Cuarenta años han pasado, pero todavía recuerdo aquel amor con la claridad de una tarde de otoño. Decidí buscarlo.
Tras cuatro décadas, lo encontré por casualidad: navegando en internet entre una receta de tarta de manzana y un anuncio de crema antiarrugas. Apareció su nombre, Juan Martín, y junto a él una foto: el pelo ya plateado, unas gafas de pasta y una sonrisa que reconocí al instante.
Me quedé paralizada. El corazón latió con más fuerza, como si el cuerpo recordara algo que la mente aún no se atrevía a nombrar. Pulsé el enlace. Era su perfil de artista, una pequeña galería en el Barrio de Santa Cruz, Sevilla. Allí mostraba paisajes, viejas puertas, una mujer mirando por la ventana. Bajo una de esas imágenes, la leyenda decía: «El otoño recuerda más que el verano».
Supe al instante que era él. Juan. Mi Juan de aquellos años, aquel chico que había adorado en silencio durante toda la secundaria y mucho tiempo después. Tras el examen de ingreso a la universidad, se marchó y yo quedé.
La vida siguió su cauce: se casó, tuvo hijos, después el divorcio, una larga quietud y la rutina cotidiana. Pero aquel sentimiento nunca se apagó del todo; sólo se ocultó en lo profundo, como una carta enterrada en un cajón.
Sin pensarlo mucho, le escribí:
No sé si me recuerdas, pero yo sí. Si te apetece tomar una taza de té, estaré en Sevilla.
Esa misma tarde me contestó:
Te recuerdo. Yo siempre tomo el té después de las cuatro. La dirección la encontrarás en mi página.
Compré el billete, empaqué una pequeña mochila, un suéter de lana y aquella vieja carta que nunca envié. En el tren, los árboles desfilaban: dorados, rojizos, cubiertos de escarcha, y sentí algo extraño, como si el tiempo retrocediera y volviera a ser una niña de dieciocho años.
Al bajar en la estación de Sevilla, por primera vez en años sentí que algo realmente importante estaba por suceder. No sabía qué, pero no quería perderlo.
El taller de Juan estaba en una de las estrechas callejuelas del Barrio de Santa Cruz. Escaleras empinadas, una puerta pesada con una ventanilla de cristal y, sobre ella, una placa de bronce: «Juan M. Taller de pintura». Mi corazón volvió a latir con fuerza cuando llamé. Un breve silencio, y luego escuché una voz conocida:
Abierto.
Entré. El interior superó mi imaginación y, al mismo tiempo, coincidía con lo que había esperado: el olor a trementina, una penumbra acogedora, la luz del día entrando por una gran ventana, lienzos apoyados contra las paredes, un balde con pinceles y una taza de café a medio terminar. Juan estaba de espaldas al caballete; se volvió lentamente, como si supiera que acababa de entrar. Sonrió no con la boca, sino con los ojos.
No has cambiado en absoluto dijo, aunque no fuera cierto. Su voz, sin embargo, no llevaba falsedad.
Tú tampoco respondí.
Me ofreció el sillón de terciopelo que había en el rincón y puso agua para el té. Conversamos, al principio de cosas triviales: los trenes, los atascos, cómo Sevilla se vuelve más hermosa en otoño. Luego, de todo: de los años que había vivido, de mi vida, de los seres queridos que habíamos perdido, de la soledad que nos acompañaba pese a estar rodeados de gente.
En la mesa olía al pan recién horneado. En las tazas subía el vapor del té con clavos de olor. La luz dorada del atardecer se filtraba por la ventana. El silencio era tal que escuchaba mi propia respiración.
¿Piensas a veces en aquel verano? preguntó de pronto.
Todo el tiempo respondí antes de poder detenerme.
Durante dos días fuimos inseparables. Paseamos por el Parque de María Luisa, comimos bocadillos en la Plaza Nueva y nos reímos de cosas que sólo quien ha probado una refrescante limonada de botella de cristal y el timbre de la campana de la clase puede entender.
No me preguntó cuánto tiempo había venido. Yo no dije cuándo me iría. Era como una burbuja: frágil, silenciosa y preciosa. Realísima.
A la mañana del tercer día empaqué mi mochila y la dejé junto a la puerta. Juan me ofreció otra taza de té y, sin más, dijo:
No vuelvas todavía.
Pero yo tengo obligaciones, la casa
Negó con la cabeza.
Todo eso esperará. Aquí aquí te espera alguien que ya no quiere volver a perderte.
Miré por la ventana los árboles desnudos y pensé: ¿y si esta vez yo debía quedarme?
No tomé el tren. La bolsa quedó junto a la puerta y yo, sentada en el sillón, con la taza de té en la mano, dentro de su mundo. Por un momento sentí vergüenza, como si hubiera hecho algo irresponsable, pero aquella sensación se disipó tan rápido como había surgido.
Me quedé un día más. Después otro, y luego dejé de contar.
En el taller el tiempo transcurría de manera distinta. Le ayudaba a ordenar los colores, limpiaba los marcos y le leía en voz alta mientras esbozaba. De pronto comprendí que se puede vivir sencillo, ligero, sin desmenuzar cada detalle.
Por las noches caminábamos por el Casco Antiguo. Entre la gente, pero por separado. Nadie nos miraba raro; quizá porque resultaba natural, o quizá porque a nadie le importaba la edad, los treinta o los sesenta.
Un día hallé sobre la mesa un pequeño boceto: yo, sentada junto a la ventana, absorta en la luz. La firma decía: «Otoño que volvió». No dije nada. Sólo toqué el papel con los dedos y sonreí en silencio.
No sé si será para siempre. No lo planeo. No pregunto. Me basta con ese instante: alguien dijo «Quédate» y yo lo escuché de verdad.
Cuarenta años esperé esa decisión. Ahora ya no quiero seguir esperando.







