Hermana…

Hermanita dice la madre mientras sirve una sopa de col verde en el tazón. Dicen que la vieron ayer en el cementerio Le adornaron la tumba con ramos de flores La abuela Rosa no se quedó atrás Parece que quiere erigir una estatua nueva para el tío Román

Serguro, con la cuchara picando la sopa, escucha cada palabra de su madre. Su corazón se retuerce de dolor. ¿La reconocería si la viera? Ayer le dijeron que había llegado. Los rumores llegan al taller en un suspiro. Pero basta que un coche extranjero pise el pueblo y el Maletón, el patoso del lugar, ya quiere ganar dinero.

Te paso el cliente, Serguro, y tú me invitas a una caña suelta Maletón. Ahora le pincho la rueda ¿A quién llamas? al tío Román, claro

¡Ni se te ocurra! reacciona Serguro, enfadado. No necesito clientes engañados

Cada uno con su negocio, Serguro. Yo manejo el coche, tú el negocio y la señora del coche lleva la cartera. La hija del difunto Román, Almudena

No me hagas soñar, ¿eh? dice el otro. Si no te lo crees, vete al taller

Así el latido de Serguro se acelera, como una campana que vibra en el pecho. ¿Cuántas veces la ha visto? Desde que se separaron, él sólo ha guardado en su interior las palabras no dichas.

Esa tarde, al enterarse de su llegada, se dirige a la casa de los padres de Almudena. Un coche rojo aparcado frente a la casa, la luz encendida en la ventana. Sergúro se queda mirando, el corazón encogido. Apenas la había visto una vez, y luego desapareció durante años.

¿Qué pasa, hijo? le pregunta la madre, con los ojos brillando. Ya se ha enfriado todo

No tengo ganas Tengo trabajo que terminar. Los chicos están preparando los coches para la línea del frente Llegaré tarde

Esa noche, entre tuercas y motores, los ayudantes Julio y Pablo se quejan.

¡Vaya, ya es hora de ir a casa, señor! Mañana será otro día

Id a casa dice Serguro. Yo sigo aquí

Los muchachos murmuran a sus espaldas:

¿Alguien le espera en casa? No tiene esposa, ni hijos Es como un lobo solitario

Serguro lo escucha todo. Sabe que es un lobo solitario. No tiene familia, ni mujer, ni hijos No ha encontrado a la única que pudiera liberar su alma y sus pensamientos encadenados por el amor: a Almudena.

Cerca de la una, vuelve a subirse al coche y avanza por los estrechos caminos del pueblo hasta la casita al borde del bosque. En la ventana aún brilla una luz. Enciende un cigarrillo, dejando que el humo gris se mezcle con sus recuerdos. Sabe que no debería fumar, pues tras una herida perdió parte del pulmón, pero el tabaco le calma la mente.

Serguro, trae la herramienta dice el padre mientras se frota la frente sudada con la mano enguantada. El diablo sabe dónde están mis cosas

Serguro lanza un puñado de hierba trabajo de hombres que su madre le había regalado por no haber leído dos páginas del libro El Encanto del Diente. Salta rápidamente al caballo de hierro y se dirige al final del pueblo, al bosque, a la casa del tío Román. Allí, bajo la sombra del roble, Almudena aparece junto a la puerta, con un vestido de flores diminutas y dos trenzas adornadas con cintas rosadas.

¿Vienes a visitarnos? pregunta, tapándose la cara del sol.

Sí, vine a por las herramientas del tío. ¿Y tú?

Voy a la casa de la abuela Rosa por leche. ¿Vienes conmigo?

Claro contesta Serguro, dejando la bicicleta junto a la verja. Almudena le deslumbra como el sol; la memoria se borra. No importa que el tío le espere con la herramienta, porque ahora Almudena ha llamado a la abuela Rosa, y eso tiene más peso que cualquier martillo.

La abuela Rosa, madre del padre y tía de Román, vive al otro lado del pueblo. Juntos, Serguro y Almudena cruzan el huerto, mientras una cigarra suena cerca. Un pequeño arroyo serpentea entre los campos, a veces estrecho como una serpiente, a veces ancho como una laguna. Un viejo puente de madera cruje bajo sus pies, pero la abuela asegura que aguanta un elefante sin problemas.

Vamos por el puente, Serguro

No te asustes, mocosa responde él, tomando su mano. El puente es más fuerte que el orgullo de mi madre.

Almudena ríe y se agarra con fuerza a su dedo. Cada paso se vuelve más firme y, cuando finalmente pisan tierra firme, ella sonríe y él se siente héroe.

Ambos tienen diez años, pero la relación entre ellos es extraña. Serguro no entiende qué le provoca ese hormigueo cuando está cerca de ella. No es amistad ni fraternidad; es algo más.

La abuela Rosa les sirve un vaso de kéfir casero. Almudena recibe una porción de pan con mermelada de ciruela, mientras Serguro se lleva una mayor. Luego la abuela les entrega una botella de leche en un envase de aluminio, tapándolo con una tapa de corcho.

No la derrames, Serguro, que se nos hace una catástrofe advierte la abuela.

Lo haré con cuidado contesta él, riendo mientras Almudena también suelta una carcajada.

En la escuela, la maestra Tania Simón les regaña por cháchara.

Vargen, dejad de molestar, que tengo que dictar dice mientras escribe lentamente en la pizarra. Serguro mira a Almudena, fascinada por la forma en que la luz del sol hace brillar su pelo castaño.

Almudena toca su mejilla con la punta del lápiz y, al notar la mirada de Serguro, susurra:

¿Qué?

Serguro se sonroja y empieza a copiar, pero se da cuenta de que ha perdido gran parte del dictado y seguramente le irá mal. La maestra le llamará la madre para que le explique que no estudia nada.

Almudena, en el recreo, sonríe a Miguel Torres, y Serguro siente una punzada de celos. Imagina a Miguel tropezando y cayendo como un tronco, o peor, a un perro del pueblo que le destroce los pantalones. Ese pensamiento le alivia un poco, pero al volver a la realidad ve a Almudena tomándose del brazo de Miguel.

Ya me he besado con un chico… murmura Almudena mientras recogen frambuesas en la maleza, acercándose al oído de Serguro. Es una sensación que no sé describir.

Los besos son cosa de enamorados responde él, melancólico.

No siempre. Tú nunca has besado a nadie, ¿verdad? ¿Quieres que te enseñe? dice ella, acercándose.

Serguro, incapaz de contenerse, la agarra y la besa con una pasión que parece devorar el dulce néctar de la frambuesa.

¡Idiota! exclama Almudena. ¡Qué tonto eres!

Se levanta como una cierva asustada, casi empujando a la abuela Rosa.

Los trabajadores no paran de quejarse comenta la abuela. ¿Quién recogerá las frambuesas?

Almudena, mientras ayuda a la abuela a podar un cerezo, le pregunta:

¿Podrías pasar por el puente?

No te asustes, que el puente aguanta al elefante responde Serguro, dándole la mano.

Almudena cruza con cautela, y al llegar al otro lado el viejo puente cruje pero se mantiene firme. Ambos ríen, y la abuela les sirve una taza de leche agria.

No derrames la botella, Serguro, que la leche se derrama dice mientras él se aleja con la botella.

En la clase de lengua, la maestra vuelve a dictar y Serguro, hipnotizado por Almudena, sólo escribe garabatos. La profesora, cansada, se dirige a la clase:

Vargen, basta de charla, que tengo que pasar página.

Los compañeros murmuran:

¿Qué pasa con Serguro? No tiene esposa, ni hijos Es como un lobo solitario.

Serguro lo oye todo, pero sabe que él mismo es el lobo.

Al filo de la una, vuelve al coche y recorre el pueblo hasta la casa de Almudena, situada al borde del bosque. La luz sigue encendida. Enciende un cigarrillo, aunque sabe que debería abstenerse tras perder parte del pulmón. El humo se mezcla con sus recuerdos, y por un momento siente alivio.

Serguro, tráeme la herramienta dice el padre, secándose la frente con la mano manchada de grasa. El diablo sabe dónde se han metido mis cosas

Serguro lanza un puñado de hierba trabajo de hombres que su madre le dio por no haber leído dos páginas del libro El Encanto del Diente. Salta al caballo de hierro y se dirige al final del pueblo, al bosque, a la casa del tío Román. Allí, bajo la sombra del roble, Almudena aparece junto a la puerta, con un vestido de flores diminutas y dos trenzas adornadas con cintas rosadas.

¿Vienes a visitarnos? pregunta, tapándose la cara del sol.

Sí, vine a por las herramientas del tío. ¿Y tú?

Voy a la casa de la abuela Rosa por leche. ¿Vienes conmigo?

Claro contesta Serguro, dejando la bicicleta junto a la verja. Almudena le deslumbra como el sol; la memoria se borra. No importa que el tío le espere con la herramienta, porque ahora Almudena ha llamado a la abuela Rosa, y eso tiene más peso que cualquier martillo.

La abuela Rosa, madre del padre y tía de Román, vive al otro lado del pueblo. Juntos, Serguro y Almudena cruzan el huerto, mientras una cigarra suena cerca. Un pequeño arroyo serpentea entre los campos, a veces estrecho como una serpiente, a veces ancho como una laguna. Un viejo puente de madera cruje bajo sus pies, pero la abuela asegura que aguanta un elefante sin problemas.

Vamos por el puente, Serguro

No te asustes, mocosa responde él, tomando su mano. El puente es más fuerte que el orgullo de mi madre.

Almudena ríe y se agarra con fuerza a su dedo. Cada paso se vuelve más firme y, cuando finalmente pisan tierra firme, ella sonríe y él se siente héroe.

Ambos tienen diez años, pero la relación entre ellos es extraña. Serguro no entiende qué le provoca ese hormigueo cuando está cerca de ella. No es amistad ni fraternidad; es algo más.

La abuela Rosa les sirve un vaso de kéfir casero. Almudena recibe una porción de pan con mermelada de ciruela, mientras Serguro se lleva una mayor. Luego la abuela les entrega una botella de leche en un envase de aluminio, tapándolo con una tapa de corcho.

No la derrames, Serguro, que se nos hace una catástrofe advierte la abuela.

Lo haré con cuidado contesta él, riendo mientras Almudena también suelta una carcajada.

En la escuela, la maestra Tania Simón les regaña por cháchara.

Vargen, dejad de molestar, que tengo que dictar dice mientras escribe lentamente en la pizarra. Serguro mira a Almudena, fascinada por la forma en que la luz del sol hace brillar su pelo castaño.

Almudena toca su mejilla con la punta del lápiz y, al notar la mirada de Serguro, susurra:

¿Qué?

Serguro se sonroja y empieza a copiar, pero se da cuenta de que ha perdido gran parte del dictado y seguramente le irá mal. La maestra le llamará la madre para que le explique que no estudia nada.

Almudena, en el recreo, sonríe a Miguel Torres, y Serguro siente una punzada de celos. Imagina a Miguel tropezando y cayendo como un tronco, o peor, a un perro del pueblo que le destroce los pantalones. Ese pensamiento le alivia un poco, pero al volver a la realidad ve a Almudena tomándose del brazo de Miguel.

Ya me he besado con un chico… murmura Almudena mientras recogen frambuesas en la maleza, acercándose al oído de Serguro. Es una sensación que no sé describir.

Los besos son cosa de enamorados responde él, melancólico.

No siempre. Tú nunca has besado a nadie, ¿verdad? ¿Quieres que te enseñe? dice ella, acercándose.

Serguro, incapaz de contenerse, la agarra y la besa con una pasión que parece devorar el dulce néctar de la frambuesa.

¡Idiota! exclama Almudena. ¡Qué tonto eres!

Se levanta como una cierva asustada, casi empujando a la abuela Rosa.

Los trabajadores no paran de quejarse comenta la abuela. ¿Quién recogerá las frambuesas?

Almudena, mientras ayuda a la abuela a podar un cerezo, le pregunta:

¿Podrías pasar por el puente?

No te asustes, que el puente aguanta al elefante responde Serguro, dándole la mano.

Almudena cruza con cautela, y al llegar al otro lado el viejo puente cruje pero se mantiene firme. Ambos ríen, y la abuela les sirve una taza de leche agria.

No derrames la botella, Serguro, que la leche se derrama dice mientras él se aleja con la botella.

En la clase de lengua, la maestra vuelve a dictar y Serguro, hipnotizado por Almudena, sólo escribe garabatos. La profesora, cansada, se dirige a la clase:

Vargen, basta de charla, que tengo que pasar página.

Los compañeros murmuran:

¿Qué pasa con Serguro? No tiene esposa, ni hijos Es como un lobo solitario.

Serguro lo oye todo, pero sabe que él mismo es el lobo.

Al filo de la una, vuelve al coche y recorre el pueblo hasta la casa de Almudena, situada al borde del bosque. La luz sigue encendida. Enciende un cigarrillo, aunque sabe que debería abstenerse tras perder parte del pulmón. El humo se mezcla con sus recuerdos, y por un momento siente alivio.

Hermanita, Almudena, ¿te acordaste del monumento al tío Román? dice la madre, mirando el reloj. Ya casi son las once.

Serguro sube al coche y, con el motor rugiendo, se aleja por el camino de tierra que lleva a la casita a orillas del bosque, donde la luz sigue encendida en la ventana y el aroma del bosque se mezcla con el olor del repollo en la sopa.

No sé si volveré a verte, pero… empieza a decir, pero la palabra se le queda atrapada en la garganta.

Almudena, con la cabeza cubierta de flores silvestres, lo mira y sonríe, como si supiera que el destino ya había escrito su propia versión del cuento.

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Hermana…