He venido de visita, te echaba de menos, pero mis hijos son como desconocidos

He venido de visita, te echaba de menos, pero los hijos son como extraterrestres

Los padres en España, como en cualquier parte, siempre se preocupan por sus hijos, aunque a veces el resultado final de tanta crianza no es exactamente digno de portada. Las hijas adultas de nuestra historia de hoy son buena muestra de ello.

La historia de una madre.

Carmen crió a tres hijos. Todos mayores, todos independientes, todos siguiendo su vida. El mayor, Alejandro, vive en Berlín y trabaja para una multinacional; tiene familia y, con suerte, cuando llega el verano, manda alguna postal de la Puerta de Brandeburgo y fotos por WhatsApp. Carmen guarda todas esas notitas y estampitas con cariño casi terapéutico y, de vez en cuando, las repasa como quien repasa los cromos.

“Te echamos mucho de menos, hijo. ¿No podrías venir a vernos algún día? Así conoceríamos, por fin, a tus niños y a tu mujer”, le escribe Carmen, con esa insistencia pasivo-agresiva tan maternal.

La mediana, Lucía, se casó con un militar. Cambian de ciudad como quien cambia de camisa y, de propina, tienen una niña preciosa. A veces, hacen su entrada triunfal en el pueblo por veinte minutos antes de que Lucía anuncie: “Nos tenemos que ir YA, que no llego al tren”. El marido de Carmen, Vicente, no oculta su admiración: la niña sí que ha sabido elegir marido.

La pequeña, con nombre de telenovela, Inés, no ha encontrado todavía la paz familiar. Se casó, tuvo un hijo, pero la suerte no estaba escrita para tres. El marido la dejó, y tras los sabios consejos de mamá, se marchó a Madrid a buscarse la vida. Encontró trabajo de costurera en una fábrica y, por supuesto, se llevó al niño con ella, que para eso es madre española.

Carmen decidió que ya tocaba visita a la benjamina.

“¿Te vas a apañar solo una semana?”, le preguntó a Vicente, su marido. “Quiero ir a ver a Inés, a ver cómo les va”.

Vicente la acompañó hasta el autobús. Ella, cargada como una mula con bolsas más grandes que su optimismo, estaba feliz con la idea de hacerle una sorpresa a su hija. Ocho horas de autocar y ni una siesta. Desde la última vez que la vio, habían pasado TRES años.

“Mamá, ¿pero por qué no avisaste? Estoy en el trabajo ahora”, contestó Inés, entre el asombro y el espanto. “No puedo recogerte hasta esta noche en Atocha”.

“¡Quería darte una sorpresa!”, justificó Carmen, sonriéndole al teléfono como si pudiera verla. “¿Seguro que puedes recogerme aquí?”

“Sí, sí espera ahí si puedes”, zanjó la hija. Pero después de media hora, tres caladas y una reprimenda de un guardia, Carmen decidió buscarse la vida como buena turista accidental.

Llegó a la casa y abrió la puerta el nieto, Hugo: alto, con cara de no querer cuentos y un aire a su difunto abuelo cuando hacía la mili.

“¡Ay, mi niño!”, exclamó Carmen, dándole un abrazo apasionado.

“Ya está, ya está, abuela”, bufó el chaval, intentando liberarse como quien se quita un pulpo de encima.

“¿Por qué no has venido antes?”, preguntó cansada Inés, mientras se metía el pelo detrás de la oreja.

“He tenido que limpiar y poner la mesa. He salido antes del trabajo para hacerte un gazpacho y unas croquetas”, dijo, como si le hubiera montado una boda gitana.

En ese momento, Vicente llamó para ver si Carmen seguía viva o ya estaba vendiendo castañas en la plaza. Carmen, diplomática, le dijo que se encontraba bien, que unos chicos amabilísimos la habían ayudado con las maletas y que estaba tomando gazpacho con la mesa puesta por Inés, “como Dios manda”.

A la hora de cenar, Inés preguntó sin rodeos: “¿Te hago una croqueta o dos?”. Carmen, que tenía más hambre que Indiana Jones en la selva, pensó en pedir cinco, pero se contuvo: “Tú ponlas en la mesa, hija, que ya veré”.

Aparecieron cinco croquetas, y esa fue toda la parafernalia festiva que se podía permitir la casa. Carmen pensó, resignada, que debían ir justos de euros. Decidió en ese mismo instante que les ayudaría, aunque fuera con la paga de Navidad y dos décimos de la Lotería Nacional.

En plena cena, Inés saltó: “¿Y cuándo te vuelves, mamá?”. Carmen, herida en su orgullo, espetó: “Pues mañana mismo, si te molesto tanto”.

Al día siguiente, Carmen pasó más horas sola que el gato de Schrödinger. Por la noche cada cual en su habitación, con sus cosas y sus pantallas. El nieto, en cuanto pudo, desapareció a jugar a la Play en casa del vecino, e Inés, como si tal cosa, se fue con unas amigas. Carmen se quedó hablando con las plantas.

Empezó a echar de menos hasta la tele de fondo de Vicente y entendió que, honestamente, para estos ya era el florero. Se puso a hacer la maleta y entonces escuchó al nieto preguntar: “¿Cuándo viene el tío Alejandro? Que enseguida tenemos que ir al partido”. “Cuando se vaya la abuela”, respondió Inés, con sinceridad espartana.

Sin pensárselo dos veces Carmen se despidió más rápido que el AVE Madrid-Sevilla y salió sin hacer el menor ruido. Vicente la esperaba en la puerta de casa, con más alegría que en la final del Mundial de 2010. Al final, tanto cuidar y tanto querer para acabar descubriendo que, a veces, los hijos te salen más gallegos que castellanomanchegos: misteriosos, lejanos y con tendencia a no necesitarte.

Rate article
MagistrUm
He venido de visita, te echaba de menos, pero mis hijos son como desconocidos