Recuerdo que, con apenas dieciocho años, di a luz a mi primera hija, Luz. La experiencia me enseñó que el parto no era una amenaza tan aterradora como había imaginado. En aquellos tiempos la gestación subrogada ya se había generalizado en el mundo, y yo empecé a considerarla con seriedad.
Mi familia no era acomodada; mis padres, los García, apenas podían mantener a mis tres hermanas Elena, Isabel y Ana y a mí. A los diecisiete años contraí matrimonio con José Luis Fernández y, con nuestra pequeña Luz, la vida nos resultaba muy escasa. No teníamos dinero ni un hogar propio, así que nos las ingeniábamos día a día. Fue entonces cuando pensé en la subrogación. José Luis no aprobó la idea, a pesar de mis esfuerzos por convencerle, pues parecía la única salida a nuestras dificultades económicas.
Al poco tiempo nació nuestro segundo hijo, Alicia, y la situación se volvió aún más precaria. José Luis abandonó la casa, incapaz de soportar la presión, y quedé sola con dos niñas. Por suerte mi madre, Mercedes, y mis hermanas nos echamos una mano: mientras yo trabajaba, ellas cuidaban a Luz y a Alicia. Sin embargo, el dinero seguía siendo insuficiente. Decidí entonces poner en marcha la idea que llevaba rondando mi cabeza desde hacía años.
Viajé a Lisboa, donde una agencia de gestación subrogada aceptaba solicitudes internacionales. Presenté mi expediente y, tras varios intentos, se intentó implantar un embrión, aunque ninguno prosperó y, en la última ocasión, la gestación terminó en aborto espontáneo. Regresé a casa desanimada y pensé en renunciar. Seis meses después, sin embargo, vi un anuncio en internet de una clínica que ofrecía condiciones ventajosas. Llamé; valía la pena intentarlo una vez más. Si funcionaba, bien; si no, aceptaba el destino.
Esta vez todo salió. Durante doce meses vivíamos, Luz y Alicia, en un bonito piso de un edificio nuevo. Los futuros padres del niño que yo llevaba para ellos no escatimaron en gastos: nos deleitaban con alimentos de calidad, nos regalaban juguetes, pagaban nuestras entradas al cine y al zoo. Cuando cumplieron los nueve meses, di a luz a un hermoso y sano niño, Pedro.
Con el pago de la tarifa de subrogación, que en euros ascendía a una suma considerable, compramos un piso de dos habitaciones en nuestro barrio, y nos quedamos en la ciudad donde habíamos crecido, sin carencias. Dos años después volví a ser madre subrogada, esta vez para una familia de China, y nació otro niño.
Hoy, mi familia vive en una casa espaciosa. Luz, Alicia y Pedro tienen todo lo que necesitan. Algunos me critican, pero yo no veo nada errado en ofrecer a mis hijos una vida digna, aun cuando la vía haya sido poco convencional. Esa es la historia que guardo en el recuerdo, como testimonio de los sacrificios y las oportunidades que nos dio el tiempo.







