He puesto a mi marido entre la espada y la pared.

Mira, anoche le puse a Álvaro, mi marido, entre la espada y la pared. Fue después de una tarde bastante complicada que te juro que todavía tengo un nudo en el estómago al recordarla. Todo empezó cuando, de camino a casa de su madre en Vallecas, nuestra hija, Jimena, desde el asiento de atrás, soltó con ese tonito que te dan ganas de reírte y llorar a la vez:

Mamá, ¿por qué vamos a casa de la abuela Carmen? Es que me aburro allí.

Yo la miré por el retrovisor, con su tablet rosa entre las manos, embobada con los jueguecitos, medio ausente. Y pensé, madre mía, seis añitos y ya habla como si hiciera un favor por estar presente.

Porque hoy es el cumpleaños de Pablo, tu primo. ¿Te acuerdas de él?

Sí… pero es muy pesado.

Jimena… me giré, pero Álvaro me tocó el hombro.

Déjalo, hoy mejor no me dice en voz baja.

Te juro que el pobre iba más tenso que un violinista principal en el Teatro Real. Llevaba puesto un traje azul oscuro, camisa blanca que le planché yo esa misma mañana (la de sudores que me costó dejarla sin una arruga, porque sé que Carmen, mi suegra, no se le escapa ni una mancha). Si te digo la verdad, ese perfeccionismo me tiene frita porque sé que aunque no diga nada, me va a mirar con cara de esta chica nunca termina de estar a la altura”.

Solo estaba explicando por qué vamos allí, que la niña tiene que saberlo.

Con ese tono, ya le estás enseñando que no nos esperan con ganas.

¿Pero acaso nos esperan con ganas?

Se hizo el silencio, y cuando el semáforo se puso en ámbar, él frenó con suavidad, como si así pudiera frenarse también por dentro. Se notaba en el ambiente ese runrún de vamos a un sitio donde nunca acabamos de encajar.

De repente, Jimena levantó la cabeza de los juegos y preguntó:

¿A Pablo le van a dar muchos regalos?

Seguramente, que para eso es el cumple.

¿Y a mí me darán también?

Me miraba con esos ojazos marrones llenos de esperanza. Me di cuenta de que la tenía muy mal acostumbrada, porque cada festín, cada visita, cada ocasión especial acababa en regalo o chuches. Y claro, la niña ya lo daba por hecho.

Jimena, hoy es el día de Pablo. Ya sabes que ayer le compramos su regalo, ¿verdad?

Frunció el ceño: ¡Es que yo también quiero un regalo!

Álvaro, ya fuera de sí, saltó: Tienes la habitación llena de juguetes, ¿puedes aguantar un día?

Y yo vi cómo él apretaba el volante con los nudillos blancos. Porque los dos sabíamos que cualquier bronca de Jimena se traduciría en críticas. Y Carmen, su madre, le haría el repaso a él, a su hermana Lucía y encima a mí, analizando cómo educo yo a la niña.

El resto del trayecto, veinte minutos largos, fue solo el sonido del tráfico y las moneditas virtuales en la tablet. Yo, aún acordándome de aquella bronca de hace tres años, después de que Carmen me dijese a la cara que no sabía ser ni madre ni esposa. Recuerdo que me largué dando un portazo y Álvaro me siguió hasta la carretera. Me convenció para volver, pero no fui capaz. En el taxi de vuelta a casa, sentí que aquello podía ser el fin. No lo fue, claro, porque lo quiero, porque tenemos a Jimena, porque no soy de las que tiran la toalla.

No volvimos por casa de su familia en casi un año. Después de que Carmen estuviera ingresada por el corazón, volví a ceder. Fue entonces cuando sentí por primera vez algo de lástima hacia ella. Pero ni una palabra de la bronca, ni un lo siento, nada. Como si nada hubiera pasado.

Ayer, cuando Álvaro me dijo que íbamos al cumple de Pablo, sentí el escozor de siempre. La herida seguía ahí, como clavada.

Ya hemos llegado dijo él, y de pronto me di cuenta de que estábamos delante de la urbanización, el típico edificio de los años setenta en Vallecas, donde él creció y donde Carmen lleva viviendo toda la vida.

Jimena, apaga la tablet. Vamos.

Salimos del coche. Álvaro sacó del maletero el paquete enorme con el regalo: el dichoso Lego de ochenta euros que yo decía que era demasiado, pero que, claro, la familia nota esas cosas. Los detalles, la marca, el precio siempre es lo mismo.

Subimos los cuatro pisos andando porque, como siempre, el ascensor fuera de servicio. Jimena se quejaba, yo la arrastraba de la mano y Álvaro delante con la espalda encaída de tensión.

En el rellano, antes de tocar el timbre, me pregunta:

¿Lista?

En realidad quería salir corriendo, pero forcé una sonrisa.

Nos abrió Lucía, la hermana de Álvaro. Está siempre con esa energía suya, un poco brusca:

¡Por fin habéis llegado! ¡Pasaos, que estamos con el pastel ya!

Entramos y ese olor tan reconocible de la casa de Carmen: mezcla de lavanda y tarta de manzana recién horneada, con los geranios en la ventana y los trapos bordados colgando de las paredes. Todo igual que la última vez, igual que hace veinte años.

En la entrada, más de una docena de zapatos, señal de que ya están todos allí. Yo me quito las sandalias nuevas y me cambio las bailarinas, intentando que Lucía no vea mi incomodidad mientras quito las sandalias a Jimena, que al mínimo se me pone llorona.

Álvaro, ve al salón, que Pablo te busca dice Lucía. Vosotras a la cocina, que mamá está allí.

Y yo, que ya estoy harta de lo de las chicas a la cocina, le sigo el juego y me llevo a Jimena.

En la cocina está Carmen, charlando con una amiga. Cuando me ve, la sonrisa se pone rígida.

¡Ay, Olga! ¡Qué alegría verte! Se levanta y noto en ella más años, más arrugas, pero la mirada igual de inquisitiva que antes.

Nos saludamos, así en plan cordial, solo la mínima educación, y luego, como siempre, empieza la ronda de preguntas que parecen inofensivas pero no lo son: que si sigo trabajando tantas horas, que si quién recoge a la niña, que si estoy más delgada. Todo con esa falsa preocupación que me deja sin respiración.

¿Jimena, saludas a la abuela?

No quiero

Carmen me lanza una mirada fulminante, pero con media sonrisa. Ya está, mi nieta no es como debe, parece pensar. Me ofrece café, yo pido té.

Otra vez con la lista interminable de recomendaciones y comparaciones: Pues Lucía sí que cría bien a Pablo; mira qué buena educación, qué atento, ni una queja. Y yo, tragando saliva, sintiéndome de nuevo examinada.

Al poco, Jimena quiere irse al salón: Mamá, ¿puedo ir?

Claro, amor, pero pórtate bien.

Carmen, como si no hubiera oído nada, sigue a lo suyo: ¿La niña es obediente? Pablo es tan bueno… Y en el cole, un sol. Su amiga asiente emocionada y casi me río de puro coraje.

No aguanto más y decido ir al salón. Allí Pablo estaba recibiendo montones de regalos, abriendo cajas, dando las gracias, haciéndose fotos con todos. El típico niño educado y encantador. Los comentarios volando por toda la sala: que si el regalo es carísimo, un detallazo, que si cómo se nota quién cuida a la familia.

Jimena mira con ojos de búho el montón de regalos y, antes de que me dé tiempo, se pone a pedirle uno a Pablo. Se hace un silencio sepulcral, todos con los ojos en mí.

Jimena, no se hace eso, cielo le digo en voz baja.

Pero la niña, en pleno berrinche, se tira al suelo y monta la de San Quintín. Pataleando, chillando, y yo ahí, la madre insuficiente, la que no sabe controlar ni a su hija.

En un momento, algo dentro de mí se desajustó. Cogí a Jimena del brazo y, mientras Álvaro intentaba calmar la situación, me crucé con Carmen y solté por fin lo que nunca dije:

Mire, Carmen, ¿sabe por qué mi hija monta estas escenas? Porque aquí siempre se valora lo material, quién trae el mejor regalo, quién lleva la ropa más cara… Y los niños eso lo aprenden.

Se quedó blanca. Nadie se atrevía a decir nada. Lucía saltó a defender a su madre. Álvaro, con cara de pavor, intentaba mediar. Y yo, sin poder ya frenar el torrente de palabras, largué todo el resentimiento de estos años: que nunca he sido suficiente para ella, que a mi hija la han hecho sentir segunda siempre, que si se tratase del nieto de la nuera correcta otro gallo cantaría.

Toda la familia callada como si el tiempo se hubiera parado. Jimena, al borde de la histeria, y yo hecha polvo, pero aliviada a la vez. Cogí a Jimena y me fui. Álvaro corrió detrás, pero le miré fijo:

Hoy eliges tú: tu familia o nosotras.

Nos marchamos. Llamé a un taxi y en el trayecto Jimena se quedó dormida llorando, y yo detrás, limpiándome las lágrimas sin saber si estaba haciendo bien.

En casa, intenté relajarme. Álvaro llegó dos horas después. La tensión se cortaba con cuchillo.

¿Vas a pedirle perdón a mi madre? me preguntó.

Le dije que pediría perdón por las formas, no por lo que dije. Que necesitaba que él, por una vez, estuviera de nuestro lado, no en medio a intentar contentar a todos.

Lo hablamos mucho rato. Y reconoció, por primera vez, que quizás no me había defendido como debía. Que siempre quiso ser un buen hijo, pero olvidó ser buen marido.

A la mañana siguiente, Jimena se metió en la cama conmigo:

Mamá, ¿ya no vamos a casa de la abuela?

No supe qué decirle. Solo la abracé y le dije que a veces los mayores discuten, y que lo siento por hacerla sentir mal.

Álvaro organizó una comida para el día siguiente con su madre. Fui casi temblando pero decidí que solo lo haría si él me apoyaba. Allí, en la misma cocina de siempre, con las tazas sobre el mantel de encaje, le dije a Carmen que sentía la bronca, pero que lo que sentía era real. Le pedí que, si íbamos a tener relación, fuera de igual a igual, sin juicios ni comparaciones. Y sorprendentemente, aceptó intentarlo, aunque sin promesas.

Al despedirnos, Carmen me abrazó. Por primera vez sentí que igual, solo igual, podríamos empezar de cero.

En el coche de vuelta, Álvaro me cogió la mano:

¿Crees que funcionará?

Quiero creerlo.

Ya en casa, Jimena nos recibió con su dibujo: los tres juntos, cogiéndose de la mano, y al lado, la abuela Carmen. Por primera vez en mucho tiempo sentí que tal vez sí habíamos dado un paso, aunque fuera pequeñito.

Por la noche, sentados en la cocina, Álvaro me preguntó qué pasaría ahora. Y yo, sinceramente, no lo sé. No sé si las cosas mejorarán, no sé si Carmen cumplirá su palabra, pero por una vez siento que lo he intentado de verdad, poniéndome en el centro, defendiendo lo nuestro.

Que la vida a veces es aprender a trazar límites, incluso con la familia, y que el mayor regalo que le puedo dar a mi hija es que sepa que su madre luchó por su felicidad y la nuestra, aunque el precio fuera un marrón de los gordos.

Así que, amiga, deséame suerte, ¡que falta me va a hacer!

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MagistrUm
He puesto a mi marido entre la espada y la pared.