Hijo de sangre
Elena, ¡no te imaginas! Matías y yo hemos decidido volver a ir a la Costa del Sol el verano que viene mi padrastro brillaba de felicidad. Dice que necesita ese hotel con vistas al mar otra vez. ¿Qué voy a hacer yo, si lo pide mi hijo de sangre?
Sin darse cuenta, aclaró que era su hijo de sangre.
Me alegro por vosotros contesté, recordando aquellos tiempos en los que todo era sencillo, antes de que Matías entrara en nuestras vidas. Hijo de sangre… Y siempre me decías que éramos una familia, que da igual si es de sangre o no.
Lo decía. Que era su hija, y que eso no importaba si había lazos de sangre o no.
Ya estás otra vez… Elena, eres mi hija, ¡eso ni se discute! Lo sabes bien, te quiero como a una hija. Pero Matías…
Él mismo no se dio cuenta de que confirmaba mis palabras.
Matías es hijo. Y yo, por lo visto, solo una conocida.
¿Pero qué dices, Elena? ¡Te digo que eres como mi hija!
Como mi hija… ¿A mí alguna vez me llevaste al mar? En todos estos quince años en los que te haces llamar mi padre.
No. Arturo siempre repetía que no había diferencia entre Matías y yo, pero yo, escuchando todo lo que hacía por su hijo, entendía que sí, la diferencia era abismal.
No pudo ser, Elena. Ya sabes que antes íbamos justos de dinero. Ya eres mayorcita, sabes lo que cuesta pasar dos semanas en un hotel de cinco estrellas en la costa… Carísimo.
Lo entiendo asentí. Gastos. Llevarme a mí salía caro. Pero a Matías, al que conociste hace medio año, ya quieres comprarle un piso con hipoteca, para que tenga dónde traer a su mujer. Eso sí que no es un gasto importante si se trata de tu hijo, ¿verdad?
No estoy comprando ningún piso. ¿Quién te ha dicho eso?
Gente bienintencionada.
Diles que no vayan contando chismes.
Empecé a sentir un poco de alivio.
¿De verdad que no?
Claro que no. ¡Ah, por cierto! ¿Adivinas a dónde vamos el sábado? se contestó solo. ¡A los karts! Él en la universidad hasta corrió en algún campeonato, y yo solo voy por acompañarlo.
Karts repetí. Suena divertido.
¡Ya te digo!
¿Puedo ir con vosotros? pregunté sin pensar primero.
Arturo, que no quería llevarme, empezó a balbucear:
Ehhh… Elena… Te vas a aburrir. De verdad. Es cosa de hombres, ya sabes. Matías y yo hablaremos de nuestras cosas, cosas de padre e hijo.
Dolía…
Así que… a ti te resulta interesante pero a mí no, ¿verdad?
No exactamente… dudó Arturo. Es que, ya sabes, llevamos toda la vida sin vernos. Estamos recuperando el tiempo perdido, y queremos ir solos. ¿Entiendes?
Lo entendía. Ese “¿entiendes?” era la frase más hiriente de su renovado vocabulario. Había que entender que lo de sangre era más importante que lo adoptivo. Había que entender que ahora mi lugar estaba fuera de la valla.
Matías, en verdad, era extraordinario. Había crecido sin padre, porque su madre nunca quiso contarle nada a Arturo, pero él, pese a todo, había salido adelante. Inteligente, guapo, bondadoso.
Papá, he estado ayudando en la protectora. He arreglado los cheniles de los perros.
Papá, por cierto, ¿sabes que tengo matrícula de honor?
Papá, mira, te he arreglado el móvil.
No era solo hijo. Era el hijo perfecto.
Esa noche, tras marcharse Arturo después de una corta visita, repasé fotos antiguas… La boda de Arturo y mi madre (mi madre, que murió hace cinco años, dejando a Arturo y a mí solas). Aquí en la sierra… Aquí, recogiendo mi diploma en el instituto…
Nada volvería a ser como antes.
***
Elena, ¿estás despierta? Tengo una pregunta urgente fue a verme a las ocho de la mañana.
¿Qué clase de urgencia es esa?
Me aparté el flequillo con la diadema y puse la cafetera.
Lo del piso de Matías.
Entonces es verdad… exhalé.
Perdóname, sí… es verdad.
Así que me mentiste.
No quería preocuparte. Pero necesito consultarte algo. Creo que deberíamos darnos prisa. Al final se querrá casar, tarde o temprano. Y mientras es joven, debería tener su sitio. Ya sabes cómo fue para mí…
Pues haz una hipoteca murmuré, sin ganas de hablar de cómo Matías se las apañaba tan bien.
Sí, sí, lo sé. Pero ya conoces mi historial con los bancos… Matías necesita ayuda. Se lo merece, le he faltado toda la vida y al menos debería tener un piso de su padre.
¿A dónde quieres llegar?
¿Me ayudarías si te lo pido?
Depende.
Te cuento. Tengo treinta mil euros. Eso me vale para la entrada. El banco a mí no me la da, pero a ti sí. Tú no tienes deudas. Pongámoslo a tu nombre, yo me encargo de pagar, te lo aseguro.
La ilusión de que no hay diferencia entre vosotros se rompió por completo. Sí la había. No mandaban a Matías al matadero.
¿Entonces a Matías le das un piso y a mí la deuda? ¿Eso es?
Arturo negó con una ofensa que parecía que le había propuesto yo el trato.
¿Pero qué dices? Yo pago, no te pido que pagues tú. Solo que esté a tu nombre. Piénsalo…
Mira, Arturo, no estoy pensando si cojo o no la hipoteca. Pienso en que tú ya no me consideras hija. Ahora tienes un hijo. Al que conoces desde hace medio año, mientras que a mí hace quince años. Pero solo te importa que él sea tuyo de sangre.
¡Eso no es verdad! saltó Arturo. Os quiero igual.
No. No es igual.
¡Eso es injusto! Es que él es mi hijo…
Se acabó el teatro. Dejé de ser su hija. Era la hija adoptiva, cómoda, válida hasta que apareció el verdadero.
Entiendo intenté sonar serena. No puedo, Arturo. Algún día yo también tendré que comprarme un piso. No me darán una segunda hipoteca.
Pareció recordarlo solo entonces.
Ah, claro, tú también la necesitas… ajustó su reloj. Pero, mientras no te compres uno, podrías ayudarme. Tengo treinta mil. No queda tanto por poner. Solo un par de años.
No. No lo pondré a mi nombre.
Y ni esperaba que Arturo lo entendiera.
Bien dijo. Si no puedes ayudar como hija… pues ya me las apañaré.
Si alguna vez me vio de verdad como su hija, ya daba igual. Ahora solo le veía en las fotos.
Una noche, al mirar la pantalla del móvil, lo vi.
Foto en el aeropuerto. Arturo y Matías. Ambos con chaquetas claras. Arturo con la mano en el hombro de Matías, y debajo la frase: Volando con mi padre a Dubái. La familia es lo primero.
La familia.
Dejé el móvil.
Me vino un recuerdo antiguo, de cuando era pequeña, mucho antes de que mamá se casara con Arturo. Tenía yo cinco años. Vivíamos con lo justo, y se me rompió la muñeca que me había regalado la abuela. Lloré, y mi padre, el de sangre, solo me dijo: Elena, ¿vas a llorar por esa tontería? Déjame en paz.
Nunca se le podía molestar. Solo prestaba atención a la botella. O sea, nunca tuve padre. Pensé que Arturo me lo sustituyó…
Después, Arturo volvió a intentarlo.
Elena, creo que deberíamos hacer algo respecto a tu desconfianza…
¿Qué desconfianza, Arturo? Te he dicho que no.
No entiendes la situación. Matías… nunca me conoció. No tuvo padre. Tengo que compensarlo de algún modo. Es un hombre ya, necesita su piso. Y de ti no se requiere nada, solo que estés presente legalmente. Te prometo que ni un euro tuyo.
Ojalá alguien compensase mis vacíos…
Eso, de pronto, le enfadó.
¡Ya basta, Elena! No quiero peleas. Te quiero, de verdad. Pero entiende… Matías es mi familia de verdad. Cuando tengas hijos, lo comprenderás. Sí, os quiero distinto, pero eso no significa que no te necesite.
Me necesitas. Como trámite.
¡Elena, basta! Exageras.
Has cambiado en seis meses, Arturo dije. No te pido que elijas. Ya lo has hecho. Matías es tuyo de sangre. Yo nunca lo fui.
Pasaron seis meses. Arturo nunca llamó. Ni una sola vez.
Una tarde, volví a ver una foto en el móvil.
Arturo y Matías. Ante unas montañas. Arturo, con ropa de esquí. Pie de foto: Enseñando a mi padre a hacer snowboard. Ya tiene sus años, ¡pero con un hijo todo es posible!
Contemplé la foto un buen rato.
Me acerqué a la mesa para seguir con mi informe, cuando entró un mensaje de un número desconocido.
Hola, Elena. Soy Matías. Papá me dio tu número, pero no se atreve a llamarte. Me pidió que te dijera que ya ha solucionado lo del piso sin ti, pero está preocupado por ti. Y te invita a pasar el puente de mayo con nosotros. No sabe explicarlo muy bien, pero de veras le haría ilusión.
Escribí varias respuestas, borrando y reescribiendo.
Hola, Matías. Dile a Arturo que me alegro de que todo le vaya bien. Yo también pienso en él. Pero no iré. Tengo otros planes para el puente. Me voy al mar.
No añadí que el billete lo había comprado yo sola, que no iba a Marbella, sino a San Sebastián. Y que no iba con un padre, sino con una amiga.
Pulsé enviar.
Y pensé que se puede ser feliz, incluso sin él.







