Han pasado dos años. Desde entonces, mi hija no me ha llamado ni enviado un solo mensaje. Ya no quiere verme, y pronto cumpliré setenta años.
Mi vecina, Valentina Hidalgo, celebró hace poco sus sesenta y ocho cumpleaños. Vive sola, y de vez en cuando la visito, llevándole algo para el té, para aliviar su soledad. Valentina es una mujer de luz, abierta y con un humor fino. Le encanta contar historias de sus viajes y de su vida, pero casi nunca habla de su familia. Solo una vez, en víspera de una fiesta, me abrió su corazón.
Aquella noche, cuando llegué, Valentina no era ella misma. Su mirada estaba apagada, su sonrisa, forzada. Le llevé unos dulces caseros, esperando animarla un poco. Estábamos en silencio cuando, de pronto, rompió el vacío con un suspiro.
—Han pasado dos años… —murmuró, mirando su taza—. Mi hija no ha llamado, ni una carta, ni una palabra… Intenté felicitarla en las fiestas, pero su número ya no existe. Lo ha cambiado. Ni siquiera sé dónde vive ahora.
Su voz temblaba como una hoja en el viento otoñal. Entonces, respirando hondo, comenzó su relato.
Hubo un tiempo en que fuimos una familia feliz. Conocí a Antonio cuando apenas pasábamos de los veinte. No teníamos prisa por tener hijos; primero queríamos viajar, vivir para nosotros. Él trabajaba en una buena empresa, viajaba mucho, y a veces yo lo acompañaba. Trabajábamos duro, pero también disfrutábamos la vida.
Con los años, compramos un piso amplio de tres habitaciones. Antonio lo reformó él mismo, midiendo cada estante, cada puerta con esmero. Aquella casa no era solo un hogar, era el sueño que construimos juntos.
Y, al fin, después de varios años, nació nuestra hija, tan esperada. Antonio la adoraba, la cargaba en brazos, le leía cuentos, la llevaba al parque. Yo creía entonces que la vida me había sonreído.
Pero la felicidad duró poco. Hace diez años, Antonio murió tras una larga enfermedad. Gastamos casi todos nuestros ahorros en tratamientos, pero no pudimos salvarlo. Desde entonces, la casa quedó en silencio, como si el calor se hubiera ido con él.
Tras la muerte de su padre, mi hija cambió. Se distanció de mí, pasaba las noches con amigas, luego se mudó a un piso alquilado. Lo entendí: todos necesitan su espacio. Nos veíamos poco, pero manteníamos el contacto… hasta un día.
Hace dos años, vino a pedirme un favor. Quería una hipoteca para comprar su propia casa. Me pidió que vendiera el piso, que me comprara uno más pequeño y usara el resto para pagar la entrada.
No pude aceptar. No por egoísmo, sino porque esta casa es el último hilo que me une a Antonio. Cada rincón me habla de él: las paredes, los muebles, el olor de los libros en la estantería.
Intenté explicárselo, pero no quiso escuchar.
—¡Papá hizo todo esto por mí! —gritó—. ¡Y tú te aferras a estas paredes como si fueran un cementerio!
Entonces cerró la puerta con fuerza y se marchó. Desde entonces, ni llamadas, ni cartas.
Hace poco supe, por una conocida, que consiguió la hipoteca sola. Trabaja en dos empleos, vive de alquiler. No tiene hijos, ni familia, ni descanso: solo trabajo, casa, trabajo.
Intenté llamarla, pero su número ya no existe. Una amiga que la vio dice que parece cansada, más delgada. Pero no deja que nadie se acerque.
No sé cómo llegar a ella. No sé cómo pedir perdón, ni siquiera por qué. Ya no soy joven, pronto cumpliré setenta. Y el corazón me duele de nostalgia.
Me siento largas noches junto a la ventana, escudriñando la oscuridad, esperando ver su figura en la puerta. Que diga, tan solo: “Mamá, te he echado de menos”. Pero quizá no sean más que sueños de una vieja.
A veces me pregunto: ¿lo hice bien? ¿Debería haber sacrificado el pasado por su futuro? ¿O debí defender la memoria de nuestra familia?
No hay respuesta.
Solo hay silencio en este piso vacío y la foto de Antonio en la pared, que parece preguntarme también: “¿Por qué terminó así?”
Y yo no sé qué contestarle.





