**Diario de Ana Isabel**
—Mamá, ¿has visto lo que tu hijo ha escrito sobre ti? —La voz de Lucía temblaba de indignación, el teléfono casi se le escapaba de las manos—. No, no sobre mí, ¡sobre ti! ¡Sobre Javier! ¡Tu adorado Javi! ¡Lo ha publicado en las redes sociales!
Ana Isabel se dejó caer lentamente en una silla de la cocina, apretó el auricular contra su oído. Algo se enroscó en su estómago, como aquella vez que los médicos le dieron el diagnóstico a Manuel. Solo que ahora era peor.
—¿Qué ha escrito, cariño? —susurró, aunque ya intuía que no eran buenas noticias.
—Es… ¡es un testamento! Dice qué clase de madre has sido, que siempre lo has controlado, que no lo dejabas vivir. ¡Que por tu culpa no tiene vida personal! Mamá, no puedo seguir leyendo, ¡me tiemblan las manos! Y los comentarios… ¡Dios mío, lo que pone la gente!
Ana Isabel cerró los ojos. La cocina se oscureció a su alrededor, solo el frigorífico seguía zumbando, como todas las noches. En la mesa, la paella se enfriaba sin terminar. Javier no había venido a cenar, aunque ella la había preparado como a él le gustaba, con albóndigas.
—Mamá, ¿me escuchas? —la voz de Lucía sonó preocupada.
—Sí, hija. ¿Qué dicen los comentarios?
—No quiero repetirlo. Mejor no lo leas, ¿vale? Con tu corazón… ¿Quieres que vaya?
—No hace falta, Lucía. Es tarde, tienes que acostar a los niños. Yo… ya me ocuparé.
Colgó el teléfono y permaneció inmóvil un largo rato. Fuera, el crepúsculo de octubre teñía el cielo de morado, las farolas del patio se encendieron. Alguien lloraba, una puerta del portal se cerró de golpe. Sonidos normales de una tarde cualquiera, pero todo dentro de ella se había vuelto del revés.
Javier llegó cerca de las once, oliendo a cerveza y tabaco. Ana Isabel lo esperó en el recibidor, observando cómo se quitaba los zapatos sin mirarla.
—¿Quieres cenar algo? —preguntó en voz baja.
—No tengo hambre. —Colgó la chaqueta en la percha, evitando su mirada.
—Javi…
—¿Qué? —se volvió brusco, y en sus ojos había algo que no reconoció. ¿Ira? ¿Vergüenza?
—¿Por qué lo has escrito?
Su hijo calló, se frotó el puente de la nariz. Ana Isabel notó de pronto cuánto había envejecido en los últimos meses. Javier tenía treinta y dos años, pero ella aún lo veía como el niño que volvía del colegio contando peleas y suspensos.
—Mamá, no quería hacerte daño —dijo al fin—. Es solo que… estoy en un mal momento. Con Laura hemos roto, en el trabajo van mal las cosas. La psicóloga dijo que debía hablar de mis heridas de la infancia.
—¿Heridas? —repitió Ana Isabel—. ¿Qué heridas, Javi? ¿Qué te he hecho yo?
—Mamá, ya sabes… Siempre has sido demasiado… protectora. ¿Recuerdas cuando en la universidad me llamabas cada día para preguntar si había comido o si llevaba abrigo? ¿O cuando conociste a mi compañera de piso y le pediste que me vigilara?
Ana Isabel se apoyó contra la pared. Sí, recordaba a aquella chica, Marta. Era buena chica, de familia humilde. Le llevaba magdalenas caseras, le pedía que cuidara de Javier si se olvidaba de comer. ¿Qué había de malo en eso?
—Y luego —continuó él, entrando en el salón— venías cada fin de semana. Me traías tupperwares de cocido, me lavabas la ropa. Los compañeros se reían de mí.
—Solo quería ayudarte —susurró—. Después de que vuestro padre muriera…
—¡Exacto! —saltó Javier—. Nos ahogaste con todo el amor que no pudiste darle. Lucía al menos se casó, se fue. Pero yo…
—¿Y tú qué? ¿Te prohibí algo? ¿Te impedí casarte?
Javier se dejó caer en el sofá, hundió la cara entre las manos.
—Mamá, no lo entiendes. No, nunca me prohibiste nada. Pero siempre estabas ahí. ¡Siempre! Cuidabas de mis novias, las agobiabas, y al final se sentían de más. ¿Para qué me querían a mí si tenían a una madre que lo hacía todo?
—¿Laura también pensaba así?
—Laura —suspiró— dijo que era un inmaduro. Que con treinta y dos años seguía viviendo con mi madre como un crío. Que necesitaba aprender a valerme por mí mismo.
Ana Isabel fue lentamente a la cocina, encendió el hervidor. Las manos le temblaban al sacar las tazas. Javier la siguió, se quedó en el marco de la puerta.
—Mamá, no quería herirte. Lo juro. Pero necesitaba decirlo, ¿entiendes? En internet es más fácil. La gente comparte experiencias, da consejos…
—¿Y qué te han aconsejado? —preguntó ella sin volverse.
—De todo. Que me independice. Que ponga límites. Otros cuentan que tienen los mismos problemas.
Ana Isabel sirvió el té, añadió azúcar. Recordó cómo, veinte años atrás, preparaba la infusión para Manuel cuando la quimio lo dejaba sin fuerzas. Cómo él le pedía que no se fuera, le apretaba la mano y le decía: «Ana, prométeme que cuidarás de los niños. Que no les faltará nada».
—Mamá, ¿qué te pasa? —Javier se alarmó—. ¿Estás llorando?
No se había dado cuenta. Se secó las lágrimas con la manga de la bata y lo miró.
—Javi, quizá tengas razón. Tal vez fui demasiado… Tenía miedo. Después de que tu padre muriera, temí perderlos. Temí no poder con todo sola.
Su hijo se acercó, la rodeó torpemente con un brazo.
—Mamá, lo hiciste bien. Somos personas normales. Pero ahora necesito aprender a ser adulto de verdad.
—¿Entonces te irás?
—No lo sé. Quizá. Tengo que pensarlo.
Bebieron el té en silencio. Ana Isabel lo observaba e intentaba imaginar cómo sería quedarse sola en el piso. No despertar a nadie, no cocinar para dos, no preguntar a qué hora volvería. Le daba miedo, pero también… ¿libertad?
—¿Qué ha dicho Lucía? —preguntó Javier.
—Se ha puesto hecha una furia. Quería venir a defenderme.
—Claro, nuestra justiciera —sonrió con ironía—. Mamá, ¿no estás enfadada conmigo?
Ana Isabel reflexionó. ¿Estaba enfadada? Le dolía, le daba vergüenza. Quería defenderse, demostrar que había sido una buena madre. Pero no sentía ira.
—No, Javi. No estoy enfadada. Quizá me has ayudado a entender algo.
—¿El qué?
—Que yo también tengo derecho a mi vida. Solo tengo cincuenta y ocho años. No es tanto.
Javier la miró sorprendido.
—¿En qué estás pensando?
—Nada… Teresa del trabajo lleva tiempo insistiendo en que me apunte a un taller de teatro para adultos. Siempre digo que no, que tengo cosas en casa. Pero quizá sea el momento.
—¡Mamá, es genial! ¡Apúntate!
—Y otra cosa… —vaciló—. Nicolás, el del tercero, me ha invitado al cine varias veces. Pero tenía miedo de que no lo entendieras.
—¡Mamá! —Javier casi se atraganta con el té—. ¡Eso es estupendo! Es un