Hubiera sido difícil de creer lo que sucedió con mi familia si no lo hubiéramos presenciado con nuestros propios ojos. Todo comenzó hace medio año, cuando mi querido abuelo falleció, dejando tras de sí un precioso piso en pleno corazón de Madrid. Al pasar un mes desde su muerte, mi familia y yo decidimos limpiar el piso y prepararlo para venderlo. Durante el día, fuimos recogiendo todas las pertenencias de mi abuelo y las metimos en grandes bolsas.
Al caer la tarde, todos regresamos a casa, pero mi hermano quiso quedarse a pasar la noche en el piso. Era alrededor de las seis de la mañana cuando me llamó, pidiéndome que acudiera enseguida, con una voz temblorosa y llena de miedo. Fui al piso sin dudarlo ni un segundo. Nada más entrar, vi la cara asustada de mi hermano, que estaba pálido como la cera. Escuché pasos en el salón, aunque no había nadie en la habitación. El ambiente era inquietante y sentí cómo se me erizaba la piel. El miedo se apoderó de nosotros y salimos corriendo del piso.
Tardamos casi media hora en atrevernos a volver. Para nuestra sorpresa, al regresar, descubrimos que todas las cosas del abuelo estaban ordenadas en sus lugares habituales, como si nadie las hubiera tocado. Fue a la vez un alivio y una experiencia muy extraña. Tras aquel episodio, decidimos no volver más y dejamos todos los asuntos de la venta en manos de la agencia inmobiliaria. Por suerte, los nuevos inquilinos no tuvieron ningún contratiempo tras comprar el piso. Sin embargo, el recuerdo de aquella noche sigue causándome escalofríos cada vez que lo evoco, como si el misterio nunca hubiera abandonado aquel hogar.






