He abierto un salón de belleza donde, durante diez años, he escuchado tantos secretos ajenos que podría destapar la mitad de la ciudad, pero un día vino a verme la esposa de mi amante, quien me dijo que “D…

Hoy quiero dejar constancia de uno de esos días en los que la vida parece burlarse de uno, y te obliga a replantear mucho. Ya llevo diez años con mi propio salón de belleza aquí en Salamanca, y podría llenar medio barrio de secretos ajenos. Si me diese por hablar, podría desmontar la Plaza Mayor, pero justo por eso nunca lo hago. Hay silencios que valen más que muchos euros, y el mío siempre ha sido la moneda de mi pequeño imperio.
Nunca soñé con salir en programas de televisión, ni con tener millones de seguidores en alguna red social. Mi sueño era mucho más modesto: quería la butaca frente al espejo en la que la gente se quita la máscara de yo estoy bien y, por una hora, deja fluir sus miedos, esperanzas y confesiones mudas. Aprendí el oficio de peluquero con diecinueve años; abrí mi primer salón a los treinta y, para los cuarenta, ya conocía mi barrio mejor que el párroco, el médico y el policía juntos.
Disimular canas, cortar flequillos, rizar mechones… Eso era solo un pretexto. Lo esencial era el silencio, saber escuchar y no traicionar. Un negocio de confesiones discretas. Mi salón tiene un nombre que hace reír: Pelo a pelo. Tres butacas, una tetera, una cafetera firmada en el banco y un montón de tazas baratas pero siempre limpias.
Trabajo en turnos junto a dos chicas: Estrella y Marisol. Pero a mí siempre me reservan cita con dos semanas de antelación. A usted, don Martín, solo a usted, dicen las clientas, que nos entiende.
Escucho relatos sobre maridos que beben, amantes en la oficina, hijos perdidos y ahorros secretos para emergencias. Sé quién manda de verdad en el kiosco Azucena la mujer, no el marido, quién se hace liposucciones a escondidas, quién está preparando el éxodo de un hogar tiránico. Podría desencadenar decenas de divorcios en una sola publicación.
Jamás lo hago. Los secretos son moneda valiosa; la guardo y no la gasto a lo loco.
Entonces, llegó Él.
Javier apareció por casualidad. Primero trajo a su hija adolescente, que quería cortar las puntas verdes. Luego él mismo se sentó solo para arreglarse las patillas. Tenía cuarenta y dos años, no era un modelo, pero se cuidaba, tranquilo, con esos ojos serios y francos, como pocos. Cuando me preguntó cómo me atreví a abrir el salón, si no me daba miedo pedir préstamos, respondí con sinceridad. Me sorprendí hablando más que de costumbre: suelen hablarme, pero esta vez… fue al revés.
El romance empezó de la forma más tonta. Turno tardío, apagón, Javier vino a por la gorra olvidada de la niña, ayuda con el generador, té en el frío. El primer beso nos sorprendió entre estantes de tintes y el lavamanos.
Sabía que estaba casado. Él nunca lo ocultó. Tengo una familia normal, me dijo. Sin grandes locuras. Mi mujer es buena. Pero… ya no estamos en sintonía. Contigo encuentro esa paz. Le respondí que no pensaba destruirle la vida. Y era verdad.
Nos veíamos de forma irregular. Una vez a la semana, otra al mes. Jamás prometió dejar a su familia; yo tampoco lo pedí. Ambos con más de cuarenta, sabíamos que no éramos críos. Era un pacto raro, entre no puedo vivir sin ti y no tengo derecho a ti.
Ella.
Un martes lluvioso entró una mujer. De esas que pasan desapercibidas, pero yo las reconozco de inmediato. Estatura media, más de cuarenta, abrigo clásico, bolso de gama media, rostro cansado pero digno.
Sé que tiene la agenda llena, pero… ¿podría hacerme un hueco? Mi marido vuelve esta noche, quisiera verme… decente. Justo tenía un hueco: una clienta de tinte llegó tarde.
Siéntese, le dije. ¿Cómo se llama?
Celia, respondió, acomodándose en la butaca.
Le puse la capa, miré sus manos… y sentí una especie de escalofrío. En el dedo anular llevaba un anillo conocido, con una franja mate, igual al de Javier. Mismos gestos nerviosos, mismas facciones. Me di cuenta: era su mujer.
La confesión había vuelto sobre sí misma.
Me recomendaron venir aquí, hablaba Celia mientras le lavaba el cabello. Dicen que usted no solo arregla, sino que escucha de verdad.
Procuro, le dije, notando cómo me temblaba la voz.
Verá, empezó ella, tengo cuarenta y tres. Toda la vida con el mismo hombre. Pasamos juntos la universidad, la hipoteca, despidos, enfermedades de los niños. Pensé que éramos fuertes. Le masajeaba las sienes, deseando que mis manos no delataran mis nervios.
Y de pronto, él… Como si se hubiese esfumado. Está, pero no está. Mira el móvil, sonríe raro. Sé que hay otra. Pero no quiero dramas, ni escándalos en el portal. Quiero que él decida quedarse. Para eso… necesito no repelerle. Por favor, hágame más bella. Sé que usted es mago.
Casi dejo caer la ducha.
Me llama mago. La esposa de mi amante, confiando en mí, rogando ayuda para luchar con la misma persona que me hace vivir en secreto.
Entre tijeras y conciencia.
Trabajé una hora como un autómata. Mis manos hacían lo de siempre: levantaban mechones, cortaban, secaban, peinaban. El cerebro daba vueltas: ¿lo digo?, ¿me callo?, ¿me niego porque tengo migraña?, ¿le pregunto el nombre del marido?
Sus ojos pesan mucho, dijo Celia mirándose al espejo. ¿Ha oído muchas cosas, verdad?
Por primera vez en años deseé que ese asiento estuviese vacío, que allí hubiese un maniquí. Celia no confiaba en el peluquero, ni en el hombre, sino en alguien que no debía traicionar esa confianza.
Cuando terminé, Celia se miró y rejuveneció diez años: ondas suaves, volumen ligero, mechones aclarados alrededor del rostro.
Dios mío…, murmuró. ¿Soy yo? Hasta me gusto.
Lloró un poco.
Gracias. A veces pienso que quizá todo es culpa mía, que me descuidé, que me puse gruñón. Los hombres, como niños… Usted como mujer, ¿cree que si un hombre se va, siempre es culpa de la esposa?
La miré por el espejo y no tuve una respuesta fácil. Creo que un hombre adulto responde por lo que hace. No es un niño. Nadie lo lleva, él se va. Con sus pies.
Celia asintió y sonrió apenas. Gracias. De verdad, parece usted psicólogo.
Esa noche Javier vino como siempre: tenía doce minutos antes de que el tráfico me retuviese. Entró, intentó abrazarme, pero me aparté.
Siéntate, le ordené. Noté cómo le cambió la expresión.
¿Ocurre algo?
Hoy vino tu esposa, dije tranquilamente. Celia.
Pálido.
¿Sabe algo?
No. Vino para verse bonita para que no te vayas con otra. Me dijo que confía en mí. ¿Lo entiendes?
Se sentó, cabeza baja.
Martín, yo…
No hace falta, le corté. No te voy a dar lecciones. No eres el primer hombre casado que busca consuelo, ni yo soy santo. Sabía en qué me metía. Hoy me entregaron vuestra familia por ambos lados. Ella me confió sus miedos, tú tus sentimientos. No pienso cargar eso conmigo.
Calló.
¿Te irás de casa? pregunté, sin esperanza, solo para confirmar.
Suspiró.
No. No me iré. Soy cobarde. Tenemos hijos, hipotecas, una vida. Lo sabes.
Lo sabía. Por eso me marché. Se lo dije: No podré cortarte el pelo, besarte y mirar a Celia a los ojos cuando vuelva para peinarse. No aguantaré.
¿Así que ya está? ¿Expulsas a un cliente?
No a un cliente. Al hombre incapaz de tomar decisiones.
Le di el abrigo.
Se fue. Sin escándalo, sin beso final. Simplemente, dejó de venir.
Meses después, una clienta me contó que Javier había cambiado de barbero y estaba más serio, pero mejor arreglado.
Celia volvió dos veces. Una antes de su aniversario, otra para una entrevista: decidió independizarse y dejar de depender del dinero ajeno. Me contaba sobre su madre y el móvil, su hijo y el fútbol; sobre su marido, cada vez más raro, pero no bebe. Nunca supo de la amante. Tal vez nunca lo sabrá.
Ya no quiero jugar a ser el destino. Un día me trajo una caja de dulces. Para usted, Martín. Es el único con quien puedo ser frágil. Gracias.
Y entendí que mi trabajo no es hacer bonitas para que él no se vaya. Mi labor es devolverles un poquito de dignidad: con el pelo, con una charla, con una verdad sencilla. Él es responsable de sus actos.
Sí, aún guardo demasiados secretos ajenos. Me doy cuenta de que ya no confío ciegamente en nadie: conozco demasiado bien los engaños.
Pero cuando lavo el pelo de otra mujer que me susurra esto solo se lo digo a usted, le digo:
Sus cabellos son fuertes. Aguantarán esto. Y usted, más.
A veces, basta esa frase para que alguien no se derrumbe en mi butaca.
Moraleja:
Hay profesiones en las que, además de dinero, te pagan con fragmentos de vidas ajenas. Es fácil creerse juez o salvador, pero lo más honesto es ser testigo, sin aprovecharse de la vulnerabilidad ajena. Si asumes ser el de confianza, prepárate para renunciar a tu comodidad para no traicionar a quien te confía más que su cabellosu verdad.
¿Querrías saber la verdad si fueses Celia, o preferirías vivir en el bello desconocimiento? 🪞Un día cualquiera, mientras barría el suelo y ponía agua a calentar, Celia me dejó una nota doblada en la caja de dulces. Apenas una línea, escrita en tinta azul:
A veces, cuando salgo de aquí, siento que puedo respirar. Gracias por darme ese aire, aunque solo sea por un rato.
Me quedé mirando la nota, y entendí: mi pequeño imperio no depende de secretos, ni de dramas silenciosos. Depende de la posibilidad de ser refugio. De ser esa pausa breve y honesta donde las personas se ven, aunque sea por un reflejo fugaz, más fuertes, más vivas, más ellas mismas.
En ese instante, ya no importaba quién sabía qué, ni los pactos rotos, ni el miedo al futuro. Solo importaba que, por hoy, Celiay tantas otrassalían a la Plaza Mayor con el cabello revuelto por el viento y la mirada menos cansada, creyendo que aún quedan lugares donde el silencio, y la dignidad, siguen valiendo algo.
Apagué la luz, cerré la puerta y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí dueño de mis propios secretos. Y también de mi paz.

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MagistrUm
He abierto un salón de belleza donde, durante diez años, he escuchado tantos secretos ajenos que podría destapar la mitad de la ciudad, pero un día vino a verme la esposa de mi amante, quien me dijo que “D…