He escuchado muchas historias de mujeres que han sido infieles y, aunque siempre he procurado no juzgar, hay algo que sinceramente nunca he logrado comprender. No porque me considere mejor que nadie, sino porque, en mi caso, la infidelidad jamás ha supuesto una tentación.
Recuerdo que, cuando tenía treinta y cuatro años, estaba casada y llevaba una vida completamente normal. Acudía al gimnasio cinco veces por semana, cuidaba lo que comía y disfrutaba manteniéndome en forma. Tenía el cabello largo y liso, me gustaba verme bien y sabía que era una mujer atractiva. La gente me lo decía y yo lo notaba en las miradas que me dirigían.
Por ejemplo, en el gimnasio no era raro que algún hombre intentara entablar conversación conmigo. Unos preguntaban sobre ejercicios, otros hacían comentarios disfrazados de halagos y algunos, directamente, eran más atrevidos. Lo mismo ocurría cuando salía a tomar algo con mis amigas: se acercaban, insistían, me preguntaban si estaba sola. Nunca he fingido que esto no sucede; al contrario, soy consciente. Pero jamás he cruzado esa línea. No ha sido por temor, sino porque, sencillamente, no me ha apetecido.
Mi marido, Gabriel, es médico cardiólogo y trabaja muchísimo. Hay días en los que sale de casa cuando aún es de noche y regresa cuando ya estamos cenando, o incluso más tarde. La mayoría del tiempo, paso casi todo el día sola en casa. Tenemos una hija, Inés, me encargo de ella, del hogar y de mi rutina diaria. En realidad, podría decir que dispongo de “espacios” para hacer lo que se me antojara sin que nadie lo supiese. Sin embargo, nunca se me ha pasado por la cabeza utilizar ese tiempo para traicionar a mi marido.
Cuando estoy sola, mantengo la mente ocupada. Entreno, leo, ordeno la casa, veo series, cocino, salgo a dar paseos. No me quedo sentada buscando carencias ni necesitando la aprobación de otros. No diré que mi matrimonio es perfecto, porque no lo es. Discutimos, tenemos nuestras diferencias, a veces nos puede el cansancio. Pero hay algo fundamental que siempre ha existido entre nosotros: mi honestidad.
Tampoco vivo con sospechas constantes hacia él. Confío en mi esposo. Sé cómo es, conozco su rutina, su forma de pensar, su carácter. No vivo revisando su móvil ni imaginando escenarios rocambolescos. Esa tranquilidad también me afecta. Cuando una no busca escapatoria, no necesita mantener siempre una puerta abierta.
Por eso, cuando leo relatos de infidelidades no desde el juicio, sino desde la incomprensión pienso que no todo se reduce a la tentación, la belleza, el tiempo libre o la atención ajena. En mi caso, simplemente nunca ha sido una opción. No porque no pueda, sino porque no quiero convertirme en esa persona. Y con eso descanso tranquila.
¿Y vosotros, qué opináis de todo esto?







