Hasta aquí hemos llegado: la visita que lo cambió todo en una familia española – Natalia, la nuera criticada, la suegra implacable y el día en que por fin se rompió el silencio

Se han relajado del todo

A ver, Ángela, hija, ¿tú ya ni pasas la aspiradora o qué? Mira qué cantidad de polvo, si ya me lloran los ojos. Observa, que el suelo ya parece una alfombra…

Ángela apretó los puños bajo la mesa mientras observaba a Mercedes Salvatierra recorrer la casa con la mirada de inspectora de sanidad. Su suegra se detenía en cada esquina, inspeccionaba las estanterías con desconfianza, torcía la nariz ante el polvo imaginario en el alféizar y se llevaba las manos a la cabeza con los juguetes de los niños repartidos por el salón. Después de tres años de visitas así, cada llegada de Mercedes era para Ángela una versión doméstica del Camino de Santiago, pero sin parar en bares.

Limpié ayer, Mercedes, pasé la aspiradora y quité el polvo intentó responder con calma Ángela. Es que los niños han jugado esta mañana.

Pues hay que limpiar cuando toca, no cuando a una le viene bien. Yo, a tu edad…

Mercedes se dejó caer en el sillón con el porte de una duquesa condescendiente. Pasó los dedos por el reposabrazos, buscando motas de polvo con la maña de un ninja.

En mis tiempos los suelos relucían, más brillantes que los escaparates de El Corte Inglés en Rebajas. Los niños siempre impecables, ni una arruga en el uniforme. ¡Y el orden! Mi marido (Dios lo tenga en su gloria) podía hacer una revisión sorpresa en cualquier momento y no encontraba ni un pelillo de gato. Eso sí que era vida.

Ángela escuchaba apretando los dientes. Esta historia sobre los suelos resplandecientes debía de llevarla oída unas cincuenta veces. O cien, ya perdió la cuenta.

¿Y qué les has hecho de comer hoy a los niños?
Sopa de verduras.
¿Está en la nevera? Mercedes ya se disponía a inspeccionar la cocina. Trae, que le eche un ojo.

Sacó la cazuela, olisqueó, la probó con cara de quien se juega la vida como catadora real y torció el gesto como si hubiera sorbido lejía.

Te has pasado con la sal. Y demasiada zanahoria. Los niños no son conejos, hija, ¿para qué les pones tanta zanahoria? Yo a Pedro, de pequeño, le hacía las sopas diferentes. Siempre se relamía, hasta se repetía.

Ángela callaba. No valía la pena debatir.

¿Y para desayunar, qué les das? ¿Otra vez esos cereales de supermercado? Te lo tengo dicho: solo avena auténtica. Mira a Teresa, la mujer de Eduardo, todas las noches deja la avena en remojo, y por la mañana se la cuece recién hecha. A sus niños ni un resfriado les da.

Otra vez Teresa. Teresa la irreprochable, Teresa la reina del por la noche remojo y por la mañana cocino.

Mercedes, los copos de avena también son un producto natural.
¡Ay, no me hagas reír! Todo ese fast food vuestro… ¡En mis tiempos ni existía la palabra fast food! Todo lo hacía una con cariño, tres horas dándole a la cuchara.

Mercedes pasó a inspeccionar el cuarto de los niños.

¿Y a qué hora duermen? Te llamé ayer a las nueve y Lucía aún estaba despierta.
Normalmente a las nueve y media.
Tardísimo. El horario de los niños es sagrado. Pedro a las ocho ya dormía. Y sin rechistar ni hacer muecas. Porque había disciplina. Vosotros, claro, con tantas ñoñerías…

Ángela se mordió el labio. Tenía ganas de decir que los tiempos cambian, que los psicólogos ven las cosas de otra manera, que sus niños no son Pedro en el siglo pasado. Pero ¿para qué? Mercedes solo se escuchaba a sí misma.

Y ahora estos talleres modernos… prosiguió Mercedes, viendo los dibujos pegados en la pared. Manualidades, pintura… tonterías todo. Yo llevaba a Pedro a natación y a ajedrez. Eso sí es formación. Lo de pintar, se puede hacer en casa, no hace falta gastarse los euros.
A Lucía le gusta la pintura. Tiene talento.
¿Talento? bufó Mercedes. Eso te lo dicen para sacarte el dinero, encanto. ¿Talento con cuatro años?

Se sentó otra vez, cruzando las manos en el regazo.

Yo te lo digo, Ángela, os habéis relajado todas las madres modernas. Solo sabéis del móvil y de internet. La casa hecha un desastre, los niños locos, los maridos muertos de hambre. Teresa, la mujer de Eduardo, sí que sabe: trabaja, la casa impecable, tres hijos y todo perfecto. Y tú, con dos, y ya no llegas a nada.

Otra vez Teresa. Santa Teresa y su halo de sábanas almidonadas.

Yo también trabajo, Mercedes.
Lo sé, lo sé. Sentada delante del ordenador todo el día, moviendo papeles. ¿Eso es trabajar? ¡Yo, a tu edad…! Mercedes suspiró nostálgica tres niños, la huerta, la casa… y a mi suegra la trataba con respeto, nunca contestaba.

Ángela intentó explicar que su trabajo requería concentración, que gestionaba proyectos importantes, que Pero todas sus palabras caían ante la condescendiente sonrisa de Mercedes. Movía la cabeza como quien se resigna a la ignorancia de su pupila.

Cada visita era un examen cuya nota Ángela ya sabía de antemano: suspenso. Nada valía; los trapos estaban mal doblados, el té demasiado caliente, las plantas pochas, las cortinas necesitaban otro lavado. Tres años de críticas, y Ángela seguía aguantando, básicamente por Pedro y por la paz familiar.

Ese día, Mercedes venía especialmente inspirada. Fue directa a la cocina, chasqueó la lengua viendo una sartén sin lavar.

Mateo, hijo de Ángela, con cuatro años y mucha personalidad, protestaba con la cuchara parada en la sopa.

¡No quiero! ¡No me gusta!
¡¿Ves?! celebró Mercedes, casi aplaudiendo. Te lo decía: el niño no se come la sopa porque no sabes cocinar. Escucha, te explico cómo se hace una buena sopa para niños. Se coge un pollo de corral, nada de esos del súper, y…

Algo se rompió. En silencio, sin ruido, pero Ángela lo sintió claramente, como si esa cuerda invisible que hasta entonces había aguantado tantas veces, se partiera finalmente.

Años de desaires, comparaciones con la inmaculada Teresa, sugerencias de inutilidad, gestos, suspiros, reprobaciones… todo burbujeó hasta desbordarse. Esta vez, sin marcha atrás.

Ángela se levantó despacio de la mesa. Miró a su suegra con una serenidad nueva, dura y fría.

Mercedes, ¿usted se mudó a casa de su marido o fue él quien vino a la suya?

La suegra se quedó con la cuchara en alto, como si intentara recordar cómo se respiraba.

¿Cómo?
Que si, al casarse, su marido fue a su casa o usted fue a la de él.
A… a la de mi marido, claro. Pero ¿a qué viene…?
Yo traje a Pedro aquí. A este piso. De tres habitaciones. Que compré con mi dinero. Ganado, por cierto, moviendo papeles en el ordenador, que igual le parecen gran cosa.

La cara de Mercedes empezó a perder el color.

Así que aquí, Mercedes, decido yo qué sopa se come, a qué hora se va uno a la cama y a qué talleres van los niños continuó Ángela, con tono tranquilo. Y, por cierto, ¿cuánto ganaba usted? ¿O se pasó la vida dependiendo de su marido y llevando la huerta?

Mercedes pasó del blanco al burdeos en dos segundos.

¿Pero tú quién te crees? ¡¿Cómo te atreves a faltarme al respeto?!
No la falto, pregunto. Para que sepa: mi sueldo es de tres mil euros. El doble que el de Pedro. Así que la próxima vez que quiera darme lecciones, acuérdese.

El silencio en la cocina se hizo tan denso que Mateo paró de remover la sopa y miró primero a su madre, luego a su abuela, como siguiendo el tenis.

Se oyó la puerta de entrada. Pedro llegó de trabajar y se quedó en el umbral, detectando que el ambiente estaba más tenso que una reunión de la comunidad de vecinos.

¡Pedro! Mercedes corrió hacia él. ¡Pedro, hijo, lo que me ha dicho tu mujer! ¡Me ha humillado! ¡Me ha dejado por los suelos!
Espera Pedro alzó la mano. Un momento. Ángela, ¿qué ha pasado?

Ángela, cansada, lo explicó bajito. Tres años de menosprecios, críticas a todo, comparaciones eternas con Teresa, intromisiones constantes en la crianza de los niños.

Pedro escuchó serio. Ángela vio cómo cambiaba su expresión: de perplejo a entenderlo, de entenderlo a tener vergüenza. Frunció la mandíbula, se masajeó el entrecejo como quien acaba de descubrir que se ha olvidado de comprarse el décimo del Gordo.

Pedro, tú no podrás creer lo que dice esta… esta… Mercedes buscaba una palabra, desesperada. ¡Que soy tu madre! ¡Que te crie, te cuidé, no dormía por ti!
Mamá Pedro la miró, y Ángela se sorprendió de no ver la dulzura habitual en sus ojos. ¿De verdad llevas tres años machacando a Ángela?
¿Yo? ¿Machacando? ¡Solo le he dado consejos! Ella…
Consejos asintió Pedro, muy despacio. Sobre la sopa, los talleres, la hora de dormir, el polvo… Siempre igual, ¿no?

Mercedes abrió la boca, pero Pedro no le dejó continuar.

Lo notaba, sí. Notaba que Ángela después de tus visitas no era la misma. Pensaba que estaba cansada. Pero ahora veo que lo que estaba era aguantando todo esto. Para que tú y yo no nos peleáramos.
¡Pedro!
Mamá suspiró Pedro. Si sigues metiéndote con mi mujer, te vas olvidando de venir a esta casa.

Mercedes se quedó rígida, aferrada al borde de la mesa como la última náufraga.

¿Eso me dices? ¿Por esta? ¿Por esta…?
Por mi mujer corrigió Pedro. La madre de mis hijos. La que compró esta casa. Y que tres años ha estado callada para no crear mal ambiente. Así que sí, mamá. Lo digo en serio.

Durante varios segundos Mercedes lo contempló como si no lo reconociese. Luego agarró el bolso, fue hasta la puerta y, antes de salir, se giró con los labios temblorosos de la rabia, pero algo en la cara de Pedro la hizo callar. Solo agitó la mano, como despidiéndose, o renunciando, y desapareció escaleras abajo.

En el silencio se oía el tic-tac del reloj de la cocina y el cuchareo de Mateo, que ya ni se acordaba de la sopa.

Pedro abrazó a Ángela, atrayéndola. Ella apoyó la frente en su pecho y, por primera vez en años, notó los hombros tan libres que casi flotaban.

¿Por qué has callado tanto tiempo? Pedro le acariciaba la espalda. Tres años, Ángela. Tres años con todo esto.
No quería que discutierais. Es tu madre.
¡Ay, qué tonta eres! La apretó más. Tú eres mi familia. Tú y los niños. Y mi madre, bueno ya aprenderá. O no verá a los nietos.

Ángela miró a Pedro. Le entró la risa. Por primera vez en tres años se sintió ligera, como si el aire fuese nuevo.

¡Mamá, mamá! irrumpió Mateo. ¿Ya se ha ido la abuela? ¿Entonces la sopa ya no hay que comerla?

Pedro y Ángela se miraron y rompieron a reír. Alto, juntos, como hacía mil años.

La sopa hoy sí hay que comerla, Mateo dijo Ángela. Pero mañana hago de la que tú quieras.

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MagistrUm
Hasta aquí hemos llegado: la visita que lo cambió todo en una familia española – Natalia, la nuera criticada, la suegra implacable y el día en que por fin se rompió el silencio