— Hay que seguir adelante. Huyó y ya está. ¡Si al menos hubiese sido buena persona, pero mira qué po…

Hay que seguir adelante. Se fue y ya está. Encima, ni siquiera era buena persona, ¡vaya elemento! Criaremos al niño nosotras solas, no te preocupes.

A Pablo le criaron su madre y su abuelo. De la abuela sólo conservaba un recuerdo vago, como la fragancia cálida y etérea de sus empanadillas recién horneadas que a veces flotaba por la casa como una nube de sueños en aquel lejano Madrid de su infancia. Sólo tenía cinco años cuando la abuela se diluyó como sombra al atardecer.

De su padre no recordaba ni su sombra: jamás lo había visto. Había huido antes siquiera de que Pablo naciera. Con su madre, Teresa, llegó al pueblo, a aquel rincón polvoriento de Castilla donde el tiempo parecía andar de puntillas.

El hombre se presentó ante los padres de Teresa, pusieron hasta fecha de boda… y, de repente, como si el viento se lo llevara, desapareció.

Nadie fue a buscarle. Teresa lloró mares silenciosos; estaba ya encinta de Pablo, la tristeza flotaba en su vientre como un pez lento.

De lágrimas no se vive, hija sentenció la abuela, voz de viento en la siesta. Lo que se va, se va. Y si ni siquiera era bueno, que se pierda. Al niño lo criaremos entre nosotros, ¿eh? No des vueltas.

Así creció Pablito, con pan y caricias, pero sin caprichos. No echó nada en falta en su niñez, y, sin embargo, nunca se echó a perder. Era aplicado en los estudios, disciplinado como los viejos relojes de la casa.

El abuelo, don Fermín, lo educó con severidad y mimo de olivo centenario; le enseñó a respetar a los mayores, a valorar lo poco que uno tiene entre manos. Pablo sabía hacer de todo; nada se le resistía, como si cada tarea fuera un sueño fácil de alcanzar.

Al borde de los treinta, era el soltero más codiciado de la comarca: apuesto, exitoso, con sueldo generoso en euros y un piso de tres habitaciones en pleno barrio de Salamanca. Todo un partido.

No le faltaban pretendientas; pero él no tenía prisa, y además, siempre estaba ocupado. Los fines de semana desaparecía rumbo al pueblo, para cuidar de su madre, pues el abuelo Fermín ya reposaba en el cementerio, y Teresa se sentía frágil, como una rama en enero.

Aún se manejaba en casa, pero cada vez le costaba más. Pablo le rogaba que se mudara a su piso en Madrid, pero ella siempre negaba con la cabeza.

¿Y qué voy a hacer yo allí? murmuraba Teresa, la voz hecha polvo de sol. Además, ni nietos me das… Prefiero quedarme aquí, en mi rincón, como una gata de tejado.

Vente en verano, mamá. Luego te llevamos a un balneario y después conmigo a la ciudad. Tienes que descansar más, reponerte. Y si te apetece, te vuelves cuando quieras. A lo mejor hasta me vengo yo otra vez al pueblo.

Pero si tú tienes trabajo, hijo mío… ¿Qué harías en el pueblo?

Aquí también vive la gente y trabaja resopló Pablo.

Por entonces, Pablo charlaba con dos chicas, y no sabía a quién elegir, como si soñar dos sueños indecisos a la vez.

La primera era Inés, del pueblo, sencilla y hacendosa, con los ojos mansos de corral.

La segunda era Lucíaguapa, ruidosa como una feria y con pinta de no haber visto un delantal en su vida. Un torbellino de ciudad.

Nunca las invitaba a su piso; quedaban en cafeterías, parquecitos, espacios a medio camino entre sueños y realidad. Pero ya era hora de elegir, y Pablo no conseguía atreverse a dejar de soñar con una de ellas.

Decidió presentarlas a su madre. Teresa volvía del balneario a pasar unos días en Madrid; el descanso le había sentado como una brisa fresca en el rostro.

Primero fue Inés quien visitó el piso. No hubo que convencerla mucho: se le notaba la ilusión en las mejillas sonrojadas. Hasta creyó cumplir un sueño secreto al recorrer con la vista el amplio salón.

Vives muy bien, Pablo, qué espacioso. Elogió, mientras miraba alrededor.

Y a mamá también le gusta, aunque últimamente está delicada.

¿Pero ella vive aquí contigo o sólo de visita? La noté flojilla.

Sí, vive conmigo.

Prefiero decírtelo de primeras: a cuidar de tu madre no me apunto

¡Pero si no te lo he pedido! se asombró Pablo.

Ya, pero Vivir separados es mejor para todos. Tú mismo dijiste que tu madre vive bien en el pueblo, que tiene su casa allí. Pues que siga allí, y nosotros aquí.

Mi madre siempre estará conmigo. Eso no es negociable.

¡Anda! Y yo pensando que eras serio Si cambias de idea, me llamas.

Inés se marchó, dejando al aire olor a café sin terminar.

Esta ha salido corriendo, pensó Pablo. Seguro que Lucía corre aún más. Me quedaré sin novia, como esos sueños que huyen cuando suena el despertador

Decidió ser directo con Lucía:

Pase lo que pase, mi madre vivirá siempre conmigo le soltó, como si confesase un secreto de otro mundo.

No entiendo muy bien por qué me lo dices se extrañó Lucía. Entiendo lo de tu madre, pero

Si viviéramos juntos, ¿qué te parecería? ¿Con mi madre?

Pues me parece bien. ¿Acaso me vas a pedir que nos casemos?

Pablo sonrió.

Tal vez. Ven, te la presento. Así, ahora mismo, ya verás.

¿Le caeré bien? Me da miedo

Tranquila. No tienes por qué temer nada.

Lucía y Teresa conectaron como alondra y primavera. Alguna vez, incluso paseaban juntas por el barrio mientras Pablo trabajaba, una imagen casi irreal en el bullicio de la ciudad. Y un día los tres viajaron al pueblo. Contra todo pronóstico, a la urbana Lucía le fascinó aquello: el silencio, los caminos empedrados y los gatos que cruzaban despacio los patios.

Ya he descansado bastante, hijo. Este verano me quedo aquí dijo Teresa.

Seis meses después, celebraron una boda repleta de pájaros invisibles y risas que se escurrían por las paredes.

Ahora sí que veré nietos, ¡por fin! exclamó Teresa, ojos de luz.

Y los nietos llegaron: primero una niña, luego un niño, como dos burbujas de alegría.

Lucía y Pablo vivían con los hijos en la ciudad: los críos crecían y ya preparaban la Selectividad soñando con la universidad. Teresa acabó mudándose con ellos últimamente; en vacaciones volvían juntos al pueblo, pues ella no se resignaba a abandonar su casita de adobe y geranios.

Perdona, Lucía, igual no es un buen momento… Pero tengo ganas de volver a casa en el pueblo. ¿Vamos? le pidió un día a su nuera.

Claro, esperamos a Pablo y nos vamos en cuanto llegue del trabajo.

Sí, pero salimos enseguida, dile que tengo mucha prisa

En el pueblo reinaba un silencio más denso, como si los propios relojes ya no quisieran medir el tiempo. Cada año quedaba menos gente, como si el lugar se borrase despacio de los mapas.

Ya está, he vuelto para quedarme anunció Teresa una tarde. Vended mi casa en Madrid, aunque no den mucho por ella; me da pena, pero que no se caiga sola

¿Qué tonterías dices, mamá? se asombró Pablo. ¡Si en nada estamos de vuelta!

Eso, eso repitió Lucía. No digas tonterías.

Bueno, bueno, ponme la tetera, quiero un té bien fuerte

Tras el té, Teresa se fue a su cuarto a recostarse un minuto, sólo un respiro

Pablo y Lucía charlaban despacio en la cocina.

Mamá, vámonos ya, que se hace tarde llamó por fin Pablo.

Nadie respondió.

Pablo entró, y el mundo se dobló: su madre ya no estaba.

Teresa fue enterrada bajo los olivos del cementerio del pueblo.

Lo sentía, lo sabía lloraba Lucía. Vino de vuelta, sabía que era la última vez Yo la quise como a una madre.

Me di cuenta, hace tiempo… ¿Qué hacemos ahora con la casa?

Venderla es un dolor

Sí, mejor que siga ahí. Un pedazo del pasado. Que resista por ahora.

Así, decidieron dejar la casa en pie. Para llevar a sus hijos allí, y tal vez algún día, a los nietos Porque los recuerdos también necesitan un techo.

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MagistrUm
— Hay que seguir adelante. Huyó y ya está. ¡Si al menos hubiese sido buena persona, pero mira qué po…