Antes de la fecha de implantación
En el despacho del tercer piso, cerré la carpeta de entradas y estampé el sello sobre la última solicitud, cuidando de no emborronar la tinta. Sobre la mesa esperaban las pilas ordenadas: ayudas, revisiones, reclamaciones. En el pasillo, ya se formaba la cola habitual; por las voces reconocía a quienes veía cada semana. Me agradaba saber que, en este trabajo, cada papel acababa transformándose en algo real: un subsidio llega a una cuenta, un documento permite viajar gratis en el autobús, una firma evita tener que elegir entre medicinas o la factura de la luz.
Levanté la mirada al reloj. Quedaban cuarenta minutos para la hora del almuerzo, y aún debía cotejar el registro de la semana anterior y responder a dos cartas de la diputación. La fatiga era ya vieja amiga, como esa tensión permanente en los hombros a la que uno se acostumbra. Y, sin embargo, necesitaba el orden: el orden era mi única estrategia para no desbordarme.
La estabilidad en mi vida dependía de los números. La hipoteca del piso de dos habitaciones en las afueras, donde vivía con mi hijo desde el divorcio, los pagos para su matrícula en el instituto. Y, por supuesto, mi madre, que tras el ictus requería medicinas y una cuidadora varias horas al día. Yo no me quejaba, simplemente calculaba. Cada mes era como un informe: entradas, salidas, lo que podía ahorrar y lo que no.
Cuando la secretaria avisó de la reunión, cogí mi libreta y el bolígrafo, apagué el ordenador y cerré el despacho con llave. Ya nos esperaban el jefe del área, dos adjuntos y el asesor legal. Sobre la mesa, una jarra de agua y vasos de plástico. El jefe hablaba siempre con la misma calma, como recitando un parte.
Colegas, tras el cierre del trimestre nos han impuesto un plan de optimización. Para mejorar la eficiencia y redistribuir cargas, a partir del día uno implantamos un nuevo modelo de atención. Parte de las funciones se trasladan al Centro de Servicios Único. Nuestra oficina en la calle Príncipe de Vergara se cierra, la tramitación de ayudas pasa a hacerse en el Ayuntamiento y por vía telemática. Los pagos se harán bajo nuevas condiciones; en algunas ayudas habrá revisión de requisitos.
Anotaba todo, hasta que algunas palabras empezaron a dolerme por dentro. Se cierra la oficina de Príncipe de Vergara: no era una dirección cualquiera. Allí atendíamos a la gente de los barrios más alejados y a los mayores, que para llegar al centro tenían que coger dos autobuses. Revisión de requisitos siempre significaba que alguien se quedaba sin ayuda.
El asesor legal añadió:
Información confidencial. Hasta la notificación oficial, ninguna filtración. Cualquier fuga será considerada falta grave. Recordad los compromisos de confidencialidad.
El jefe me miró un poco más tiempo que a los demás y concluyó:
Habrá decisiones de personal. Quienes soporten la carga y demuestren disciplina tendrán ascenso. No dejamos atrás a nuestra gente.
Aquella frase cayó sobre la mesa como una piedra. Sentí la garganta seca. Un ascenso significaría un sueldo mayor, es decir, menos miedo delante del banco y la farmacia. Pero cierre y revisión sonaban con más fuerza.
Al volver al despacho, vi en el correo interno el mensaje: Borrador de orden. No difundir. Al abrir el adjunto, leí la tabla con fechas, listados y cláusulas. Al final, una línea: A partir de tal día, queda suspendida la atención presencial en y el listado de colectivos con nuevas condiciones de acceso. En un apartado: si no hay solicitud electrónica, la ayuda queda suspendida hasta aportar documentación. Sabía que suspendida equivaldría para muchos a perdida durante uno o dos meses, porque no entenderían el proceso ni tendrían ayuda suficiente para solicitarlo a tiempo.
Solo imprimí la página con la fecha de entrada en vigor y la normativa general, y la guardé enseguida en la carpeta de asuntos internos. La impresora dejó en el papel el calor reciente. Cerré la tapa y me sentí como si eso pudiera esconder el problema.
A la hora del almuerzo, el pasillo estaba lleno. Atendía deprisa pero con atención, mirando a cada persona como si fuera ya una posible pérdida. La pensionista de las manos temblorosas, que traía el justificante de ingresos del hijo. El hombre de mono azul que pedía el reembolso del billete a la consulta médica. La madre con un niño pequeño, reclamando una revisión porque el ex marido ya no pasaba la pensión.
Sabía sus historias y nombres porque, en la administración local, la gente no desaparece: siempre vuelven, con nuevos papeles y las mismas preocupaciones. Y ahora, debía callar mientras la maquinaria cambiaba los nombres en las puertas.
Aquella tarde me quedé hasta tarde. Cuando el edificio ya era un desierto, abrí de nuevo la tabla para comprobar si había alguna salida menos brusca. Consultas móviles, tal vez. Un periodo transitorio. Quizá preparar avisos con tiempo.
Solo encontré: Informar a la población a través de la web oficial y anuncios en el Ayuntamiento. Y nada más. Ni llamadas, ni cartas, ni reuniones en las comunidades. Sentí un escalofrío por la crudeza de la solución.
A la mañana siguiente fui a ver al jefe. No para quejarme, sino por costumbre, con preguntas.
¿Puedo aclarar lo del traslado de servicios? dejé la libreta en el borde de la mesa, sin abrirla. En Príncipe de Vergara, mucha gente ni siquiera tiene móvil con internet. Si suspenden las ayudas por no presentar solicitud electrónica, no les dará tiempo. ¿No sería posible mantener la atención presencial un mes más? ¿O establecer algún día móvil de servicios en los barrios?
Él se frotó la nariz, cansado.
Lo entiendo. Pero no es decisión nuestra. Nos exigen reducir gastos y potenciar el uso online. No podemos tener dos oficinas abiertas. El servicio móvil supondría desplazamientos y gastos No hay presupuesto.
Al menos avisarles con antelación. Los vemos todos los días.
El aviso será oficial. Cuando salga la orden y la nota de prensa. Antes, no. ¿Sabes lo que pasaría? Alarmismo, quejas, llamadas a la delegación. Y aún nos queda cerrar el trimestre.
Sentí cómo la rabia me subía, aunque no solo era contra él. Él también vivía sometido a las cifras, solo que desde arriba.
Si pierden las ayudas, vendrán aquí. Y nos tocará atenderles igual.
Vendrán dijo, resignado. Y les explicaremos. Tendremos instrucciones. Tú eres fuerte, lo resistirás.
Salí sintiendo que habían dejado claro mi sitio. En el pasillo, los compañeros comentaban sus vacaciones y murmuraban que otra vez cambian todo. No dije nada. No porque estuviera de acuerdo, sino porque no sabía cómo decirlo sin hacerme portadora de desgracias.
En casa, calenté la sopa que fácilmente duraba dos días y puse los platos. Mi hijo llegó tarde, cansado, con los cascos al cuello.
Mamá, lo de las prácticas nos lo quieren cambiar. Dicen que quizá nos mandan a otro taller. Si no me aceptan, tendré que buscar por mi cuenta.
Asentí intentando no mostrar lo mucho que me dolía. Bastante tenía él ya. Estudiaba, trabajaba de vez en cuando y aun así a veces me miraba pidiendo que yo fuera el muro inamovible.
Cuando se encerró en su cuarto, llamé a la cuidadora de mi madre para confirmar la hora del día siguiente, y después hablé con mi madre. Ella, con habla pausada, trataba de sonar animosa.
No te olvides de cuidarte tú me dijo. Todo lo llevas a tus espaldas.
Quise responder lo de siempre: No pasa nada, pero de repente dije:
Mamá, si te avisaran de que van a cerrar tu farmacia y que las medicinas solo estarán en el centro, ¿preferirías que te lo dijeran con tiempo?
Por supuesto contestó, sorprendida. Te pediría que me comprasas para todo el mes. O que se lo encargues a la vecina. ¿Por qué lo preguntas?
No respondí. Mi pregunta no era sobre la farmacia.
Por la noche, tumbada, pensé que el secreto profesional en nuestra administración no era para proteger nada, sino para que la gente no reaccionara, no se organizara, no hiciera preguntas incómodas. Y para que los empleados no dudaran.
Al tercer día se presentó una mujer del extrarradio a solicitar la compensación por el cuidado de su marido dependiente. Traía la carpeta de documentos como si solo eso la mantuviera en pie.
Me han dicho que tengo que volver a acreditar todo dijo, bajito. Lo he traído todo. Solo le pido que mire por favor, no quiero que me lo denieguen. Mi marido está encamado, no trabajo, si hay retraso no sé de qué vamos a vivir.
Mientras revisaba sus papeles, notaba que la fecha de cambio martilleaba en mi cabeza. Esta mujer era de las que no iba a hacer una solicitud online. No porque no quisiera, sino porque ni tenía fuerzas ni medios.
¿Tiene algún móvil? ¿Internet?
El móvil, de teclado antiguo. Internet, solo los vecinos, pero apenas les veo. No tengo tiempo.
Asentí y respondí dentro de lo permitido:
Pues vamos a hacer ahora mismo todo por el procedimiento actual. Mire saqué la hoja con la dirección del Ayuntamiento y el horario, la misma que dábamos a todos, si hay cambios, venga cuanto antes, no lo deje.
Ella me dio las gracias como quien agradece humanidad, no un favor. Y tras cerrar la puerta, sentí que venga cuanto antes era casi una burla. Cuanto antes sería cuando ya fuera tarde.
Ese mismo día, en el chat general del área, el asesor legal escribió: Recordatorio: está prohibido difundir borradores de órdenes. Habrá sanciones disciplinarias, incluso despidos. Hubo reacciones y acuses de recibo. Frente a la pantalla, sentí cómo el miedo quería transformarse en una decisión.
Al final del día, tenía en mis manos la lista de direcciones transferidas al centro y los colectivos afectados. Yo no debía imprimirlo, pero saqué una copia para revisar los casos pendientes. El folio, demasiado blanco, quedó en la mesa. Cerré la puerta, sentándome con las manos sobre el borde del escritorio.
Existía una ventana, un margen real de uno o dos días. Hasta la orden oficial faltaban dos, pero la fecha ya estaba en el borrador. Si la gente lo sabía ya, aún podían presentar sus solicitudes a la vieja usanza, reunir justificaciones, pedir ayuda a sus familias. Si lo sabían después, llegarían a la puerta cerrada de Príncipe de Vergara.
Pensé en todas las opciones. Decírselo a los compañeros: se sabría enseguida y la culpable sería yo. Publicarlo en los chats del barrio: rastrearían el origen. Llamar personalmente: tampoco tenía todos los números.
Quedaba una opción: pasar la información, de forma anónima y humilde, a quienes sabían difundirla con discreción. En el barrio había asociaciones de mayores, chats de portales activos y una periodista local que a veces escribía sobre servicios sociales con sensatez. La recordaba de sus visitas para entrevistas pasadas.
Tomé el folio, fotografié solo el fragmento con la fecha y la dirección del cierre, sin nombres ni sellos internos. Abrí el móvil, busqué el contacto de la periodista. Las manos me temblaban: no por emoción, sino por entender que no había marcha atrás.
Tardé varios minutos en redactar:
Comprueba esto, por favor: a partir del día uno se cierra la atención presencial en Príncipe de Vergara; parte de las ayudas se tramitarán solo por internet o en el Ayuntamiento. Se recomienda a los usuarios gestionarlo cuanto antes. Puedes publicarlo sin citar la fuente. El documento es borrador, pero la fecha es fija.
Adjunté la foto, la recorté para que no se vieran marcas.
Antes de darle a enviar, silencié el móvil, como si eso me hiciera invisible. Pulsé, borré inmediatamente la conversación, luego la foto de la galería y de la papelera. Todo mecánico, como el propio trabajo, pero ahora dirigido al instinto de autopreservación.
Rompí el folio en trocitos y lo eché a la bolsa de basura, que bajé al contenedor de la escalera, para no dejar rastro en el despacho. Al regresar, me lavé las manos aunque estuvieran limpias.
Al día siguiente, ya se comentaba en los chats del barrio que iban a cerrar la oficina, e incluso circulaba la foto de un anuncio que aún no existía. En la oficina se respiraba inquietud. Susurros entre colegas, el jefe paseando nervioso, el asesor legal recogiendo declaraciones de inocencia. Yo, tras la pantalla, atendía al público esperando en cualquier momento que me llamaran.
La gente vino, efectivamente. La fila era más larga y nerviosa, pero en algunos ya se veía otro ánimo: venían no a quejarse, sino a llegar a tiempo. Un vecino trajo a su madre y dijo que la había ayudado a inscribirse online pero que prefería entregar también la solicitud en papel. Una madre pidió la lista de documentos en papel, porque en el chat dijeron que luego no se aceptarán. La mujer del extrarradio llamó preguntando si podía presentar la solicitud antes: le dije que sí, y su alivio se notó hasta en la voz.
Por la tarde, el jefe me mandó llamar. Sobre la mesa tenía la impresión de una captura del chat con las mismas palabras que el borrador.
¿Sabes qué es esto? preguntó.
Miré el papel y contesté, sin titubeos:
Lo sé.
Es una filtración. En la diputación ya preguntan. El asesor exige investigación. Tú estuviste en la reunión, tienes acceso al correo. Llevas años aquí. No quiero hacerte daño su voz estaba cargada de agotamiento, más que de amenaza. Pero necesito saber si puedo contar contigo.
Sentí que todo en mi interior se comprimía. Contar para él era callar. Podía mentir y quizá así pasaría inadvertida, pero quedaría enganchada al mismo mecanismo de silencios pequeños y necesarios.
Yo no he difundido documentos afirmé, eligiendo cada palabra. Pero pienso que la gente debía saberlo con antelación. Y si se ha sabido, es porque así debía ser.
El jefe calló largo rato. Luego habló:
¿Entiendes lo que planteas?
Lo entiendo.
Él se reclinó en la silla.
De acuerdo. No haré de esto un caso ejemplar. Pero se retira tu propuesta de ascenso. Y te traslado al archivo. Sin acceso a pagos ni atención directa. Oficialmente, redistrubución de trabajo. En realidad, para evitar tentaciones. ¿Aceptas?
No sentí ni clemencia ni castigo. Era solo la forma de que todos salváramos algo la cara. El archivo suponía menos contacto humano, menos sentido, pero también menos exposición. El sueldo era menor, las primas casi inexistentes. La hipoteca seguiría ahí.
¿Y si no acepto? pregunté.
Entonces, expediente, declaraciones, sanción. Sabes bien cómo va. Y yo tendré que firmar.
Salí con el papel del traslado que debía firmar antes del final del día. Notaba las miradas de los compañeros, pretendían estar ocupados pero todas iban dirigidas a mí. Nadie se atrevió a acercarse. Aquí el peligro real es estar cerca de la persona señalada.
Esa noche, en casa, me quedé mucho rato en la cocina sin encender el televisor. Mi hijo salió a beber agua y al ver mi cara preguntó:
¿Te ha pasado algo?
Se lo resumí, sin demasiados detalles. El traslado, el dinero. Me escuchó en silencio, después dijo:
Tú siempre decías que lo más importante era no tener que avergonzarse de uno mismo.
Sonreí, porque la frase resultó demasiado solemne para nuestro piso, pero también era verdad.
Lo más importante es que podamos vivir repliqué y que yo pueda mirar a la gente a la cara.
Al día siguiente firmé el traslado. La mano me tembló un poco, aunque la rúbrica quedó recta. El archivo olía a papel y polvo, con estanterías y cajas hasta el techo. Me dieron llaves y el listado de tareas: ordenar, archivar, cotejar. Era un trabajo silencioso, casi invisible.
A la semana colgaron el aviso oficial en la oficina de Príncipe de Vergara. Hubo protestas, como siempre, pero bastantes personas lograron solicitar la ayuda a tiempo. Me enteré por una antigua compañera, que sin mirar a los ojos murmuró en el pasillo:
Algunos han llegado a tiempo. Los que siguen los chats. También vinieron abuelas con los nietos. A lo mejor valió la pena.
Asentí y seguí andando, carpeta en mano. Por dentro, sentía un vacío, una especie de alivio amargo. No fui heroína, no salvé a todos, no hundí el sistema. Solo tomé una decisión, por la que ahora pagaba.
Aquella tarde fui a casa de mi madre, llevé medicamentos y comida. Ella me miró durante largo rato y dijo:
Estás mucho más cansada.
Sí reconocí. Pero ahora sé por qué.
Dejé las bolsas en la cocina, me quité el abrigo y fui a lavarme las manos. El agua estaba tibia, y ese fue el único instante del día en que sentí que tenía algo bajo control. Afuera, la ciudad seguía su curso, y para la próxima fecha de cambio en algún papeleo, ya quedaba menos de un mes.







