Historia: Mi suegro, de 70 años, insistió en contratar a una chica joven como empleada doméstica.

Don Fernando, un hombre de setenta años, viudo y con el peso de la soledad sobre sus hombros, decidió contratar a una joven para ayudarle en casa. Su familia, preocupada por su bienestar, creyó que era lo mejor. Así llegó Lucía, una muchacha de treinta años, dulce como la miel y con una voz que parecía acariciar cada palabra.
Al principio, pensé: “Mientras lo cuide, no habrá problema.”
Pero algo cambió. En cuestión de meses, Lucía ya no era solo la empleada. Se convirtió en su sombra, en su confidente. Paseaban juntos, reían juntos. Era como si el tiempo hubiera tejido entre ellos un lazo invisible.
Entonces, un día, Don Fernando nos dejó a todos helados:
Me caso con Lucía. Espera un hijo mío. Podéis gritar, llorar, maldecirme pero no cambiaré de opinión.
El golpe fue brutal. Mi hermano, con los puños apretados, lloró de rabia. Mi marido no daba crédito. Todos vimos en Lucía una cazafortunas, una mujer que buscaba sacar provecho de un anciano achacoso.
Don Fernando, terco como una mula, siguió adelante con los preparativos. Pero un mes antes de la boda, se desplomó en el jardín de su casa en Sevilla.
Una semana después, en el hospital, nos dejó para siempre. Entre sus cosas, encontramos un testamento escrito con mano temblorosa:
“Dejo mis bienes repartidos entre mis hijos, pero esta casa es para Lucía y para el niño. Mi regalo de boda aunque llegue tarde.”
Pensamos que ya no podía dolernos más. Pero nos equivocamos.
Cuando fuimos a registrar al niño, Lucía nos entregó un sobre en silencio. Dentro, un análisis de ADN.
El bebé que llevaba en su vientre no era de Don Fernando.
Descubrimos que, al verlo solo y adinerado, había urdido un plan: fingir un embarazo para convencerlo de que todavía era un hombre.
Pero había algo más. Don Fernando se había hecho pruebas en secreto. Un viejo problema de próstata lo había dejado estéril años atrás.
Nunca lo dijo. Tal vez lo sabía todo desde el principio. Quizá solo quería creer, aunque fuera una mentira, que alguien lo amaba. Que no estaba solo.
Al leer aquellas palabras, el rencor hacia Lucía se esfumó. Solo quedó el dolor por un hombre que, en sus últimos días, solo anhelaba un poco de calor.
Esta historia nos enseña que, a veces, lo que un hombre viejo busca no es dinero ni honores. Solo quiere, aunque sea por un instante, sentir que alguien lo quiere. Que no está solo en este mundo. Y eso eso duele más que cualquier verdad.

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MagistrUm
Historia: Mi suegro, de 70 años, insistió en contratar a una chica joven como empleada doméstica.