Los padres siempre se han preocupado por el porvenir de sus hijos. A veces, sin embargo, sienten una punzada de decepción al ver el rumbo que toman sus descendientes ya adultos. Así sucedía con las hijas de nuestra historia, que todavía recuerdo como si fuera ayer, aunque los años hayan pasado.
Carmen crió a tres hijos en una pequeña ciudad de Castilla la Vieja. Los tres crecieron y volaron del nido para buscar su propio destino. Su hijo mayor, Rodrigo, formó familia y encontró trabajo nada menos que en Francia. De vez en cuando, enviaba fotografías y postales por Navidad mostrando a los nietos sonrientes y paisajes de lugares lejanos. Carmen guardaba esos recuerdos con cariño en una caja de lata, a la que volvía a menudo en los largos inviernos.
Cuánto te echamos de menos, hijo. ¿Podrías venir a visitarnos algún día? Al menos así conoceríamos a tus niños y a tu mujer, le escribía Carmen en cartas a las que su hijo siempre respondía con afecto, aunque con promesas vagas.
Su hija mediana, Inés, estaba casada con un militar. Los destinos de su marido la llevaban de un sitio a otro. Criaban juntos a una niña risueña y, de vez en cuando, conseguían pasar unos días en la casa familiar. El marido de Carmen respetaba a su yerno y solía decir que su hija había escogido con tino un buen compañero para la vida.
Y quedaba su hija menor, Lucía. La vida no había sido generosa con ella. Había estado casada, sí, y había tenido un hijo, pero su esposo la abandonó y se perdió de vista entre los múltiples caminos de la ciudad. Carmen le aconsejó que dejara el pueblo y buscara fortuna en Madrid. Lucía siguió ese consejo, consiguió trabajo de costurera en un taller de ropa y se llevó consigo a su hijo, Javier.
Un día, Carmen decidió ir a ver a Lucía a la capital. ¿Podrás apañarte tú solo mientras estoy fuera unos días?, le preguntó a su marido, Alfonso. Quiero visitar a Lucía y comprobar cómo les va.
Alfonso la acompañó hasta la estación, cargando con las bolsas pesadas, aunque sabía que la marcha de Carmen dejaría la casa en silencio. Pasó horas en un tren de segunda clase, recordando los viejos viajes familiares. La ilusión la sostuvo hasta que pudo abrazar de nuevo a su hija, después de tres años de separación.
Ay, mamá, ¿por qué no avisaste de que venías? Ahora mismo estoy en el trabajosolo podré recogerte esta noche en la estación, murmuró Lucía cuando le contestó al teléfono.
Perdona, hija, quería darte una sorpresa, respondió Carmen, conteniendo las ganas de llorar de emoción. ¿Seguro que podré esperarte allí?. Sí, no te preocupes. Sin embargo, tras mucha espera, Carmen decidió ir andando ella misma.
El primero en abrirle la puerta fue su nieto, Javier, alto y con un aire a su abuelo en la juventud. Carmen lo abrazó con fuerza. ¡Cuánto has crecido, chico mío!
¡Basta, abuela!, protestó Javier, intentando zafarse. ¿Por qué no has llegado antes? Lucía se excusó desde la cocina. Tenía que limpiar y preparar la mesa. Salí antes del taller para hacerte tu comida favorita: cocido madrileño y filetes empanados.
En ese instante, el móvil de Carmen sonó. Le dijo a Alfonso que estaba bien, que alguien la había ayudado con el equipaje y que pronto cenarían juntos.
Mientras servía el cocido, Lucía preguntó: ¿Cuántos filetes quieres, mamá, uno o dos? Carmen, cansada y hambrienta, pensó que se comería hasta tres, pero prefirió responder que pusiera varios y ya verían.
No tardó en aparecer una fuente con cinco filetes. Así fue la bienvenida: sencilla, como es costumbre en las casas humildes, pero cargada de gestos discretos. Carmen sospechó que quizás atravesaban apuros y que debía ayudarles a como diera lugar.
Durante la cena, Lucía le preguntó enseguida cuándo pensaba marcharse. Carmen se sintió herida y replicó que, si molestaba, bien podía marcharse al día siguiente.
El día siguiente fue largo y solitario. Carmen se quedó sola en la casa mientras Lucía y Javier se ocupaban en sus asuntos; por la noche cada cual se encerró en su cuarto: el nieto salió a visitar a unos amigos del bloque, Lucía se perdió entre sus cosas y el reloj avanzó despacio. Carmen no podía evitar la sensación de que su presencia era más un fastidio que una alegría.
Preparó su maleta en silencio, cuando oyó a su nieto preguntar desde el pasillo: Mamá, ¿cuándo viene el tío? Quedó en llevarme al partido.
Cuando la abuela se marche, respondió Lucía, casi sin pensar.
Confundida y triste, Carmen se puso el abrigo, cogió sus cosas y se fue sin despedirse. En la estación, Alfonso la esperaba con la misma alegría de siempre, deseando volver a casa juntos.
Así, aunque se entregaron en cuerpo y alma a criar a sus hijos, Carmen y Alfonso comprendieron, ya mayores, que en ese momento de sus vidas poco o nada se les necesitaba. Así es la vida: los hijos buscan sus propios caminos, y a veces los padres solo pueden mirar de lejos, abrazando los recuerdos de una felicidad antigua.





