Elena, ¡ni te imaginas! ¡Resulta que Matías y yo hemos decidido volver a ir a Mallorca el año que viene! exclamó su padrastro, radiante de entusiasmo. Dice que necesita volver a aquel hotel con vistas al mar. ¿Qué le voy a hacer yo al hijo de uno?
Notó cómo, casi sin querer, recalcaba que era su hijo de sangre.
Me alegro por vosotros, respondió ella, recordando lo bien que estaba todo antes de que Matías asomara la cabeza. Hijo de sangre Y tú siempre me decías que éramos una familia. Que daba igual si era hija tuya o no.
Eso decía. Que ella era su niña, que el lazo era lo de menos.
Ya estás otra vez Qué cosas tienes, Elena. Para mí eres como una hija, eso no se discute. Ya lo sabes, te quiero como si fueras mía. Pero Matías
Y ahí estaba, ni siquiera él se daba cuenta de que acababa de darle la razón.
Matías es el hijo. Y yo, por lo visto, solo una conocida.
Elena, no digas tonterías, ¡te digo que eres como de la familia!
Como de la familia ¿Y a mí, alguna vez me has llevado al mar? En estos quince años que presumes de llamarte mi padre.
No la había llevado. Arturo solía repetir que entre ella y Matías no había ninguna diferencia, pero Elena, oyendo todo lo que Arturo hacía por su hijo, entendía perfectamente: la diferencia era monumental.
No se ha podido, Elena. Ya sabes, antes estábamos más apretados de dinero. No eres una cría, comprendes lo que cuesta dos semanas en un hotel de cinco estrellas Eso es un dineral.
Lo entiendo, asintió Elena. Los gastos. Debía de ser carísimo llevarme a mí. Pero para Matías, al que solo conoces desde hace medio año, ya estás hablando de hipotecar un piso para que tenga dónde llevar a la novia. ¿Eso no te parece gran gasto si se trata del hijo?
Pero que no estoy comprando ningún piso. ¿Quién te ha dicho eso?
La buena gente.
Pues dile a esa buena gente que dejen de inventarse cosas.
A Elena hasta se le encendió la mirada.
¿De verdad que no lo compras?
¡Claro que no! ¡Oye! ¡Adivina adónde vamos el sábado él y yo! y se respondió a sí mismo: ¡A hacer karting! Él en la universidad hasta competía en carreras, y yo, bueno, soy público de lujo.
Karting, repitió Elena. Vaya planazo.
¡Ya te digo!
¿Puedo ir con vosotros? saltó, más rápido de lo que pensó.
A Arturo, que no le hacía ninguna gracia llevarla, le entró la verborrea:
Eh Elena Te vas a aburrir, de verdad. Es cosa de hombres Nosotros ahí hablando de nuestras cosas de padre e hijo, pero vamos, que tú
Eso dolió.
O sea, que para ti es divertido y para mí no.
No es eso Arturo se removía. Es que no nos hemos visto en la vida. Queremos recuperar el tiempo perdido, pasar el día los dos. ¿Me entiendes?
Lo entendía. Ese ¿me entiendes? ya era el colmo de la ironía en su nuevo diccionario familiar. Había que entender que lo de sangre pesa más que lo demás. Había que entender el nuevo sitio que le tocaba, a la sombra y fuera del corral.
Matías, la verdad, era un chico estupendo. Sin padre porque su madre nunca le contó nada a Arturo y, a pesar de todo, el chico era un portento: listo, guapo, bondadoso.
Papá, he estado ayudando en la protectora, rehaciendo los cheniles para los perros.
Papá, ¿sabes que me dieron matrícula de honor?
Papá, mira, te he arreglado el móvil.
No era solo hijo. Era EL hijo.
Aquella tarde, cuando Arturo, tras pasar un rato más en casa de Elena, se marchó a la suya, ella se quedó hojeando viejas fotos La boda de Arturo y su madre (su madre, que había muerto cinco años atrás, dejándolos solos). Ella en el chalet Elena graduándose en el instituto
Nada volvería a ser igual.
***
Elena, ¿estás despierta? Tengo una urgencia el padrastro apareció a las ocho de la mañana.
¿Y eso tan urgente ahora?
Elena se apartó el flequillo con una diadema y encendió la cafetera.
Lo del piso para Matías.
¿Que era verdad entonces? se le fue el aire.
Perdóname, pero sí verdad.
Me mentiste.
No quise disgustarte. ¡Pero necesito consultarlo! Creo que hay que moverse rápido: se casará antes o después y de joven tiene que tener un tejado propio. Si no, mírame a mí
Pues hipotecate tú, masculló Elena, a la que lo del piso le ardía en la garganta. Bien que se lo montaba Matías, el tío.
Sí, sí, ya lo sé. Pero tú ya sabes cómo tengo el historial con los bancos Y a Matías hay que ayudarle. Merece que el padre que nunca tuvo le compre un piso.
¿Adónde quieres ir a parar?
¿Me ayudarás? Si te lo pido.
Depende de cómo.
Mira, lo explico. Tengo 20.000 euros. Me da para la entrada. Pero el banco no me da la hipoteca. A ti sí. Tú tienes todo limpio. Lo ponemos a tu nombre, la hipoteca la pago yo, claro.
La ilusión de que no hay diferencia saltó por los aires definitivamente. Claro que la hay. No iban a poner a Matías de avalista
O sea, a Matías, el piso; y a mí, el crédito. ¿Eso es?
Arturo negó con la cabeza con una ofensa tan sonora como si fuera ella quien había propuesto la idea.
¡Qué cosas dices! ¡Pago yo la hipoteca! Solo que la necesitamos a tu nombre. Piénsalo
Mira, Arturo, a mí no me preocupa tanto el crédito como el hecho de que ya no me ves como hija. Ahora tienes un hijo. Que conoces desde hace medio año. A mí me aguantas quince años, pero eso parece poco comparado con el lazo sanguíneo.
¡Eso no es cierto! estalló Arturo. ¡Os quiero igual!
No, igual no.
No seas injusta, Elena. ¡Es que él es de sangre!
Telón. Ya no era su hija. Era la adoptada, útil, tolerada hasta que llegó el auténtico.
Muy bien, intentó Elena ser amable. No puedo ayudarte, Arturo. Yo también tendré que comprarme un piso algún día. No me van a dar dos hipotecas.
Arturo cayó en la cuenta, como si de pronto recordara que ella también estaba sin casa propia.
Ah, claro, que tú también necesitas miró el reloj. Pero mientras no te lo compres, podrías ayudarme. Tengo 20.000 euros. Solo habría que sumar un poco más. Es solo por un par de años.
No, no voy a poner nada a mi nombre.
Ni esperaba ya que Arturo lo comprendiera.
Está bien dijo él. Si no puedes ayudarme como hija pues nada. Me las arreglaré solo.
Si alguna vez realmente la consideró su hija, ya ni importaba. Ahora solo veía a Arturo en las fotos.
Una noche, revisando el móvil, apareció aquello.
Foto en el aeropuerto. Arturo y Matías, los dos con chaquetas claras. Arturo con la mano en el hombro de Matías y la leyenda: Nos vamos padre e hijo a Dubái. Lo más importante: la familia.
Familia.
Elena dejó el móvil.
Recordó entonces un instante de su infancia, mucho antes de que su madre se casara con Arturo. Tenía cinco años. Vivían con poco y su muñeca, la que le había regalado la abuela, se le rompió. Lloró, y su padre biológico le dijo: Elena, ¿y lloras por esas tonterías? No me distraigas.
Nunca se le podía distraer. Solo le interesaba el vino. Podría decirse que Elena nunca tuvo padre. Por eso creyó que Arturo la sustituiría.
Poco después, Arturo lo volvió a intentar.
Elena, creo que deberíamos hablar de tu desconfianza
¿Qué desconfianza, Arturo? Ya te lo he dicho: no.
No entiendes la situación. Matías nunca me conoció, no ha tenido padre. Hay que compensar ese vacío. Es mayor, necesita un piso. Y tú solo tienes que estar como nominal, te prometo que no pagas ni un céntimo.
Ojalá alguien me compensara mis vacíos
Le irritó ese comentario.
¡Elena, ya basta! No quiero líos. Te quiero, de verdad. Pero entiéndeme Matías es mi verdadera familia. Cuando tengas hijos lo entenderás. Sí, os quiero de forma distinta, pero no por ello me eres prescindible.
Claro. Como recurso.
¡Elena, cálmate! Exageras.
Llevas medio año centrado solo en él, Arturo, dijo Elena. No te pido elegir. Tampoco me hace falta. Has dicho la verdad: Matías es el de sangre. Y yo nunca lo fui.
Pasaron seis meses. Arturo no llamó. Ni una vez.
Un día, revisando otra vez las redes, apareció una nueva foto.
Arturo y Matías, de fondo los Pirineos. Arturo, con equipación moderna de esquí. Pie de foto: Enseñando a papá a hacer snowboard. Ya está mayor para esto, pero con su hijo, puede con todo.
Elena contempló la imagen un buen rato.
Fue a acabar un informe cuando le llegó un mensaje. Número desconocido.
Hola, Elena. Soy Matías. Papá me ha dado tu número, él no se atreve a llamar. Me ha pedido que te diga que ha resuelto lo del piso sin ti, y que se preocupa por ti. Insiste en que vayas con nosotros en el puente de mayo. No sabe explicarte por qué, pero insiste mucho.
Elena empezó a responder, borrando y reescribiendo varias veces.
Hola, Matías. Dile a Arturo que me alegra ver que todo le va bien. Yo también me acuerdo de él. Pero no iré. Tengo otros planes para el puente. Me voy al mar.
No hizo falta decir que se compró ella misma los billetes y que no era Mallorca, sino Valencia. Y que el viaje lo haría con una amiga, no con un padre.
Elena pulsó enviar.
Y pensó que tal vez, podría ser feliz sin él.





