«He traído a mi amante a vivir con nosotros, así que puedes dormir en la cocina», anunció mi marido,…

Tía, no te imaginas la que me tocó vivir. Escucha. Estaba en casa, tranquilamente, cuando la puerta de repente se abrió de golpe, sin que nadie llamara antes ni nada. Ya sabes que Sergio, mi marido, nunca lleva llaves si sabe que yo estoy; siempre llama por teléfono para que le abra, una manía suya. Pero justo ese día, se metió en casa como si nada.

Y no venía solo. A su lado estaba ella. A Lucía la reconocí, claro, por esas fotos que él dejaba abiertas en el portátil del trabajo y mira que era descarado…. Era más joven, ¡pero mucho más joven!, con el pelo rubio perfectamente hecho y esa mirada nerviosa, de quien no sabe a dónde meterse.

Llevaba puesto un vestidito ligero que no pegaba nada con el fresco que hacía por la tarde. Se notaba que venía incómoda, abrazando su bolso con fuerza, como si fuese una especie de escudo.

Sergio entró y, tras aclararse la garganta como si llevase el discurso ensayado mil veces pero nunca le salía, me dice:
Clara, tenemos que hablar.

Yo me aparté para dejarles pasar al salón, sin pronunciar palabra. Te juro que mi calma les descolocó más de lo que habrían esperado si me hubiese puesto a montar una escena. Yo creo que esperaban gritos y platos volando. Pero nada. Ni una lágrima.

Se plantan en el salón. Sergio se sienta en el sofá, poniendo los brazos por encima del respaldo, todo digno y seguro de sí mismo. Lucía prefirió quedarse de pie, no se atrevía ni a rozar un cojín.

Vamos a vivir aquí soltó de golpe Sergio, rompiendo el silencio tenso que había en la casa.

Miré mi piso cada cosa, cada detalle, lo había elegido yo. El cuadro sobre el sofá. El color de las cortinas. Incluso la alfombra aquella con la que siempre tropezaba Sergio. Mi pequeño mundo.

Vale respondí completamente serena.

Él se quedó a cuadros.

¿Cómo que vale? ¿Has entendido lo que acabo de decir? Lucía se viene a vivir con nosotros.

Lo he entendido. Necesita una habitación. La de invitados está llena de cosas de mi proyecto ahora, pero la despejo para mañana por la tarde.

Lucía se puso pálida. Buscó a Sergio con la mirada, asustada, como si no entendiera nada. Ella venía preparada para una guerra, y yo le daba la bienvenida a casa como si nada.

Pero Sergio, en cambio, se sintió el rey del mambo.

Me vio tan tranquila que pensó que tenía la victoria asegurada. Se le dibujó en la cara esa sonrisita arrogante tan suya.

No, no me has entendido se levantó y se acercó a mí. Lucía va a quedarse conmigo. En nuestro dormitorio.

Lo dijo con un tono amenazante, esperando que me derrumbara. Pero solo le sostuve la mirada. Te juro que noté que algo dentro de él se frenó por primera vez al ver mis ojos tan tranquilos… aunque solo fue un segundo.

Me traigo a mi amante a casa y tú te puedes quedar a dormir en la cocina me soltó. Lo que él no sabía es que yo ya había avisado al marido de Lucía para que viniera de inmediato…

Me quedé callada, con la misma mirada fija en él, mientras por dentro solo pensaba: Aguanta cinco minutos más. Solo cinco.

Sergio leyó mi silencio como quiso. Se creyó el vencedor. Se giró hacia Lucía, sonriente.

¿Ves? Es sencillo.

En ese momento, sonó el timbre. Corto y seco, rompiendo de golpe la tensión. Sergio puso mala cara.

¿Esperas a alguien?

No pude evitar sonreír.

Sí. Creo que ya ha llegado.

El timbre volvió a sonar, insistente. Sergio me miró con rabia.

¿Quién es?

Voy a abrir le dije, pasando por su lado y yendo al recibidor. Creo que es alguien para esta… fiesta.

Abrí la puerta. Delante tenía a un hombre alto, corpulento, con un abrigo oscuro perfectamente cortado. Tenía la cara seria y los ojos grises, de esos que te miran y parece que te calan el alma.

Clara asintió, con voz grave y algo ronca.

Javier, pasa, por favor contesté, tranquila. Te esperábamos.

En cuanto entró, Lucía emitió un ruidito, como un pequeño gemido. Se encogió entera, volviéndose tan blanca como el papel.

Sergio se quedó petrificado, sin poder cerrar la boca. La chulería desapareció.

¿Javi…? ¿Qué haces aquí?

Javier ignoró la pregunta, sin apartar la vista de su mujer. Se desabrochó el abrigo despacio.

Lucía, ¿has perdido algo? La voz era suave, pero tan fría que daba escalofríos.

Ella negó con la cabeza, sin alzar la mirada. Temblaba.

Entonces Javier miró a Sergio.

Y tú, Sergio, ¿has encontrado algo? ¿Algo que no te pertenece?

No entiendo de qué hablas… intentó tartamudear Sergio.

¿No? Javier se acercó un paso. Me debes mucho dinero. El plazo venció ayer. Y en vez de pagarme, te has dedicado a jugar a las casitas con mi mujer.

Sergio iba saltando la vista de uno a otro, a mí, a Lucía. Los ojos se le llenaron de miedo.

¿Pensabas que iba a montar una escena? Javier sonrió de lado. Me da igual ella. Es lo de menos. Pero el dinero… eso es otra cosa.

Su expresión se suavizó solo al mirarme.

Perdona este numerito, Clara. Tu marido es un auténtico imbécil.

No te preocupes, lo sé le dije, tan tranquila. Por eso te llamé. Pensé que te interesaría saber dónde se escondía tu… propiedad.

Miré aposta a Lucía. Se llevó las manos a la cara.

Sergio me lanzó una mirada furiosa.

¿Has sido tú la que lo ha traído?

¿Y qué quería que hiciera? me encogí de hombros, dejando escapar una sonrisa. Traes a otra a mi casa, me dejas en la cocina… Tomé una decisión por ti y ayudé a tu socio.

De repente el ambiente en el salón había cambiado por completo. Sergio, que hace un rato se sentía el amo del universo, ahora estaba deshecho. Lucía lloraba en silencio. Javier controlaba el cotarro. Y yo, te juro, sentí que por fin todo estaba en su sitio.

Así que, Sergio dijo Javier, muy serio. Tienes dos opciones. Primera: me pagas ahora mismo todo lo que me debes. Segunda… bueno, la segunda no te va a gustar. Ni a ella tampoco.

Sergio tragó saliva.

No tengo el dinero… Lo invertí. En un negocio…

Javier resopló incrédulo.

¿En qué negocio, Sergio? ¿Un coche nuevo para la querida? ¿La pulsera que lleva en la muñeca? ¿Creías que no me iba a dar cuenta?

Lucía escondió la mano tras la espalda.

¡Eso no es verdad! gritó Sergio. ¡Te lo devolveré! Solo necesito algo más de tiempo.

Ya has tenido tiempo de sobra sentenció Javier. Se acercó a la mesa y cogió una carpeta que yo había dejado allí antes.

Tu mujer ha sido la lista aquí. Ha guardado todos los papeles de nuestros tratos. Incluso las copias.

Sergio me miró como si fuese Satanás.

¿Rebuscaste entre mis cosas?

Lo dejaste todo en mi escritorio. Solo estaba ordenando le respondí con toda la tranquilidad del mundo. Descubrí muchas cosas curiosas. Por ejemplo, que este piso lo compré yo con mi herencia. Y tú solo constas como marido.

El rostro de Sergio se descompuso.

Javier cerró la carpeta de golpe.

No pienso llamar a la policía. Cede tu parte del negocio, toda, ahora mismo. Así cubrirás la mitad. El resto, lo trabajarás para mí.

¡Ni hablar! Sergio quiso ir hacia adelante, pero Javier ni se movió, solo le miró fijamente. Sergio se detuvo al instante, como si chocara contra una pared.

Lo vas a hacer le susurró Javier. Y ahora, largaos los dos. Fuera de esta casa.

Se giró a Lucía:

Vamos. No hemos terminado todavía.

Lucía me agarró de la mano, llorando:

¡Clara, por favor! ¡Ayúdame! ¡Da miedo!

La miré y no sentí nada. Solo vacío.

Lucía, elegiste. Te subiste al coche de otro hombre y entraste en una casa que no era la tuya. Ahora asume las consecuencias.

Abrí la puerta.

Fuera. Todos.

Javier la agarró suavemente del brazo y se la llevó. Ella ni protestó. Se dejó llevar, derrotada.

Sergio se quedó plantado, con cara de no saber a dónde ir.

Clara… yo…

Vete, Sergio. No hay nada más que decir.

Las cosas las cojo mañana. O mejor, que me lo manden. Las llaves, en la mesita.

Me miró con esa cara de quien acaba de entender lo que ha perdido. Pero ya era tarde. Dejé que dejara las llaves y se fuera.

Cerré la puerta uno, dos, tres cerrojos. Fui al salón. El aire todavía olía a lo que acababa de pasar, pero abrí la ventana. Dejé que entrara el viento y se llevara los restos de su presencia.

Por primera vez en años, respiré hondo. Mi casa volvía a ser solo mía.

Diez años, tía. Ni una eternidad ni un suspiro. Solo una parte de mi vida, como los anillos de un árbol.

Por la mañana el piso huele a café y a sol. Por la noche, a pintura y a madera. Aquí he encontrado mi libertad.

Hace tiempo convertí la habitación de invitados en mi estudio. Lienzos, pinceles, caballetes… Aquí es donde me siento yo.

No cuelgo cortinas gruesas. Me gusta ver cómo cambian las estaciones. Como brotan los cerezos en primavera, los niños juegan en verano, las hojas bailan en otoño.

Es mi calendario natural. Me recuerda que la vida sigue.

Hace unos años apareció Marcos. Arquitecto. Entró en mi galería huyendo de la lluvia… y se quedó.

Nunca ha intentado cambiarme. Solo me mira, me ve. Se sienta en su butaca, lee, a veces levanta los ojos y me sonríe.

Con él aprendí que una relación es un refugio, no una batalla.

Y tenemos perro, sí. Un terrier divertido que recogimos de la protectora, se llama Píxel. Duerme a mis pies y ronca, componiendo la banda sonora de mi inspiración.

Esa alegría simple me enseña a disfrutar de lo más sencillo.

El pasado ya ni lo pienso. Perdió sentido. Es como aquel billete viejo de cine que saco del bolsillo y tiro sin mirar.

Las cicatrices se han curado. Están, claro. Si miras, se notan. Pero no las escondo. Son parte del camino.

Aquel día aprendí lo más importante: la fuerza no está en ganar peleas, sino en estar en paz contigo misma. En vivir con dignidad, no bajo expectativas ajenas.

Esta mañana me desperté porque Píxel me lamió la cara. Desde la cocina, olía a tortitas de queso que hacía Marcos.

Sonreí. Estoy en casa. Y créeme, pocas victorias son tan importantes.

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MagistrUm
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