Esta noche voy a contarte mi historia, aunque parezca sacada de un sueño extraño y desdibujado en las calles de Madrid bajo una niebla espesa. Me convertí en madre siendo apenas una niña, casi por accidente, sin un abrazo ni una palabra amable detrás. Ahora mi hija, Lucía, con apenas tres años, es mi constante sombra y mi faro. A veces caminar se me hace pesado como cruzar la Gran Vía llena de agua, y pesa aún más porque sobre mis hombros baila sola la responsabilidad de su alegría. El padre de Lucía, de quien apenas recuerdo el rostro, se volvió humo hace mucho.
Escribo esto con la cabeza convertida en una tormenta de pensamientos dispersos y ansias, porque últimamente todo me parece más turbio, como si viviera en un eterno atardecer madrileño sin saber adónde mirar. Me siento cansada hasta el tuétano del alma, con días en que la voluntad intenta escapar de mi cuerpo, pero encuentro una razón para amarrarla de vuelta: Lucía. Lo único que ansío es regalarle el cariño que a mí me negaron.
Siempre pienso en mi propio padre, que se esfumó como un tranvía fantasma apenas vine al mundo. Y mi madre… Rosario, siempre envuelta en el humo de sus historias y parejas, dejó puesto su amor en los hijos de sus hombres y yo, la eterna extraña en mi propia casa de Salamanca. Si necesitaba unas botas nuevas para el colegio, tenía que imaginar cómo conseguirlas, porque pedirle a mi madre era pronunciar palabras prohibidas. Decía que no tenía euros, pero siempre hallaba manojos de billetes para las fiestas de los hijos del nuevo novio, mientras mi propio cumpleaños a veces ni recordaba.
Observaba en silencio cómo les ofrecía lo mejor: pasteles de nata, ropa reluciente, juegos que nunca pedí. Si alguna vez deslizaba mis penas en palabras, me llamaba desagradecida. Recuerdo bien cómo mis zapatillas se abrían por la puntera mientras arrastraba los pies bajo los plátanos del Retiro, intentando que nadie lo notara. Rosario las vio, pero su mirada resbaló sobre mí. Tres días después, la hija de su novio estrenaba calzado nuevo porque los suyos “le parecían feos”.
Pasé muchas noches viendo las farolas desde la ventana, preguntándome por qué mi madre abrazaba a otros y a mí no. Hasta que, de golpe, sentí que yo era para ella un lastre al que quería perder, y me fui. No me retuvo. Ni siquiera preguntó dónde estaba. Seguí adelante entre callejones y escasez, sobreviviendo con ingenio, pero nunca tiré la toalla.
Después de cuatro o cinco vueltas de las agujas del reloj, la vida se comió los cimientos de la casa donde quedaba Rosario. El último novio la dejó por una chica más joven y sus hijos volvieron con su verdadera madre, un eco lejano. Rosario se quedó sola en aquella casa. Sentí un nudo por ella, pero no encontré palabras ni pasos adecuados para regresar.
A veces, como si caminara por las plazas vacías a medianoche, pienso si debería buscarla, preguntarle si todavía me mira como si no existiera. Me asusta hallar el mismo muro de hielo al otro lado de su puerta. Quizá este anonimato mutuo sea la manera menos cruel de seguir. ¿Vosotros qué haríais?





