Herencia de un exmarido y la inesperada sorpresa de la suegra: La historia de Elia, quien tras años …

Mira, te voy a contar una historia que le pasó a una amiga mía, Sofía. Resulta que, hace muchos años, se casó con Javier, un hombre de Valladolid que, para qué engañarnos, tenía un serio problema con el vino y además era un poco mano larga. Vamos, que después de unos años complicados, finalmente se divorciaron hace ya una década y, sinceramente, Sofía intentó dejar todo atrás. Ni contacto, ni buenos recuerdos, nada de nada.

Ellos tienen un hijo juntos, Marcos, que ya se había casado y estaba viviendo en Sevilla, muy lejos de Valladolid. Con su padre no quería saber nada, y te digo que no le juzgo, porque el hombre era incapaz de hacerle caso ni de preocuparse por él.

Y de repente, un domingo de esos en los que no te esperas nada, llama el teléfono de Sofía. Era una voz seria: que si su exmarido había fallecido y que no había absolutamente nadie que se pudiera hacer cargo del entierro. Al final, mira tú por dónde, Sofía y su hijo se encargaron de todo, organizando un funeral decente y digno, como manda la tradición.

Pero claro, estaba el tema de la madre de Javier, doña Carmen, esa suegra que había dado más dolores de cabeza que alegrías. Durante todo el tiempo que la conoció, Carmen no hacía otra cosa que poner trabas y estorbar. Además, ya estaba mayor, llena de achaques, y vivía sola en una casita en las afueras del pueblo.

Después del entierro, Marcos volvió a Sevilla, que tiene su vida y su familia. Así que toda la responsabilidad de cuidar a doña Carmen recayó sobre Sofía. ¿Y qué iba a hacer la pobre? La visitaba varios días a la semana, le traía la compra (que siempre le ponía pegas, pero bien que terminaba comiéndoselo todo), y hasta se encargaba de picar leña para la chimenea, aunque le costaba un mundo… pero, chica, sabía que no podía dejarla sola y tan indefensa.

Así fueron pasando los meses, exactamente tres, hasta que un día doña Carmen se apagó. Y aquí viene lo mejor: resulta que, en su testamento, la mujer le había dejado a Sofía la casa y un buen pellizco de euros que fue ahorrando toda la vida. Qué cosas, ¿eh? Al final, todavía queda algo de gratitud en el mundo, aunque te llegue de quien menos esperas.

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