Eva aún dormía cuando, en el silencio de la mañana de sábado, sonó un insistente timbre en la puerta. Sobresaltada, se incorporó en la cama. ¿Quién podía venir a esa hora? No esperaba visitas.
Al abrir la puerta, se quedó paralizada: en el umbral estaban sus compañeras de trabajo —Lucía, María y Carmen—. Lucía llevaba un termo en las manos, y María, una caja con un pastel.
—¿Qué hacéis aquí? —exclamó Eva, sorprendida—. ¡Hoy es fin de semana!
—Por eso mismo estamos aquí —respondió Lucía, entrando en el piso como si fuera su casa—. ¿Dónde está tu hija?
—Sofía está durmiendo… ¿Pasa algo?
—No pasa nada. Prepara sus cosas y prepárate tú también. Venís con nosotras a la casa rural. No aceptamos negativas.
Eva se quedó helada. No entendía qué estaba ocurriendo. ¿Irse? ¿A una casa rural? ¿Ahora?
—Os dije en la oficina que no podría…
—Y sabemos por qué —dijo María con dulzura—. Y nos da vergüenza no habernos dado cuenta antes.
Eva palideció.
—¿De qué estáis hablando?
—Lo sabemos todo, Eva. Que desde el divorcio crías a tu hija sola, que tu ex no pasa la pensión, que estás con lo justo para comprarle lo que necesita para el colegio, que pasas hambre y aún así no le cuentas a nadie tu situación.
Eva guardó silencio. Un nudo le apretaba la garganta.
—No… quería quejarme. Pensaba que… podría sola…
—Y lo estás haciendo —intervino Carmen—. Pero sobrevivir no es vivir. Somos tus amigas, Eva. Y las amigas no dejan que las demás se hundan.
—Lo tenemos todo organizado —continuó Lucía—. La estancia en la casa rural va por nuestra cuenta. Nosotras nos encargamos de la comida, el viaje, el descanso. Tú solo trae a Sofía y a ti misma.
Eva bajó la mirada. Le daba vergüenza aceptar ayuda. Pero hundirse en silencio era peor.
—Pero… ni siquiera tengo ropa…
—Nos tienes a nosotras —dijo Lucía con firmeza—. María ha traído ropa de su hija. Está en buen estado y le vendrá bien a Sofía para el colegio.
—También te hemos preparado material escolar —dijo Javier, entrando en el recibidor con una bolsa—. Bolígrafos, cuadernos, carpetas… Todo lo necesario.
—No… sé qué decir…
—No digas nada —la abrazó Carmen—. Solo cree que mereces más que dificultades. Mereces descanso, cariño y apoyo.
Dos horas más tarde, el autobús salía de la ciudad con el alegre grupo. Sofía iba sentada en el regazo de Eva, abrazando su mochila nueva. Y Eva, mirando por la ventana, apretaba entre sus manos el termo de café. Por primera vez en mucho tiempo, sentía un calor que le aliviaba el pecho.
No tuvo suerte con su matrimonio. Pero, al final, resultó que era afortunada por tener personas así a su lado.
A veces, la vida no te quita algo para dejarte vacío, sino para hacer espacio a lo que realmente vale la pena.




