Hijo de sangre —¡Len, no te lo imaginas! ¡Matveo y yo hemos decidido que el año que viene volvemos a ir a Turquía! —El padrastro irradiaba felicidad—. Dice que necesita de nuevo ese hotel con vistas al mar. ¿Y quién soy yo para decirle que no a mi hijo de sangre? Cómo remarcó, sin pretenderlo, que era precisamente su “hijo” de verdad. —Me alegro por vosotros —respondió ella, recordando lo bien que estaba todo antes de que ese Matveo reapareciera—. Hijo de sangre… Y tú siempre me decías que éramos una familia, que no había diferencia entre hijos biológicos y no biológicos. Eso decía. Que ella era su hija, que lo de la sangre no importaba. —Ya estamos otra vez… ¿Cómo puedes pensar eso, Len? ¡Eres mi hija, no hay nada que discutir! Sabes que te quiero como si fueras mía. Pero Matveo… Sin querer, acababa de confirmar lo que ella sentía. —Matveo es el hijo. Yo, simplemente, una conocida. —¿Qué dices, Len? ¡Te digo que eres como mi propia hija! —Como mi propia hija… ¿Tú alguna vez me llevaste al mar? ¿En estos quince años que te haces llamar mi padre? No, nunca. Arturo repetía constantemente que entre ella y Matveo no había ninguna diferencia, pero Lena, viendo todo lo que hacía por su hijo, lo tenía claro: la diferencia era abismal. —No se pudo, Len. Ya sabes que antes el dinero no daba para lujos. Tú no eres una niña, sabes lo que cuestan dos semanas en un hotel de cinco estrellas… Es caro. —Lo entiendo —asintió Lena—, los gastos. Soy demasiado cara para el mar. Pero Matveo, del que te acuerdas desde hace medio año, ya está a punto de tener un piso a tu costa, para que “pueda llevar allí a su mujer”. ¿Ese gasto sí cuenta, si se trata del hijo? —Que no le voy a comprar ningún piso. ¿Quién te lo ha dicho? —La gente bienintencionada. —Diles que dejen de inventar. A Lena casi le salió una sonrisa. —¿De verdad? ¿No le compras nada? —Por supuesto que no. ¡Ah, por cierto! Adivina a dónde vamos este sábado. —Y ni la dejó responder—. ¡A hacer karting! En la universidad Matveo hasta participó en unas carreras, yo solo me uno por acompañarle. —Karting —repitió Lena—. Qué emocionante. —¡Ya lo creo! —¿Puedo ir con vosotros? —La pregunta escapó antes de poder pensarla. Arturo, que no tenía la más mínima intención de incluirla, balbuceó: —Eh… Len… Te vas a aburrir. Es una cosa de chicos. Matveo y yo… queremos hablar de lo nuestro, de eso de padre e hijo. Dolía. —O sea… ¿te parece divertido para ti, pero para mí no? —No exactamente… —Arturo se removía nervioso—. Es que no nos habíamos visto en la vida, estamos intentando recuperar el tiempo perdido. Queremos ir solos, ¿entiendes? Lo entendía. Ese “entiendes” era ya una burla. Había que entender que lo de sangre es lo que cuenta. Había que entender que ahora su sitio estaba fuera, detrás de una verja. Matveo, en verdad, era un encanto. Crecido sin padre, porque su madre nunca le comentó a Arturo que existía, había superado todos los obstáculos. Inteligente, guapo, carismático. —Papá, he ayudado en la perrera. He arreglado jaulas para perros. —Papá, ¿sabes que he terminado la carrera con matrícula? —Papá, mira, te he arreglado el móvil. No era solo un hijo. Era el hijo perfecto. Esa misma tarde, cuando Arturo se marchó después de un rato más, Lena repasaba viejas fotos… La boda de Arturo con su madre (la madre, que falleció cinco años atrás, dejándolos solos). Esta en la casa del pueblo… Esta otra, Lena el día de su graduación… Nada volvería a ser como antes. *** —Len, ¿duermes? Tengo algo urgente —su padrastro fue a verla a las ocho de la mañana. —¿Y esa urgencia? Lena se apartó el flequillo con la diadema y puso la cafetera. —Es por lo del piso para Matveo. —¿O sea que era verdad? —le cortó la respiración. —Perdóname, sí… es verdad. —Y a mí me mentiste. —No quería que te preocuparas. Pero necesito que me aconsejes. Hay que darse prisa. Si Matveo quiere casarse, antes de que sea más mayor, es mejor que tenga al menos un techo. Sabes cómo me crié yo… —Pues pide una hipoteca —murmuró Lena, sin ganas de hablar de comprar pisos para Matveo—. Bien acomodadito vive ese chico. —Sí, lo sé. Pero tú sabes mi historial… Matveo merece que su padre, al que ha perdido toda su vida, le compre una casa. —¿Y a qué viene esto? —¿Me ayudarías, si te lo pido? —Depende. —Te explico. Tengo doscientos mil euros para la entrada. Pero el banco a mí no me lo dará. A ti sí, estás limpia. Lo ponemos a tu nombre, firmamos la hipoteca, pago yo. No tendrás que pagar nada, lo juro. La ilusión de que “no hay diferencia entre vosotros” se desvaneció. Claro que hay diferencia. No van a lanzar a Matveo como carne de cañón. —O sea, que para Matveo el piso, y a mí el crédito. ¿Eso es? Arturo negó con un gesto, herido de una sinceridad casi infantil, como si fuera ella la que se lo hubiera propuesto. —¡No digas eso! Pago yo… No te pido pagar. Solo que esté a tu nombre. Piénsalo… —Mira, Arturo, no pienso en si debo endeudarme o no. Pienso en cómo dejas claro que ya no me consideras tu hija. Ahora tienes un hijo, uno de verdad. Me conoces desde hace quince años, a él desde hace seis meses, pero solo importa que es sangre de tu sangre. —¡No es cierto! —bramó Arturo—. ¡Os quiero igual! —No. No igual. —¡Eso no es justo! Pero… él es mi hijo biológico… Se acabó. Ya no era su hija. Solo aceptable mientras no había surgido su “verdadero” hijo. —Entiendo —intentó estar correcta Lena—. No puedo, Arturo. Algún día necesitaré comprarme yo mi propio piso. No me van a dar dos hipotecas. Recién entonces pareció que Arturo recordaba que ella también necesitaba casa. —Claro, cierto, tú también vas a necesitar… —ajustó el reloj—. Pero hasta que llegue ese momento, podrías ayudarme. Tengo doscientos mil. Solo sería complementar un poco más. Serían solo un par de años. —No voy a poner nada a mi nombre. Tampoco esperaba que Arturo lo entendiera. —De acuerdo —dijo él—. Si no puedes ayudarme como hija… lo haré yo mismo. Ya no importaba si alguna vez la quiso como a una hija. Ahora Lena veía a Arturo solo en las fotos. Un día, al mirar el móvil, vio esto. Foto en el aeropuerto. Arturo y Matveo, ambos con chaquetas claras. Arturo con la mano sobre el hombro de Matveo; y la leyenda debajo: “Volando a Dubái con mi padre. La familia es lo primero”. Familia. Lena dejó el móvil. De pronto recordó un momento de su infancia, mucho antes de que su madre se casara con Arturo. Tendría cinco años. Vivían humildemente y su muñeca, regalo de su abuela, se rompió. Lloraba, y su padre de verdad le dijo: “Len, ¿por qué lloras por esas tonterías? ¡Déjame tranquilo!” A él nunca se le podía molestar. Su mayor compañía era una botella. Se podía decir que tampoco tenía padre. Pero siempre pensó que Arturo lo había suplido… Arturo intentó convencerla de nuevo unos días más tarde. —Len, creo que tendríamos que hacer algo con esa desconfianza tuya… —¿Qué desconfianza, Arturo? Ya te dije que no. —No entiendes la situación. Matveo… nunca me conoció. No tuvo padre. Tengo que compensarle. Es ya mayor. Necesita una casa. Solo te pido que estés, nada más, ni gastarás un euro. Lo prometo. —¿Quién me compensa a mí mis ausencias…? Aquello le enfureció. —¡Lena, basta! No quiero discutir. Te quiero, de verdad. Pero entiende… Matveo es mi verdadera familia. Cuando tengas hijos lo entenderás. Sí, os quiero diferente, pero no significa que no seas importante para mí. —Importante. Como un recurso. —¡Lena, por favor! Te pasas. —Te volcaste en él en seis meses, Arturo —dijo Lena—. No te pido que elijas. Es que la elección es obvia. Tienes razón: Matveo es tu sangre. Yo… nunca lo fui. Pasó medio año. Arturo, ni una llamada. Un día, en la misma red social, vio otra foto. Arturo y Matveo, posando ante un paisaje de montaña. Arturo lucía un equipo de esquí de última moda. El texto: “Enseñando a papá a hacer snowboard. Es mayor para esto, pero con un hijo, ¡todo es posible!” Lena contempló mucho rato la imagen. Extendió la mano a su escritorio, para acabar un informe, cuando recibió un mensaje de un número desconocido. “Hola, Lena. Soy Matveo. Papá me dio tu número, él no se atreve a llamar. Quiere que sepas que ya resolvió el tema del piso sin ti y que está preocupado por ti. También te pide mucho que vayas con ellos en el puente de mayo. No sabe cómo decírtelo, pero le haría mucha ilusión”. Tardó en escribir una respuesta, borrándola y volviéndola a empezar varias veces. “Hola, Matveo. Dile a Arturo que me alegro muchísimo de que todo le vaya bien. Y que también pienso en él. Pero no iré. Tengo otros planes para el puente de mayo. Me voy al mar.” No mencionó que el billete lo había pagado ella y que en vez de Turquía, iría a Málaga. Ni que, en vez de con su padre, viajaba con una amiga. Lena pulsó “enviar”. Y pensó que tal vez se puede ser feliz incluso sin él.

Hijo de sangre

Elena, no te lo imaginas ¡Íñigo y yo hemos decidido que el año que viene volvemos a Benidorm! El padrastro rebosaba alegría . Dice que quiere volver a ese hotel con vistas al Mediterráneo. ¿Qué puedo hacer yo, tratándose de mi hijo de sangre?

Como quien no quiere la cosa, remarcó que era su hijo de sangre.

Me alegro por vosotros respondí yo, recordando lo bien que estábamos antes de que Íñigo apareciera en nuestras vidas. Hijo de sangre Tú siempre decías que éramos una familia, que no había diferencia entre ser hija o hijastra.

Lo decía. Que yo era su hija, que no importaba la sangre.

Otra vez con eso Qué tonterías, Elena. Eres mi hija, no es ninguna cuestión. Sabes que te quiero como a una hija. Pero Íñigo

Él mismo confirmó lo que yo sentía.

Íñigo es el hijo. Y yo, parece, solo soy una conocida.

Elena, ¿pero qué dices? Ya te lo he dicho, eres como mi hija.

Como hija ¿Y a mí alguna vez me llevaste al mar? En estos quince años que llevas llamándote mi padre, ¿algún verano en la Costa del Sol?

Jamás. Arturo repetía que no había ninguna diferencia entre Íñigo y yo, pero yo lo oía hablar de todas las cosas que hacía por Íñigo y comprendía: la diferencia era abismal.

No pudo ser, Elena. Sabes que antes el dinero estaba más justo. Eres mayor, ya entiendes lo que cuesta pasar dos semanas en un hotel de cinco estrellas Es caro.

Entiendo asentí. Gastos. Demasiado caro llevarme a mí. Pero a Íñigo, del que supiste hace medio año, ya le quieres comprar un piso con hipoteca, para que lleve allí a su futura esposa. ¿Eso son gastos sin importancia cuando se trata de tu hijo?

No estoy comprando ningún piso. ¿Quién te ha dicho eso?

Gente amable.

Diles a esos amables cotillas que no digan tonterías.

Por un segundo, sentí un poco de alivio.

¿En serio que no lo compras?

Por supuesto que no. ¡Ah! ¿Adivinas a dónde vamos él y yo el sábado? Y sin dejarme contestar: ¡Al karting! En la universidad llegó a competir en carreras, y yo, bueno, por acompañarle.

Karting repetí. Suena emocionante.

¡Desde luego!

¿Puedo ir con vosotros? La pregunta se me escapó sin pensarlo.

Arturo, que no quería llevarme, empezó a balbucear:

Eh Elena Te vas a aburrir. De verdad. Eso es más una cosa de hombres. Íñigo y yo, ya sabes, conversación padre-hijo.

Dolía

O sea, ¿a ti puede interesarte y a mí no?

No es eso exactamente Arturo se removía. Es que no nos hemos visto en toda la vida, queremos recuperar el tiempo perdido. Ir los dos solos. ¿Me comprendes?

¿Comprender? Esa palabra era el nuevo insulto en nuestro vocabulario. Había que comprender que lo de sangre importaba más que lo de acogida. Que mi sitio estaba fuera de la verja.

Y es cierto, Íñigo era un buen chico. Creció sin padre, porque su madre nunca contó a Arturo del niño. Y, pese a las dificultades, era capaz en todo: inteligente, guapo, generoso.

Papá, ayudé en la protectora de animales. Hice arreglos en los cheniles de los perros.

Papá, ¿sabes que tengo matrícula de honor?

Papá, mira, arreglé tu móvil.

No era solo un hijo. Era el hijo ideal.

Aquella tarde, cuando Arturo, después de estar un rato más en casa, se marchó, me puse a mirar viejas fotos Su boda con mi madre (mi madre, que murió hace cinco años dejándonos a él y a mí solos). Aquí en la casa de campo Aquí yo, terminando el instituto

Nada volvería a ser como antes.

***

Elena, ¿no estarás dormida? Tengo una consulta urgente. El padrastro apareció a las ocho de la mañana.

¿Y esa urgencia?

Me recogí el flequillo con una diadema y puse la cafetera en marcha.

Lo del piso de Íñigo.

O sea, ¿es cierto? suspiré.

Perdona, sí Es cierto.

Me mentiste.

Sólo para no preocuparte. Pero necesito consultártelo Creo que debemos darnos prisa. Pronto se casará. Mientras es joven, hay que conseguirle un techo. Sabes cómo fue lo mío

Pues pide una hipoteca mascullé, sin ganas de hablar de pisos para Íñigo. ¡Cómo se arreglaba él solo!

Sí, sí, ya sé. Pero tú sabes mi historial con los bancos A Íñigo hay que ayudarle. Se lo merece: un padre del que estuvo privado toda su vida tiene que darle un piso.

¿Y qué quieres?

¿Me ayudarías? ¿Si te lo pido?

¿De qué manera?

Te explico. Tengo treinta mil euros. Eso basta de entrada. Pero el banco a mí no me aprueba la hipoteca. Pero a ti sí. Tienes todo limpio. Se pone a tu nombre, nos metemos en la hipoteca. Yo pago.

Ya no pude autoengañarme: entre Íñigo y yo sí había diferencia. A mí me lanzaban a cubrirle la espalda.

O sea, ¿para Íñigo el piso y para mí la deuda? ¿Eso es?

Arturo negó con tal tristeza que parecía que lo sugería yo.

¡Qué cosas dices! ¡La pago yo! Solo quiero ponerlo a tu nombre, nada más. Piénsalo

Sabes, Arturo, no estoy pensando en si tomar la hipoteca o no. Pienso en que ya no me consideras hija. Ahora tienes hijo. Llevo quince años contigo, lo de menos es eso; importa que él es de sangre.

¡Eso no es cierto! Arturo se encendió ¡Os quiero a los dos igual!

No. No es igual.

Elena, ¡no es justo! Él es mi hijo

Se acabó. Ya no era su hija. Era la hijastra conveniente, válida, hasta que apareció el verdadero.

Entiendo intenté ser amable. No puedo, Arturo. Yo tendré que comprarme mi propia vivienda. Otra hipoteca no me la darán.

Pareció recordarse justo en ese momento de que yo tampoco tenía casa.

Ah, claro, que tú también necesitarás se ajustó el reloj. Pero mientras no compres la tuya podrías ayudarme. Tengo treinta mil. Solo falta un poco. Serán dos años, no más.

No. No pondré mi nombre en nada.

No esperaba que Arturo entendiera.

Bueno dijo, si no puedes ayudarme como hija pues nada. Ya me las arreglaré.

Si en algún momento me vio como hija, ya no importaba. Ahora veía a Arturo solo en las fotos.

Una tarde, revisando el móvil, vi la imagen.

Foto tomada en Barajas. Arturo e Íñigo. Ambos con chaquetas claras. Arturo pone la mano en el hombro de Íñigo; debajo reza: Volando a Dubái con mi padre. La familia es lo más importante.

Familia.

Dejé el móvil.

Recordé entonces un instante de mi infancia, mucho antes de que mamá se casara con Arturo. Tendría cinco años. Vivíamos con muy poco y se me rompió la muñeca que me regaló la abuela. Lloraba, y mi padre, el verdadero, me soltó: Elena, ¿y lloras por esa tontería? ¡No me molestes!

Nunca se podía molestarle. Le interesaba, sobre todo, la botella. De hecho, no tuve padre. Creía que Arturo lo compensaba

Poco después, Arturo volvió a intentarlo.

Elena, esto de tu desconfianza hay que arreglarlo.

¿Qué desconfianza, Arturo? Te lo he dicho: no.

No entiendes la situación. Íñigo no me conoció. Creció sin padre. Tengo que recuperar ese hueco. Ya es mayor. Necesita tener un techo. Y a ti no te cuesta nada, solo formalizarlo, te juro que tú no pagas ni un euro.

Que alguien recupere mis huecos

Y eso le molestó.

¡Basta, Elena! No quiero discusiones. Te quiero, de verdad. Pero entiende Íñigo es mi verdadera familia. Cuando tengas hijos lo comprenderás. Sí, los quiero de distinta forma, pero eso no significa que no te necesite.

Me necesitas. Como trámite.

Elena, por favor, tranquilízate. Exageras.

Has cambiado en seis meses, Arturo dije. No te pido que elijas. La elección ya la hiciste. Dijiste la verdad: Íñigo es de tu sangre. Yo nunca lo fui.

Pasaron seis meses. Arturo nunca llamó. Ni una sola vez.

Un día, revisando de nuevo el móvil, apareció una foto reciente.

Arturo e Íñigo. Detrás, las montañas. Arturo con moderno equipo de esquí. Pie de foto: ¡Enseñando a papá a hacer snowboard! Ya está mayor, pero con su hijo todo es posible.

Me quedé un buen rato mirando.

Fui a terminar el informe en mi mesa cuando recibí un mensaje de un número desconocido.

Hola, Elena. Soy Íñigo. Papá me dio tu número, pero él no se atreve a llamarte. Me pide que te diga que ha solucionado el tema del piso sin ti y que se preocupa por ti. También quiere que vengas en mayo. No sabe cómo decirte lo mucho que le gustaría.

Escribí la respuesta, borrando y volviendo a empezar.

Hola, Íñigo. Dile a Arturo que me alegro mucho de que todo os vaya bien. Yo también pienso en él. Pero no iré. Tengo mis propios planes para mayo. Me voy al mar.

No aclaré que el billete me lo compré yo sola ni que no era Benidorm sino Cádiz. Ni que voy con una amiga, no con mi padre.

Pulsé enviar.

Y pensé que sí, que se puede ser feliz también sin él.

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MagistrUm
Hijo de sangre —¡Len, no te lo imaginas! ¡Matveo y yo hemos decidido que el año que viene volvemos a ir a Turquía! —El padrastro irradiaba felicidad—. Dice que necesita de nuevo ese hotel con vistas al mar. ¿Y quién soy yo para decirle que no a mi hijo de sangre? Cómo remarcó, sin pretenderlo, que era precisamente su “hijo” de verdad. —Me alegro por vosotros —respondió ella, recordando lo bien que estaba todo antes de que ese Matveo reapareciera—. Hijo de sangre… Y tú siempre me decías que éramos una familia, que no había diferencia entre hijos biológicos y no biológicos. Eso decía. Que ella era su hija, que lo de la sangre no importaba. —Ya estamos otra vez… ¿Cómo puedes pensar eso, Len? ¡Eres mi hija, no hay nada que discutir! Sabes que te quiero como si fueras mía. Pero Matveo… Sin querer, acababa de confirmar lo que ella sentía. —Matveo es el hijo. Yo, simplemente, una conocida. —¿Qué dices, Len? ¡Te digo que eres como mi propia hija! —Como mi propia hija… ¿Tú alguna vez me llevaste al mar? ¿En estos quince años que te haces llamar mi padre? No, nunca. Arturo repetía constantemente que entre ella y Matveo no había ninguna diferencia, pero Lena, viendo todo lo que hacía por su hijo, lo tenía claro: la diferencia era abismal. —No se pudo, Len. Ya sabes que antes el dinero no daba para lujos. Tú no eres una niña, sabes lo que cuestan dos semanas en un hotel de cinco estrellas… Es caro. —Lo entiendo —asintió Lena—, los gastos. Soy demasiado cara para el mar. Pero Matveo, del que te acuerdas desde hace medio año, ya está a punto de tener un piso a tu costa, para que “pueda llevar allí a su mujer”. ¿Ese gasto sí cuenta, si se trata del hijo? —Que no le voy a comprar ningún piso. ¿Quién te lo ha dicho? —La gente bienintencionada. —Diles que dejen de inventar. A Lena casi le salió una sonrisa. —¿De verdad? ¿No le compras nada? —Por supuesto que no. ¡Ah, por cierto! Adivina a dónde vamos este sábado. —Y ni la dejó responder—. ¡A hacer karting! En la universidad Matveo hasta participó en unas carreras, yo solo me uno por acompañarle. —Karting —repitió Lena—. Qué emocionante. —¡Ya lo creo! —¿Puedo ir con vosotros? —La pregunta escapó antes de poder pensarla. Arturo, que no tenía la más mínima intención de incluirla, balbuceó: —Eh… Len… Te vas a aburrir. Es una cosa de chicos. Matveo y yo… queremos hablar de lo nuestro, de eso de padre e hijo. Dolía. —O sea… ¿te parece divertido para ti, pero para mí no? —No exactamente… —Arturo se removía nervioso—. Es que no nos habíamos visto en la vida, estamos intentando recuperar el tiempo perdido. Queremos ir solos, ¿entiendes? Lo entendía. Ese “entiendes” era ya una burla. Había que entender que lo de sangre es lo que cuenta. Había que entender que ahora su sitio estaba fuera, detrás de una verja. Matveo, en verdad, era un encanto. Crecido sin padre, porque su madre nunca le comentó a Arturo que existía, había superado todos los obstáculos. Inteligente, guapo, carismático. —Papá, he ayudado en la perrera. He arreglado jaulas para perros. —Papá, ¿sabes que he terminado la carrera con matrícula? —Papá, mira, te he arreglado el móvil. No era solo un hijo. Era el hijo perfecto. Esa misma tarde, cuando Arturo se marchó después de un rato más, Lena repasaba viejas fotos… La boda de Arturo con su madre (la madre, que falleció cinco años atrás, dejándolos solos). Esta en la casa del pueblo… Esta otra, Lena el día de su graduación… Nada volvería a ser como antes. *** —Len, ¿duermes? Tengo algo urgente —su padrastro fue a verla a las ocho de la mañana. —¿Y esa urgencia? Lena se apartó el flequillo con la diadema y puso la cafetera. —Es por lo del piso para Matveo. —¿O sea que era verdad? —le cortó la respiración. —Perdóname, sí… es verdad. —Y a mí me mentiste. —No quería que te preocuparas. Pero necesito que me aconsejes. Hay que darse prisa. Si Matveo quiere casarse, antes de que sea más mayor, es mejor que tenga al menos un techo. Sabes cómo me crié yo… —Pues pide una hipoteca —murmuró Lena, sin ganas de hablar de comprar pisos para Matveo—. Bien acomodadito vive ese chico. —Sí, lo sé. Pero tú sabes mi historial… Matveo merece que su padre, al que ha perdido toda su vida, le compre una casa. —¿Y a qué viene esto? —¿Me ayudarías, si te lo pido? —Depende. —Te explico. Tengo doscientos mil euros para la entrada. Pero el banco a mí no me lo dará. A ti sí, estás limpia. Lo ponemos a tu nombre, firmamos la hipoteca, pago yo. No tendrás que pagar nada, lo juro. La ilusión de que “no hay diferencia entre vosotros” se desvaneció. Claro que hay diferencia. No van a lanzar a Matveo como carne de cañón. —O sea, que para Matveo el piso, y a mí el crédito. ¿Eso es? Arturo negó con un gesto, herido de una sinceridad casi infantil, como si fuera ella la que se lo hubiera propuesto. —¡No digas eso! Pago yo… No te pido pagar. Solo que esté a tu nombre. Piénsalo… —Mira, Arturo, no pienso en si debo endeudarme o no. Pienso en cómo dejas claro que ya no me consideras tu hija. Ahora tienes un hijo, uno de verdad. Me conoces desde hace quince años, a él desde hace seis meses, pero solo importa que es sangre de tu sangre. —¡No es cierto! —bramó Arturo—. ¡Os quiero igual! —No. No igual. —¡Eso no es justo! Pero… él es mi hijo biológico… Se acabó. Ya no era su hija. Solo aceptable mientras no había surgido su “verdadero” hijo. —Entiendo —intentó estar correcta Lena—. No puedo, Arturo. Algún día necesitaré comprarme yo mi propio piso. No me van a dar dos hipotecas. Recién entonces pareció que Arturo recordaba que ella también necesitaba casa. —Claro, cierto, tú también vas a necesitar… —ajustó el reloj—. Pero hasta que llegue ese momento, podrías ayudarme. Tengo doscientos mil. Solo sería complementar un poco más. Serían solo un par de años. —No voy a poner nada a mi nombre. Tampoco esperaba que Arturo lo entendiera. —De acuerdo —dijo él—. Si no puedes ayudarme como hija… lo haré yo mismo. Ya no importaba si alguna vez la quiso como a una hija. Ahora Lena veía a Arturo solo en las fotos. Un día, al mirar el móvil, vio esto. Foto en el aeropuerto. Arturo y Matveo, ambos con chaquetas claras. Arturo con la mano sobre el hombro de Matveo; y la leyenda debajo: “Volando a Dubái con mi padre. La familia es lo primero”. Familia. Lena dejó el móvil. De pronto recordó un momento de su infancia, mucho antes de que su madre se casara con Arturo. Tendría cinco años. Vivían humildemente y su muñeca, regalo de su abuela, se rompió. Lloraba, y su padre de verdad le dijo: “Len, ¿por qué lloras por esas tonterías? ¡Déjame tranquilo!” A él nunca se le podía molestar. Su mayor compañía era una botella. Se podía decir que tampoco tenía padre. Pero siempre pensó que Arturo lo había suplido… Arturo intentó convencerla de nuevo unos días más tarde. —Len, creo que tendríamos que hacer algo con esa desconfianza tuya… —¿Qué desconfianza, Arturo? Ya te dije que no. —No entiendes la situación. Matveo… nunca me conoció. No tuvo padre. Tengo que compensarle. Es ya mayor. Necesita una casa. Solo te pido que estés, nada más, ni gastarás un euro. Lo prometo. —¿Quién me compensa a mí mis ausencias…? Aquello le enfureció. —¡Lena, basta! No quiero discutir. Te quiero, de verdad. Pero entiende… Matveo es mi verdadera familia. Cuando tengas hijos lo entenderás. Sí, os quiero diferente, pero no significa que no seas importante para mí. —Importante. Como un recurso. —¡Lena, por favor! Te pasas. —Te volcaste en él en seis meses, Arturo —dijo Lena—. No te pido que elijas. Es que la elección es obvia. Tienes razón: Matveo es tu sangre. Yo… nunca lo fui. Pasó medio año. Arturo, ni una llamada. Un día, en la misma red social, vio otra foto. Arturo y Matveo, posando ante un paisaje de montaña. Arturo lucía un equipo de esquí de última moda. El texto: “Enseñando a papá a hacer snowboard. Es mayor para esto, pero con un hijo, ¡todo es posible!” Lena contempló mucho rato la imagen. Extendió la mano a su escritorio, para acabar un informe, cuando recibió un mensaje de un número desconocido. “Hola, Lena. Soy Matveo. Papá me dio tu número, él no se atreve a llamar. Quiere que sepas que ya resolvió el tema del piso sin ti y que está preocupado por ti. También te pide mucho que vayas con ellos en el puente de mayo. No sabe cómo decírtelo, pero le haría mucha ilusión”. Tardó en escribir una respuesta, borrándola y volviéndola a empezar varias veces. “Hola, Matveo. Dile a Arturo que me alegro muchísimo de que todo le vaya bien. Y que también pienso en él. Pero no iré. Tengo otros planes para el puente de mayo. Me voy al mar.” No mencionó que el billete lo había pagado ella y que en vez de Turquía, iría a Málaga. Ni que, en vez de con su padre, viajaba con una amiga. Lena pulsó “enviar”. Y pensó que tal vez se puede ser feliz incluso sin él.