—¿Hola? ¿Sigues ahí? Solo quiero abrirte los ojos…
Carmen se sentó a la mesa de la cocina preguntándose qué hacer. «No puedo perdonar. No se puede pasar por alto una traición así. Aunque, por otro lado, ¿acaso he vivido mal todos estos años? Un piso en el centro de Madrid, una vida cómoda. No tengo de qué quejarme. Y sin embargo…».
***
En el instituto, Carmen era la primera de la clase. Así la habían educado sus padres: había que hacerlo todo bien.
En cambio, Jaime sacaba notas mediocres en todas las asignaturas, excepto en matemáticas. Ahí era un as, ganaba todas las olimpiadas. Iba siempre despeinado. Tenía la mala costumbre de embarrarse los dedos en el pelo cada vez que algo no le salía. Un poco encorvado, con esas gafas de pasta gruesa que le daban aire de empollón, las chicas no le interesaban en absoluto. Solo pensaba en teoremas y fórmulas.
Un día, en el recreo, alguien le dio un empujón sin querer, las gafas cayeron al suelo y se rompieron. En clase, Jaime entrecerraba los ojos para ver la pizarra. De pronto, Carmen se fijó en su perfil: el de un general griego, con una mandíbula marcada, nariz recta, labios bien dibujados y unas pestañas espesas que enmarcaban sus ojos.
Un codazo en el hombro la sacó de su ensimismamiento.
—Ay, pero si sin gafas está como un pincel —le susurró al oído su amiga Lola.
Carmen apartó la mirada, turbada, pero al cabo de unos minutos volvió a mirar a Jaime. Después de clase, se acercó a él y le dijo que sin gafas se le veía mucho mejor.
—¿No has probado a usar lentillas?
Al día siguiente, Jaime llegó al instituto sin gafas, pero ya no fruncía el ceño para ver. Carmen supuso que sus padres le habían comprado lentillas.
—¿Así está bien? —le preguntó en el recreo.
—Mucho mejor —sonrió ella.
Desde ese día, empezaron a salir. Él le contaba con entusiasmo sobre teoremas y fórmulas, mientras ella lo miraba embobada. Le ayudaba con lengua y literatura.
A él, campeón de olimpiadas matemáticas, le esperaban las puertas de las mejores universidades. Por culpa de Jaime, Carmen cambió de idea y en lugar de estudiar filología en su ciudad, se fue a Madrid para estar cerca de él.
Cuando la universidad estaba a punto de terminar, sus padres insistieron en que volviera a casa. Ella había perdido toda esperanza de quedarse con Jaime. Pero justo antes de irse, él se arrodilló torpemente y le propuso matrimonio, con un anillo en una cajita, como en las películas de antes.
Jaime entró en el doctorado y empezó a dar clases a universitarios. Les asignaron una habitación en una residencia para profesores, con una cocinita minúscula y un baño compartido.
Carmen era una estudiante normalita, así que, aparte de ser profesora, no le esperaba gran cosa. Al año y medio, nació su hija y ya no volvió a las aulas. Jaime defendió su tesis, ganó un premio prestigioso por demostrar no sé qué teorema complicado. Carmen se quedó en casa criando a la niña.
Los artículos de Jaime se publicaban en revistas internacionales. Hasta le invitaron a dar una conferencia en Harvard. Obtener el doctorado en matemáticas supuso un nuevo escalón en su carrera. Carmen se alegraba sinceramente de los éxitos de su marido—al fin y al cabo, también era mérito suyo. De la residencia se mudaron a un piso en el centro de Madrid.
Los conocidos los tomaban como ejemplo de matrimonio perfecto, un modelo a seguir. Toda la vida de Carmen giraba en torno a Jaime y a su hija Lucía, que se había convertido en una auténtica belleza y se casó joven con un pintor prometedor.
Pero todo se derrumbó en un solo día. Carmen estaba a punto de preparar la comida cuando sonó el teléfono. Descolgó y respondió con amabilidad.
—¿Es usted la esposa de Jaime López? La llamo para advertirla. Su marido le es infiel. No cuelgue —pidió la buena samaritana, aunque Carmen ni lo pensaba—. Tuvo un romance con mi hija. La pobre estuvo meses con depresión cuando la dejó. Ahora sale con una profesora joven. Van juntos a congresos… ¿Hola? ¿Sigue ahí? Solo quiero abrirte los ojos…
El tono de llamada resonó en sus oídos, pero Carmen seguía con el auricular en la mano. No era de las que creen en cotilleos, así que decidió comprobarlo por sí misma. Fue a la universidad, encontró el aula donde Jaime daba clase y esperó.
Al fin, las puertas se abrieron y salió un tropel de estudiantes. Jaime pasó de largo sin verla—nunca miraba a los lados. Cuando entró en su despacho, Carmen esperó unos minutos y abrió la puerta. Jaime estaba besándose con una mujer joven y guapa…
***
«¿Y ahora qué hago?», se preguntaba por enésima vez, sentada en la cocina, mirando sin ver el papel pintado de florecitas.
Carmen se sobresaltó al oír girar la llave en la cerradura.
«No he preparado la comida», pensó, alarmada por costumbre, y al instante se serenó. —¿Para qué? Que cocine la otra. Sacó una maleta del armario y empezó a hacer el equipaje.
—¿Llevas todos tus vestidos a la tintorería? —preguntó Jaime al entrar en el dormitorio. Carmen notó en su voz no sorpresa, sino burla. Lo miró directamente a los ojos.
—No, son tus cosas. Tú te vas de aquí.
—¿Por qué? ¿Adónde? —Ahora sí, por fin, parecía desconcertado.
—¿Todavía lo preguntas? Hoy estuve en la universidad, os vi juntos… Es guapa. Podías habérmelo dicho tú, en lugar de que me enterase por otros.
—¿Decirte qué? ¿Qué otros? —Jaime empezaba a inquietarse.
—Hubo buena gente que me contó lo de tus líos con alumnas y profesoras jóvenes. Admítelo, sé hombre.
—No entiendo… —Apartó la mirada.
Carmen se sentó en la cama junto a la maleta, se tapó la cara con las manos y lloró.
—Carmen —Jaime se acercó, le tocó el hombro.
Ella se encogió, quitándole la mano de un gesto.
—Te he dedicado mi vida, te he librado de preocupaciones para que demostraras tus teoremas, para que mantuvieras las apariencias. Y tú… Estabas seguro de que no me iría. No tengo nada. Todo esto es tuyo —abarcó con un gesto el dormitorio—, pagado con tu dinero. Solo sé llevar una casa, no valgo para otra cosa. Dejaste de verme, como si fuera un mueble —dijo entre lágrimas.
—Yo no tengo a dónde ir, pero tú sí. ¿Crees que tu amante dejará que dividamos este piso? —Carmen cerró la maleta y la puso delante de él—. Se acabó. Vete con ella.
—Ahí te equivocas. Yo no me voy a ninguna parte. Si quieres, vete tú.
Carmen sintió como un puñetazo en el estómago. Lo miraba fijamente, incapaz de respirar.
—¿La traerás aquí, a nuestro piso? ¿Te acostarás con ella en nuestra cama? Dios mío, no te reconozco.
Durante un instante se miraron a los ojos. Luego, Carmen salió al recibidor. Esperó que la detuviera, pero Jaime guardó silencio. Como en un sueño, salió del piso. Se sentó en un banco junto al portal, las piernas no le respondían. La angustia y elCarmen respiró hondo, se secó las lágrimas con decisión y alzó la mirada hacia el cielo azul de Madrid, comprendiendo por primera vez que, aunque el amor se había roto, su vida aún estaba por escribir.







