Harto de mi suegra y mi mujer Aquella noche vino a verme el hombre más callado y sufrido del pueblo, Esteban Ibáñez. Sabéis, de esos hombres que parecen hechos de otra pasta. Espalda recta, manos fuertes y curtidas, y en la mirada la calma profunda de un lago entre pinos. Nunca una palabra de más, nunca una queja. Que si hay que arreglar el tejado o preparar leña para una vecina vieja, allí está Esteban. Lo hace en silencio, asiente y desaparece. Pero esa noche se presentó… Dios mío, le estoy viendo aún. La puerta del consultorio se abrió tan despacio que parecía pasar sólo una ráfaga de otoño. En el umbral, con su gorra entre las manos, sin mirarme, la vista clavada en el suelo. Abrigo empapado de la lluvia, botas llenas de barro. Y me pareció tan encogido, tan vencido, que hasta el corazón se me encogió de pena. —Pasa, Esteban, ¿qué haces ahí parado? —le dije suave, poniendo el agua a calentar para un té, porque sé que hay males que sólo se curan con paciencia y algo calentito más que con pastillas. Entró, se sentó en la camilla, cabizbajo y callado. Sólo se oía el tic-tac del reloj, marcando la gravedad de su silencio, más duro que cualquier grito. Le puse un vaso de té en las manos, que tenía heladas. Abrazó el vaso, lo acercó a los labios, pero le temblaban tanto las manos que derramaba el té. Vi entonces cómo le caía por la mejilla una lágrima, única, silenciosa y pesada como el plomo. Y después, otra. No lloriqueaba ni gemía. Se le escapaban las lágrimas mudas, perdiéndose en la barba. —Me voy, Simona —susurró tan bajo que casi no lo oí—. Ya no puedo más. No me quedan fuerzas. Me senté a su lado, le tapé la mano con la mía, áspera. Se sobresaltó, pero no se apartó. —¿De quién te vas? —De mis mujeres —gruñó—. De mi mujer, de Olalla… y de mi suegra. Me tienen harto, Simona. No puedo más. Como dos águilas. Siempre todo mal: si guiso, lo he salado; si clavo una balda, torcida; si remuevo la tierra, poco honda. Día tras día, año tras año. Ni una palabra buena, ni una mirada cálida. Sólo reproches, uno tras otro. Se calló, bebió un sorbo. —No soy nadie especial, Simona, sé que la vida no es fácil. Olalla en el campo todo el día, agotada y de mal humor. La suegra, Carmen, con las piernas malas y mala leche por la impotencia. Lo entiendo. Pero siempre callo, pringo más que nadie en casa, me levanto el primero, caliento el hogar, traigo agua, cuido los animales, y después al trabajo. Vuelvo ya de noche y siempre hay un pero. Y si digo algo, gritos tres días. Si callo, peor: “¿Por qué callas, tienes algo entre manos?”. El alma, Simona, no es de piedra. Se cansa también. Clavaba la vista en el fuego y hablaba, como si se hubiera roto una presa. Que si ni le hablan a veces, que murmuran a sus espaldas, que le esconden la mermelada buena. Le regaló a Olalla un buen pañuelo por su santo y lo tiró a un cajón: “Mejor te compras botas, que vas hecho un desastre”. Le miraba, grande y fuerte, capaz de pelear con un toro, y ahí estaba derrotado, llorando en silencio. Me partía el alma. —Esa casa la levanté yo mismo, Simona —susurró—. Quise que fuera un nido, una familia. Pero ha sido una jaula, con pájaros enfadados dentro. Hoy la suegra otra vez: “Esa puerta chirría, no dejas dormir. No eres ni hombre”. Cogí el hacha, iba a tensar la cuerda… Y mirando la rama del manzano, una idea negra… Me he librado por poco. He metido un mendrugo en la mochila y he venido. Dormiré donde sea y mañana, a la estación, a donde sea. Que se apañen sin mí. Igual entonces me echan de menos. Ya cuando sea tarde. Ahí supe que no era sólo cansancio, sino el grito de un alma al borde del abismo. No podía dejarle marchar. —Vamos a ver, Ibáñez —le solté, firme—. Se acabó el llanto. Nada de cobardías. ¿Has pensado en ellas? ¿Tirará Olalla sola con todo? ¿Qué hace Carmen, coja y vieja, sin ti? Tú respondes por ellas. —¿Y yo? —se rió amargo—. ¿Quién responde por mí? ¿Quién me cuida? —Yo te cuido —le aseguré—. Y te voy a curar. Tienes el alma gastada. Y sólo hay un remedio. Escúchame y hazme caso. Ahora vuelves a casa, sin decir ni media. Aguanta, no discutas y te tumbas en la cama mirando a la pared. Mañana me tendrás allí bien pronto. Y no te vas a ningún lado. ¿Me entiendes? Dudó, pero en su mirada chispeó una pizca de esperanza. Acabó el té, me asintió y salió en la fría oscuridad. Yo me quedé pensando: ¿qué médico soy si la medicina más potente —la palabra amable— nunca nos la damos? Apenas amaneció, ya llamaba yo a su casa. Olalla abrió, cara de mosqueo y recién levantada. —¿Qué quieres tan temprano, Simona? —Vengo a atender a Esteban —le solté, y me metí en la cocina. Hacía frío e incomodidad en el ambiente. Carmen sentada, tapada con un chal, mirándome mal. Esteban tumbado, tal como le mandé. —No ves, fuerte como un toro pero ahí tumbado —bufó la suegra—. Hay que trabajar, no vaguear. Me acerqué a Esteban, le palpé la frente, le ausculté como quien sabe que da igual. Sus ojos quietos, sólo los músculos tensos de tanto aguantar. Me irguí. Y a las dos mujeres les hablé sin sonreír, muy seria: —Tenéis un problema grave, muchachas. Muy grave. El corazón de Esteban está al límite, como una cuerda tensa a punto de romperse. Lo habéis exprimido con vuestros reproches. ¿Pensabais que era de piedra? Pues tiene alma y ahora le duele tanto, que de verdad peligra. Prescribo reposo total: ni un encargo, nada de quejas. Mucho mimo, silencio y cuidados, que está delicado como un jarrón. Si no, puede acabar en el hospital, y de ahí no se sale siempre. Vi el miedo en sus miradas. Porque, por mucho que rajen, él era su escudo y sin él se veían perdidas. La idea de perder esa fuerza silenciosa… les heló la sangre. Olalla, en silencio, le tocó el hombro. Carmen apretó los labios, los ojos buscando refugio. Me marché, dejando la semilla en su conciencia. Esteban luego me contó que los días siguientes reinaron el silencio y el andar de puntillas. Olalla le subía caldo sin decir nada. Carmen le santiguaba de paso. Tosco y raro, pero ya no discutían. Poco a poco, fue cambiando el ambiente. Una mañana Esteban despertó oliendo a manzanas asadas, su manjar favorito desde niño. Olalla, en el taburete, pelando fruta. —Come, Esteban —le dijo bajito—. Está caliente. Por primera vez en años sintió ternura, aunque torpe, de su mujer. Unos días después Carmen le trajo calcetines de lana recién tejidos: —Que no se te enfríen los pies, que por la ventana se cuela el aire —farfulló, sin enfado esta vez. Esteban miraba al techo y, por fin, sentía que era más que una bestia de carga; alguien a quien no querían perder. Llegó la semana y volví a verles; la casa olía a pan y a calor. Esteban a la mesa, pálido pero vivo. Olalla le sirviendo leche, Carmen acercando empanada. Había aún quejas y resoplidos, pero el veneno desapareció. Me sonrió Esteban, y ese raro agradecimiento suyo llenó la casa de luz. Olalla titubeó y le sonrió también. Carmen, vuelta la cara al cristal, secó una lágrima. No les receté nada más. Se curaron juntos, con pequeños gestos. Siguieron discutiendo a veces, pero todo fue cambiando. Y ahora, al pasar por su portal, les veo sentados al atardecer: Esteban con su navaja, ellas pelando pipas y charlando bajito. Entonces pienso: ¿no es la felicidad esto? El olor a bizcocho, los calcetines calientes, y la certeza de que uno es importante en su casa. Así que, decidme, ¿creéis que hace falta pasar miedo para empezar a valorar lo que de verdad importa?

Cansado de la suegra y la esposa

Aquella noche, en mi consulta del pueblo, se presentó el hombre más silencioso y sufrido de toda la comarca: Esteban Ruiz. Hay personas, pensaba yo soñando, con las que podrían fabricar clavos eternos: espalda recta, manos como azadas curtidas, la mirada mansa y honda como un lago en la sierra segoviana. Jamás una palabra de más, nunca una queja. Lo mismo levanta la pared de un vecino, que apila leña para una anciana, todo en callado silencio, asentando apenas con la cabeza antes de marcharse.

Pero esa vez Dios mío, aún lo veo: la puerta de mi botiquín se abrió con un susurro; parecía que no era una persona, sino la brisa húmeda de noviembre. Esteban quedó en el umbral, retorciendo entre manos su boina de pana, sin atreverse a mirarme, estudiando sólo el suelo gastado. El gabán, empapado, y el barro de la calle aún adherido a sus botas. Parecía, en ese instante, doblegado, casi roto por dentro, y mi corazón se me cayó a los pies.

Pasa, Esteban, ¿qué haces plantado ahí? le dije suavemente, mientras ponía la tetera de hierro sobre la cocina de leña. Ya sé yo que hay males que sólo se sanan con infusión de tomillo.

Entró y se sentó en el borde de la camilla, sin alzar la mirada. En la estancia sólo se oía el tic-tac de un reloj de pared, midiendo el peso de su mutismo: uno, dos, uno, dos… Ese silencio apretaba más que cualquier grito, llenando el aire como una niebla espesa. Le puse un vaso de té caliente en las manos, que temblaban, frías como el hierro mojado.

Sujeto el vaso, lo acercó a los labios y las manos le titilaban tanto que el líquido se derramaba. Y vi rodar por su mejilla curtida una sola lágrima, varonil, densa como plomo fundido. Luego otra. No sollozó, no aulló. Simplemente, estaba allí, y las lágrimas caían despacio, perdiéndose entre la barba.

Me voy, Encarnación susurró tan bajito que estuve a punto de no oírlo. Ya está. No puedo más. No me quedan fuerzas.

Me senté a su lado, cubrí su mano con la mía, áspera.

¿Y de quién te vas, Esteban?

De mis mujeres resolló de nuevo, casi rugiendo. De mi esposa, de Carmen de mi suegra. Me han devorado, Encarnación. Me han dejado sin luz. Son como dos cornejas Haga lo que haga, siempre está mal. Si guiso, mientras Carmen está en la granja, siempre te pasas con la sal, las patatas mal cortadas. Si arreglo la estantería, torcida está, todos los hombres menos tú valen lo suyo. Si labro el huerto, demasiado superficial, has dejado hierbajos. Día tras día, año tras año. Ni una palabra amable. Ni un gesto cálido. Sólo una urticaria constante, como picadura de ortiga.

Calló, sorbió un poco de té.

No soy un hidalgo, Encarnación, entiendo que la vida es dura. Carmen, todo el día en la granja, agotada, furiosa. La suegra, Rosario Martínez, las piernas siempre doloridas, sentada desde el alba, mirada de loba por la amargura. Comprendo. Aguanto. Me levanto, enciendo la lumbre, lleno cubos, cuido los animales. Trabajo fuera. Y cuando vuelvo, nada les parece bien. Una palabra fuera de tono y tengo bronca para tres jornadas. Y si me callo, es peor. ¿Qué te pasa, estás mudo? ¿O estás tramando algo? El alma, Encarnación, aunque sea de hierro se fatiga.

Fijaba la mirada en la llamita del brasero y hablaba como un manantial desbocado. Confesó largos silencios de semanas, tratos de sombra, cómo cuchicheaban tras las puertas. Cómo le escondían el tarro de miel casera porque es solo para ellas. Como aquel cumpleaños, cuando regaló a Carmen un pañuelo de lana fina con la paga extra, y ella lo tiró a un arcón: Mejor unos zapatos para ti, que das vergüenza. Vi ante mí aquel hombre, grande, fuerte, capaz de desafiar a un oso con las manos, convertido en un cachorro apaleado, llorando callado y manso. Sentí el pecho tan triste, tan helado como si hubiera caído una nevada adentro.

Yo este hogar lo levanté yo solo, Encarnación musitó. Cada tablón lo recuerdo. Pensé que sería un nido. Y fue jaula. Y las aves dentro, una pelea amarga. Hoy, otra vez mi suegra desde el alba: La puerta chirría, ni dormir dejas. No eres hombre, eres un error. Cogí el hacha pensé en arreglar el gozne pero mis ojos iban posándose en la rama del viejo manzano un pensamiento negro brotó. Me sacudí, llené una talega, metí pan y vine a verte. Esta noche dormiré en cualquier pajar. Mañana, a la estación. Donde el destino quiera. Que vivan solas. Tal vez así, me echen de menos. Cuando ya sea tarde.

Luego comprendí lo grave de aquella sombra: no era simplemente cansancio, era un grito desde el borde del abismo. No podía dejarle ir.

Bueno, Ruiz le solté con voz firme. ¡Y esas lágrimas, límpiatelas, que no son de hombre! ¿Piensas largarte así? ¿Y ellas qué, Esteban? ¿Carmen podrá sola? ¿Rosario, impedida, a quién tendrá? Eres responsable de tus mujeres.

¿Y quién es responsable de mí, Encarnación? se encogió con amargura. ¿Quién me cuida?

Te cuido yo afirmé rotunda. Y te pienso curar. Tienes un mal grave: agotamiento del alma. Solo conozco un remedio. Hazme caso al pie de la letra: vete ahora mismo a casa. Mudo. Si te reprochan, calla. Sin mirarlas. Túmbate y mira a la pared. Mañana yo iré a veros. Y tú, ni estación ni nada. ¿Me has oído?

Lo vi dudar, pero una chispa de esperanza se encendió en sus ojos. Acabó el té, se incorporó, y abandonó la consulta sin mirar atrás, perdiéndose en la neblina de noviembre. Yo me quedé largo rato junto a la lumbre, preguntándome de qué sirve mi oficio, si lo que mejor cura es simplemente una palabra dada a tiempo.

Al alba ya golpeaba levemente la cancela de su casa. Carmen abrió, el ceño fruncido, aún con las huellas del insomnio en el rostro.

¿Qué quiere tan temprano, Encarnación?

A ver a Esteban he venido repliqué tranquila, entrando a la casa.

El aire gélido, apenas olor a pan. Rosario en el banco, encogida en un mantón, ojos duros bajo el flequillo. Esteban, tal como ordené, en la cama, cara a la pared.

Para qué mirarlo, si está sano como un roble. Ahí lo tienes, holgazaneando masculló la suegra. Haber si se pone a trabajar.

Me acerqué, posando la mano en la frente de Esteban, fingiendo auscultarle, aunque ya lo sabía todo. Miré sus ojos, meciéndose en la calma como ratón asustado, mientras los músculos de su mandíbula se tensaban.

Me incorporé y encaré a las dos mujeres, seria, sin sonrisa.

Muy mal van, chicas anuncié. Terriblemente mal. El corazón de vuestro Esteban es una cuerda tensa a punto de partirse. Está agotado. Un poco más y se quiebra. Y entonces se quedarán ustedes solas.

Se miraron entre sí, con susto verdadero en los ojos de Carmen, y desconfianza pétrea en los de Rosario.

No diga tonterías, Encarnación bufó la suegra. Si ayer mismo apiló leña como un toro.

Eso fue ayer corté. Hoy está roto. Lo han destrozado con quejas, con enfado y reproches. ¿Se pensaban que era una estatua? Tiene alma, y le duele, le duele tanto que sólo puede acostarse. El remedio es uno: reposo absoluto. Ni una tarea, ni un susurro fuera de tono. Solo silencio, cuidado, ternura. Trátenlo como a un vaso de cristal. Si no, no respondo. Quizás haya que llevarlo a Valladolid, al hospital, y de allí algunos no regresan.

Vi el temor viscoso calar en sus pupilas. Serían duras, pero Esteban era su piedra angular, la fuerza callada a la que se aferraban. La idea de su ausencia las dejó heladas.

Carmen se acercó, tímida, a la cama y tocó el hombro de su marido. Rosario mordió los labios, los ojos saltando de un lado a otro, buscando una grieta por la que escapar.

Me fui, dejándolas con el peso de sus conciencias, y el miedo. Esperé.

Cuentan, en los primeros días, que la casa se llenó de una quietud eléctrica. Paseaban de puntillas, hablaban quedo. Carmen le llevó caldo en un tazón y salía sin decir palabra. Rosario, pasando, le santiguaba la espalda. No era confortable ni natural, pero los gritos cesaron.

Hasta que el hielo empezó a fundirse. Una mañana, Esteban despertó al olor inconfundible de manzanas asadas con canela, su postre de infancia. Se volvió: Carmen, sentada en un taburete, pelaba una manzana. Al verlo despierto, se sobresaltó.

Come, Esteban musitó. Está calentita.

Por primera vez en años, no encontró ira en sus ojos, sino una brizna de cariño, torpe pero verdadera.

Al día siguiente, Rosario entró y le dejó en la cama unos calcetines gruesos de lana. Los había tejido ella misma.

Que no cojas frío en los pies rezongó, pero su tono era blando. Desde la ventana entra corriente.

Esteban miró el techo, sintiéndose, por primera vez en muchos años, alguien y no una sombra. Sentía que lo necesitaban, no como herramienta, sino como persona. Que temían perderlo.

Pasó una semana. Volví a pasar por su puerta, y la casa se sentía otra: tibia, olía a pan recién horneado. Esteban, aún pálido, desayunaba en la mesa. Carmen llenaba su taza de leche, Rosario empujaba el plato con bizcochos. No eran una postal idílica, no. Pero la tensión helada había desaparecido. Era otro aire.

Esteban me miró y, en sus ojos, brillaba una gratitud serena. Sonrió y esa sonrisa verdadera iluminó la estancia. Carmen, al notar su alegría, le devolvió un amago de sonrisa. Rosario se giró disimulando, pero la vi enjugar una lágrima con la esquina del delantal.

No volví a curarles. Aprendieron a ser medicina unos de otros. No sería familia de libro; Rosario aún rezongaba y Carmen contestaba cuando el trabajo apretaba. Pero, tras el gruñido, Rosario preparaba té con frambuesa para Esteban, y Carmen, después de un chispazo, le acariciaba el hombro. Aprendieron a ver el ser, no el defecto. Al cansado, al propio, al querido.

A veces, al pasar por su casa, sueño verlos juntos en el banco al atardecer: Esteban tallando madera, las mujeres pelando pipas y cuchicheando bajo las estrellas. Y siento un calor de pueblo, familiar, en el pecho. Entonces entiendo: la auténtica dicha no está en palabras rimbombantes ni en regalos de escudo dorado, sino en la tarde tranquila, el aroma del bizcocho, los calcetines tejidos, y la certeza de estar en casa. De ser querido.

¿Y vosotros, amigos soñados, qué pensáis? ¿Sana mejor una amarga pastilla o una palabra sencilla y tierna, lanzada justo a tiempo? ¿Es necesario rozar el miedo para aprender a querer lo que tenemos?

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MagistrUm
Harto de mi suegra y mi mujer Aquella noche vino a verme el hombre más callado y sufrido del pueblo, Esteban Ibáñez. Sabéis, de esos hombres que parecen hechos de otra pasta. Espalda recta, manos fuertes y curtidas, y en la mirada la calma profunda de un lago entre pinos. Nunca una palabra de más, nunca una queja. Que si hay que arreglar el tejado o preparar leña para una vecina vieja, allí está Esteban. Lo hace en silencio, asiente y desaparece. Pero esa noche se presentó… Dios mío, le estoy viendo aún. La puerta del consultorio se abrió tan despacio que parecía pasar sólo una ráfaga de otoño. En el umbral, con su gorra entre las manos, sin mirarme, la vista clavada en el suelo. Abrigo empapado de la lluvia, botas llenas de barro. Y me pareció tan encogido, tan vencido, que hasta el corazón se me encogió de pena. —Pasa, Esteban, ¿qué haces ahí parado? —le dije suave, poniendo el agua a calentar para un té, porque sé que hay males que sólo se curan con paciencia y algo calentito más que con pastillas. Entró, se sentó en la camilla, cabizbajo y callado. Sólo se oía el tic-tac del reloj, marcando la gravedad de su silencio, más duro que cualquier grito. Le puse un vaso de té en las manos, que tenía heladas. Abrazó el vaso, lo acercó a los labios, pero le temblaban tanto las manos que derramaba el té. Vi entonces cómo le caía por la mejilla una lágrima, única, silenciosa y pesada como el plomo. Y después, otra. No lloriqueaba ni gemía. Se le escapaban las lágrimas mudas, perdiéndose en la barba. —Me voy, Simona —susurró tan bajo que casi no lo oí—. Ya no puedo más. No me quedan fuerzas. Me senté a su lado, le tapé la mano con la mía, áspera. Se sobresaltó, pero no se apartó. —¿De quién te vas? —De mis mujeres —gruñó—. De mi mujer, de Olalla… y de mi suegra. Me tienen harto, Simona. No puedo más. Como dos águilas. Siempre todo mal: si guiso, lo he salado; si clavo una balda, torcida; si remuevo la tierra, poco honda. Día tras día, año tras año. Ni una palabra buena, ni una mirada cálida. Sólo reproches, uno tras otro. Se calló, bebió un sorbo. —No soy nadie especial, Simona, sé que la vida no es fácil. Olalla en el campo todo el día, agotada y de mal humor. La suegra, Carmen, con las piernas malas y mala leche por la impotencia. Lo entiendo. Pero siempre callo, pringo más que nadie en casa, me levanto el primero, caliento el hogar, traigo agua, cuido los animales, y después al trabajo. Vuelvo ya de noche y siempre hay un pero. Y si digo algo, gritos tres días. Si callo, peor: “¿Por qué callas, tienes algo entre manos?”. El alma, Simona, no es de piedra. Se cansa también. Clavaba la vista en el fuego y hablaba, como si se hubiera roto una presa. Que si ni le hablan a veces, que murmuran a sus espaldas, que le esconden la mermelada buena. Le regaló a Olalla un buen pañuelo por su santo y lo tiró a un cajón: “Mejor te compras botas, que vas hecho un desastre”. Le miraba, grande y fuerte, capaz de pelear con un toro, y ahí estaba derrotado, llorando en silencio. Me partía el alma. —Esa casa la levanté yo mismo, Simona —susurró—. Quise que fuera un nido, una familia. Pero ha sido una jaula, con pájaros enfadados dentro. Hoy la suegra otra vez: “Esa puerta chirría, no dejas dormir. No eres ni hombre”. Cogí el hacha, iba a tensar la cuerda… Y mirando la rama del manzano, una idea negra… Me he librado por poco. He metido un mendrugo en la mochila y he venido. Dormiré donde sea y mañana, a la estación, a donde sea. Que se apañen sin mí. Igual entonces me echan de menos. Ya cuando sea tarde. Ahí supe que no era sólo cansancio, sino el grito de un alma al borde del abismo. No podía dejarle marchar. —Vamos a ver, Ibáñez —le solté, firme—. Se acabó el llanto. Nada de cobardías. ¿Has pensado en ellas? ¿Tirará Olalla sola con todo? ¿Qué hace Carmen, coja y vieja, sin ti? Tú respondes por ellas. —¿Y yo? —se rió amargo—. ¿Quién responde por mí? ¿Quién me cuida? —Yo te cuido —le aseguré—. Y te voy a curar. Tienes el alma gastada. Y sólo hay un remedio. Escúchame y hazme caso. Ahora vuelves a casa, sin decir ni media. Aguanta, no discutas y te tumbas en la cama mirando a la pared. Mañana me tendrás allí bien pronto. Y no te vas a ningún lado. ¿Me entiendes? Dudó, pero en su mirada chispeó una pizca de esperanza. Acabó el té, me asintió y salió en la fría oscuridad. Yo me quedé pensando: ¿qué médico soy si la medicina más potente —la palabra amable— nunca nos la damos? Apenas amaneció, ya llamaba yo a su casa. Olalla abrió, cara de mosqueo y recién levantada. —¿Qué quieres tan temprano, Simona? —Vengo a atender a Esteban —le solté, y me metí en la cocina. Hacía frío e incomodidad en el ambiente. Carmen sentada, tapada con un chal, mirándome mal. Esteban tumbado, tal como le mandé. —No ves, fuerte como un toro pero ahí tumbado —bufó la suegra—. Hay que trabajar, no vaguear. Me acerqué a Esteban, le palpé la frente, le ausculté como quien sabe que da igual. Sus ojos quietos, sólo los músculos tensos de tanto aguantar. Me irguí. Y a las dos mujeres les hablé sin sonreír, muy seria: —Tenéis un problema grave, muchachas. Muy grave. El corazón de Esteban está al límite, como una cuerda tensa a punto de romperse. Lo habéis exprimido con vuestros reproches. ¿Pensabais que era de piedra? Pues tiene alma y ahora le duele tanto, que de verdad peligra. Prescribo reposo total: ni un encargo, nada de quejas. Mucho mimo, silencio y cuidados, que está delicado como un jarrón. Si no, puede acabar en el hospital, y de ahí no se sale siempre. Vi el miedo en sus miradas. Porque, por mucho que rajen, él era su escudo y sin él se veían perdidas. La idea de perder esa fuerza silenciosa… les heló la sangre. Olalla, en silencio, le tocó el hombro. Carmen apretó los labios, los ojos buscando refugio. Me marché, dejando la semilla en su conciencia. Esteban luego me contó que los días siguientes reinaron el silencio y el andar de puntillas. Olalla le subía caldo sin decir nada. Carmen le santiguaba de paso. Tosco y raro, pero ya no discutían. Poco a poco, fue cambiando el ambiente. Una mañana Esteban despertó oliendo a manzanas asadas, su manjar favorito desde niño. Olalla, en el taburete, pelando fruta. —Come, Esteban —le dijo bajito—. Está caliente. Por primera vez en años sintió ternura, aunque torpe, de su mujer. Unos días después Carmen le trajo calcetines de lana recién tejidos: —Que no se te enfríen los pies, que por la ventana se cuela el aire —farfulló, sin enfado esta vez. Esteban miraba al techo y, por fin, sentía que era más que una bestia de carga; alguien a quien no querían perder. Llegó la semana y volví a verles; la casa olía a pan y a calor. Esteban a la mesa, pálido pero vivo. Olalla le sirviendo leche, Carmen acercando empanada. Había aún quejas y resoplidos, pero el veneno desapareció. Me sonrió Esteban, y ese raro agradecimiento suyo llenó la casa de luz. Olalla titubeó y le sonrió también. Carmen, vuelta la cara al cristal, secó una lágrima. No les receté nada más. Se curaron juntos, con pequeños gestos. Siguieron discutiendo a veces, pero todo fue cambiando. Y ahora, al pasar por su portal, les veo sentados al atardecer: Esteban con su navaja, ellas pelando pipas y charlando bajito. Entonces pienso: ¿no es la felicidad esto? El olor a bizcocho, los calcetines calientes, y la certeza de que uno es importante en su casa. Así que, decidme, ¿creéis que hace falta pasar miedo para empezar a valorar lo que de verdad importa?