomaba alguna caña por el calor, pero en realidad bebía cada día, y los fines de semana desaparecía con sus colegas.
Llegaba borracho, gritaba, despreciaba lo poco que yo conseguía hacer, diciendo que no sabía ser una mujer de verdad.
Me acusaba de mimada, inútil, decía que mis padres me habían criado sin saber valerme.
Me sentía atrapada.
No tenía dinero, ni estudios, ni un lugar al que ir.
Los días pasaban y yo solo podía pensar en mi vida anterior.
Aquella habitación limpia, mi cama mullida, las libretas del campus, mi madre preguntando si había comido, mi padre llevándome en el coche Pensaba también en Pablo, aquel chico pausado y atento al que abandoné.
No entendía cómo pude tirar todo aquello por la borda.
Un día tomé una decisión.
No se lo conté a nadie.
Me mandaron a por cuatro cosas a una tienda pequeña a veinte minutos andando.
Sabían que siempre tardaba.
Salí con la bolsa vacía, caminé dos manzanas y en vez de ir a la tienda, cogí un autobús a casa de mis padres, contando las monedas que tenía en euros.
Estuve temblando todo el camino, muerta de miedo por cómo reaccionarían.
Cuando llegué, mi madre me abrió la puerta y se quedó sin palabras.
Luego rompió a llorar.
Yo igual.
Llevaban casi diez meses sin saber nada de mí.
Mi padre salió de su despacho y me abrazó muy fuerte, sin decir nada.
Aquella noche dormí en mi cama.
Limpia, tranquila, sin miedo ni gritos.
Nunca pude recuperar a Pablo.
Ya había pasado página.
Pero recuperé a mis padres.
Volví a la universidad.
A estudiar.
Y comprendí algo que me costó mucho aceptar: antes, no era infeliz.
Mi vida no era aburrida.
Era estable.
Fui yo la que no supo ver el valor de lo bueno hasta probar lo malo.

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MagistrUm
Hoy tengo 33 años, pero aún me avergüenzo al recordar lo que hice cuando tenía 18 y casi 19.