¿Hasta dónde puedes hablar? ¡Sería mejor que cocinaras para mi hijo! Su suegra nunca perdía la oportunidad de tocar la fibra sensible de Ana.

Lucía se oyó la voz de su suegra. Lucía, que en ese momento chateaba por el móvil, dio un respingo. Ahí sentada, como siempre, gruñó la suegra, de lo más insatisfecha. Lucía siguió a lo suyo, intentando no prestarle atención. Bla, bla, bla, hablar y hablar, y mi hijo sin ni un triste pincho de tortilla preparado, insistió la suegra, que tenía lengua para rato.

Silencio, por favor, susurró Lucía tapando el micrófono. ¡Mírala! Nada, que siga, masculló la señora mientras salía al pasillo. Lucía colgó y soltó un suspiro que podría haber apagado las velas de la Catedral de Burgos. Estaba hasta el moño de todo aquello. El año pasado por fin ella y su marido, Javier, terminaron de pagar la hipoteca. Un pisito de una habitación, pero, oye, con cocina amplia y balcón, que no les iba a quitar nadie. Por fin podían pensar en aumentar la familia. Lucía curraba desde casa, pero Javier sabía que no era precisamente coser y cantar. La que no parecía captar el concepto era su suegra.

Los padres de Javier antes vivían felices en un pueblito de Soria, pero los jóvenes no podían ir a verles tan a menudo como quisieran. Encima el vecino pesado llevaba tiempo metiéndoles en la cabeza que vendieran la casa para ampliar la suya. Total, que se enteraron de que vendían un piso justo al lado del de Lucía y Javier. A pesar de haber jurado sobre la Biblia que nunca viviría en la ciudad, la suegra cambió de idea cual veleta: vendió el caserío y se instaló con su marido en Madrid. El padre de Javier aún trabajaba, pero su madre acababa de jubilarse y, claro, se aburría más que un taxista en Atapuerca. Con Lucía cerca no iba a faltarle distracción, aunque lo suyo tampoco era rascarse la barriga, como pensaba su suegra: Lucía tenía reuniones, entregas y llamadas todo el santo día.

Así que, cada mañana, nada más salir Javier por la puerta, la suegra hacía su aparición estelar en casa de Lucía. Al principio Lucía intentó explicarle que estaba trabajando, hasta Javier lo intentó. Pero nada, no servía de mucho. Pasaron unos días y ahí estaba otra vez, que ni el cartero era tan puntual. Un día, los jóvenes tuvieron la brillante idea de no abrirle la puerta. Tocó el timbre como si le fuera la vida y cuando no abrieron, comenzó a gritar que iba a llamar a la policía. Al final, Lucía se rindió y le abrió. Ni ella ni Javier sabían ya qué hacer para librarse de la invasión materna, pero la situación no podía seguir así eternamente. Un día la suegra incluso se ofendió y juró no venir más… Pero la promesa duró lo que un caramelo a la puerta de un colegio.

Al día siguiente, reapareció, sonriente y dispuesta a repartir consejos como si fueran rosquillas. No lo aguanto más, confesó Lucía a su marido, ni caso te hace a ti, imagínate a mí. Ya, lo sé. ¿Pero qué quieres que haga? Ellos eligieron vender la casa y mudarse. ¿Que tal si buscamos algo que la entretenga? ¿Como qué? Si hasta he mirado cursos de sevillanas y manualidades El silencio flotó entre ambos más denso que el gazpacho.

¿Cuánto tenemos ahorrado?, soltó de repente Javier. Déjame que mire. ¿Por qué?, preguntó Lucía. A ver, estamos en un piso de una habitación, y si tenemos un peque, necesitamos más espacio. ¿Y si buscamos algo más grande? ¿En otro barrio? Sí, mujer, es el momento. ¡Ni me lo digas dos veces! y Lucía se le colgó al cuello, dando saltitos en círculos por el salón. Al día siguiente, estaba tan feliz embalando cajas que ni la vista de su suegra lograba aguarle la fiesta. Dos semanas después, el notición cayó como un jarro de agua fría en el grupo de WhatsApp familiar.

¿Pero cómo que os vais? exclamó la suegra, dejándose caer teatralmente en una silla. ¡Ay, mis nietos! ¿Dónde dormirán? lloriqueó el suegro, que tampoco quería perder la costumbre de protestar. Vamos, mamá, no sea para tanto. Nos vamos a otro barrio, que ni siquiera es otra ciudad. Aquí tienes mil vecinos de tu edad. ¡Y vendremos a veros!, prometió Javier, dándole palmaditas en la mano.

Extrañamente, la suegra se hizo amiga de medio bloque en tiempo récord, y hasta organizó el club del bingo los miércoles. Y los jóvenes, por fin, pudieron respirar y comenzar una nueva etapa sin sobresaltos familiares antes del café de la mañana.

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MagistrUm
¿Hasta dónde puedes hablar? ¡Sería mejor que cocinaras para mi hijo! Su suegra nunca perdía la oportunidad de tocar la fibra sensible de Ana.