A los doce años tiene una operación. Simple, programada. Una hora de anestesia, maniobras sencillas y alta el mismo día. Lo ideal habría sido acompañarla, pero ella no lo exigía. Sabía que estaba ocupado y que la inauguración de la nueva sucursal estaba a la vuelta de la esquina.
Todo saldrá bien me dijo. Te llamo cuando termine.
Me dio un beso en la mejilla, metió en mi bolso varios paquetitos de comida para los gatos que viven en el sótano y salió de la puerta.
Ajusté mi corbata, me miré una vez más en el espejo del pasillo y, agarrando del escritorio la carpeta del proyecto, me dirigí a la oficina. Ser director general de la empresa que había llevado a la cima del mercado requería entrega total, y yo la daba. Cada minuto libre lo invertía en ella, en su recuperación, y hasta en los gatos del sótano que ella alimentaba sin descanso.
No es que no me gustaran los gatos; simplemente su afición me parecía inútil, sin sentido. Era una manía que había aprendido a tolerar, como se toleran los defectos de la persona que se ama. Por eso, cada intento de llevar a casa a cualquier gatito callejero terminaba con un rotundo rechazo. No veía utilidad alguna, ni beneficio. ¿Y si fuera un gato de raza exótica?, sugería a veces, pensando en el estatus que eso le daría, pero los del sótano ¿qué podía sacarse de ellos? Ella ya estaba cansada de explicarme.
«Operación simple programada nada del otro mundo ¡debí haber ido con ella!»
¿Cuántas veces repité esa frase en una semana? ¿Mil? ¿ diez mil? Cuando corrí, dejando todo atrás, al hospital cuando, aferrado a la bata blanca, temblaba al ver los ojos del médico cuando rompía en mil pedazos el proyecto que me impedía estar a su lado y, arrodillado junto a la cama, presionaba su mano con la frente, pidiéndole que no me abandonara. Pero ella guardó silencio. Nadie de los dos sabía que una operación programada y una hora de anestesia podían convertirse en una coma.
Estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos intentó tranquilizarme el doctor.
¡Ustedes no hacen nada! exploté, pagando su traslado a una habitación privada.
Hay una oportunidad, hay que esperar me aseguró la enfermera.
¡¿Dónde está esa oportunidad?! grité por el pasillo cuando, una semana después, ella aún no despertaba.
Probé con todo. Consultas con los mejores especialistas, música, charlas, flores inundando su habitación. Casi dejé de ir a la oficina para pasar cada minuto libre a su lado. Le rogué, le prometí, la chanté. Me dejé llevar por la urgencia del momento, la besé, recordando la absurda historia de la bella durmiente, y cada día que pasaba caía más en la desesperación, hasta convertirme en una fiera que quería destrozarlo todo.
Una silla volteada, un jarrón hecho trizas, una bolsa arrojada en un arrebato y los coloridos paquetes de comida para gatos esparcidos por el suelo. No llegó a alimentar a los felinos, esos mismos que yo apenas toleraba bajo una fachada de indiferencia.
¡Cabrón! ¡Dios mío, qué cabrón! pensé.
Quisiera retroceder, borrar todo con un gesto. Me arrastraría a sus pies, recogería esos gatos, los llevaría a casa y hasta los amaría, solo por…
El impulso se desvaneció sin aviso. La adrenalina que me mantenía en pie se esfumó y, tras observar el desorden que había creado, con manos temblorosas recogí los paquetes de comida para volver, dentro de diez minutos, a la puerta del sótano.
Se llama felinoterapia, aunque no hay datos de casos semejantes me comentó seriamente el médico mientras observaba cómo ingresaba la sexta transportadora para su paciente.
Entonces seremos los primeros solté entrecortado, liberando a los animales de sus jaulas.
Son sus gatos. ¿Entiende? ¡SON DE ELLA! Daría lo que fuera por decírselo, por simplemente
Avisaré al personal intervino la enfermera.
Gracias, debía haberlo hecho antes ¿Entiende? Yo dije, sin aliento.
Nunca hay que perder la esperanza. Todos aprendemos de los errores, no lo olvide.
No lo olvidaré nunca más.
A los doce años tiene la operación. Simple, programada. Una hora de anestesia, maniobras sencillas y alta el mismo día. Ella no insiste en que yo esté allí, pero no puede evitar sonreír al verme, después de desabrochar mi corbata, ponerse la sexta correa sucesiva sobre los gatos que se escapan y se resisten.
Sus gatos. Los del sótano, revoltosos y llenos de pulgas, bajo cuya carga se despertó el año pasado, sin comprender nada de lo que ocurría.
Siete pares de ojos perforantes, seis suspiros aliviados al borde del oído y un grito triunfal de infinita alegría que jamás olvidaré.
Quizá por eso, ahora que volverá a pasar por lo mismo, no siente miedo. Y al ver al marido exhausto, con pelos de gato adheridos a la camisa, mirándola con reproche, ella amplía la sonrisa.
Después suelta una carcajada ante los curiosos que se detienen a observar al hombre elegantemente vestido, rodeado de seis gatos mestizos, sorprendentemente bien cuidados, cada uno tirando de su delicada correa mientras lanza al aire un indignado «¡Miau!». Un espectáculo no apto para cardiacos.
Operación. Simple. Programada. Una hora de anestesia, maniobras sencillas y alta el mismo día. Y si no dejan de morder todo, la próxima vez se quedarán en casa dice en voz baja un hombre serio sentado en el patio del hospital, rodeado de gatos, con en su regazo un ramo de rosas ligeramente mordisqueado pero aún hermoso.
Miro el reloj, agarro los seis collares de colores, reviso que no estén sueltos y contemplo la ventana de la habitación donde mi esposa despierta tras la operación. Pronto nos permitirán entrar. Entonces podré quejarme de los seis felinos holgazanes que, sin ella, no me hacen caso. Y le diré cuánto la amo, que siempre la amaré, incluso si ella pasa los días en el refugio felino que mi empresa financió hace unos meses.
Un tonto, sí, pero al recordar aquel día en que abrió los ojos, entiendo una y otra vez que, mientras ella esté a mi lado, no hay nada más importante en mi vida que esa tonta suya. Por eso seguiré cumpliendo esos caprichos momentáneos que, de alguna manera, la hacen inmensamente feliz.
Siempre, mientras aún no sea demasiado tarde.





