Hacia una nueva vida —Mamá, ¿pero cuánto más vamos a quedarnos en este agujero? Si ni siquiera esta…

Rumbo a una nueva vida

Mamá, ¿hasta cuándo vamos a seguir en este pueblo perdido? Ni siquiera estamos en provincia, ¡estamos en la provincia de la provincia! protestaba mi hija Clara, entonando una de sus habituales quejas al regresar de la cafetería.
Clara, te lo he repetido mil veces: aquí está nuestro hogar, nuestras raíces. Yo no pienso irme a ningún lado.
Mi madre se recostaba en el sofá, acomodando sus pies adormecidos sobre un cojín. Solía llamar a esa postura La gimnasta de Galdós.
¡Con las raíces otra vez! Mamá, dentro de diez años de tanto hablar de raíces se te van a secar los tallos, y ya vendrá otro escarabajo cualquiera que tú me pondrás de padre.
Aquellas palabras, un tanto crueles, la hicieron levantarse y acercarse al espejo del armario.
Pues mis tallos están bien, no digas tonterías…
Claro, digo que por ahora están bien, pero dentro de poco te transformas en nabo, calabaza o boniato… Elije, según lo que más te guste como cocinera.
Hija mía, si tanto deseas irte, puedes hacerlo por ti misma. Hace dos años que ya eres mayor de edad según el código penal. ¿Para qué me necesitas?
Por remordimiento, mamá. Si me voy, ¿quién cuidará de ti aquí?
El seguro, mi salario fijo, internet y seguro que algún escarabajo aparece, como bien dices. A ti todo esto te resulta fácil, eres joven, moderna, entiendes la vida actual y hasta te cae bien la gente joven. Yo, a estas alturas, estoy en medio camino a la romería de San Juan.
¡Pero si te ríes y bromeas como mis amigas! Además, solo tienes cuarenta…
¿Hace falta que lo digas en voz alta? ¿Para amargarme el día?
Si lo traducimos en años gatunos son solo cinco rectificó enseguida Clara.
Te perdono.
Mamá. Antes de que sea tarde, vámonos juntas. No nos ata nada aquí, no hay motivo para quedarnos.
Hace un mes conseguí que escribieran correctamente nuestro apellido en la factura del gas, y además ya estoy dada de alta en el centro de salud sacó los últimos argumentos mi madre.
Con el seguro nos atienden en cualquier lado, y la casa no es necesario venderla. Si no sale bien, podremos regresar. Yo prometo enseñarte lo que es la vida en la gran ciudad.
El ginecólogo ya me lo vaticinó en una ecografía: “No te dará ni un minuto de paz”. Y tenía razón, luego ganó un premio en “El reto de los adivinos”. Vale, nos vamos. Pero si no funciona, prométeme que no habrá dramas ni escenas para volver.
Te lo juro.
El coautor de tu nacimiento me prometió lo mismo en el registro civil… y tenéis el mismo grupo sanguíneo.

***

Clara y su madre no perdieron tiempo en medias tintas: evitaron cualquier ciudad de tamaño medio y partieron directamente a conquistar Madrid. Sacaron todos los ahorros guardados en los últimos tres años, alquilaron por todo lo alto un pequeño estudio en la periferia, entre el mercado y la estación de autobuses, y pagaron cuatro meses de alquiler por adelantado. Los euros se evaporaron antes incluso de empezar a gastarlos.

Clara estaba tranquila y rebosante de energía. Ni perdió tiempo desempacando o arreglando el apartamento, sino que rápidamente se sumergió en la vida madrileña: exploró sus círculos creativos, su ambiente nocturno y social. Parecía una madrileña más: pronto aprendió los lugares de moda, se adaptó al estilo y las costumbres, como si nunca hubiera salido de Malasaña en vez de provenir de una aldea escondida de La Mancha.

Mientras tanto, mi madre vivía entre la tila matutina y la valeriana nocturna. El primer día, desoyendo los ruegos de su hija de salir a pasear, se lanzó de cabeza al mercado laboral. Madrid ofrecía vacantes y sueldos que a menudo no tenían relación, siempre con alguna trampa. Calculando a ojo, concluyó: en seis meses, como mucho, volveremos.
Ignorando las recomendaciones de su hija innovadora, se fue por el camino seguro y acabó trabajando de cocinera en un colegio privado de barrio, y algunas noches fregaba platos en el restaurante de la esquina.
Mamá, otra vez entre fogones todo el día. Ya podrías haber estudiado cualquier cosa: diseño, sumillería, ¡aunque fuera para ser esteticién! Irías en metro, beberías café, te adaptarías.
Clara, no estoy preparada para ponerme a estudiar ahora. Ya me iré adaptando, no te preocupes. Tú, ocúpate de buscar lo tuyo.
Suspirando por lo poco innovadora que era su madre, Clara se buscó la vida a su manera. Se acomodaba en cafeterías donde la invitaban chicos recién llegados, entablaba vínculos místicos con la ciudad siguiendo consejos de runólogos modernos, y participaba en tertulias donde todo giraba en torno al éxito y el dinero. Clara no tenía prisa en buscar trabajo ni una relación seria. Primero tenía que encajar bien con la ciudad, y viceversa.

A los cuatro meses, mi madre pagó ya el alquiler con lo que ganaba, dejó de fregar platos y empezó a trabajar en otro colegio más. Clara, mientras tanto, dejó a medias varios cursos, fue a un casting de radio, salió de figurante en un rodaje estudiantil donde le pagaron con macarrones y tomate, y tuvo un par de citas con dos músicos ambulantes: uno resultó ser un auténtico burro y el otro un gato con familia numerosa que rehuía sentar cabeza.

***

Mamá, ¿quieres que salgamos hoy? ¿O pedimos pizza y vemos una película? No tengo ganas ni de moverme bostezó una noche Clara tumbada en postura de gimnasta, mientras veía a mi madre arreglándose ante el espejo.

Pide lo que quieras, te hago un bizum. No me aguardes comida, no creo que tenga hambre cuando vuelva.
¿Pero de dónde vuelves? preguntó Clara, incorporada en el sofá, clavando la mirada en la espalda materna.
Me han invitado a cenar respondió, alejándose del espejo, y soltó una risita casi adolescente.
¿Quién? y, para sorpresa de ambas, Clara no lo celebró.
Hace poco, vinieron a inspeccionar el colegio y les hice mis famosas albóndigas que tanto te gustan. El presidente de la comisión pidió conocer a la chef, yo me reí porque lo de chef en un colegio tiene mucha guasa. Al final, tomamos café como tú me decías, y hoy me invitó a cenar y yo, encantada, le haré una tortilla en su casa.
¿Estás loca? ¡Ir a la casa de un hombre desconocido!
¿Y qué tiene de malo?
¿Y si lo que espera de ti no es solo una cena?
Clara, tengo cuarenta años, él tiene cuarenta y cinco, es guapo, listo y está soltero. Yo, a estas alturas, me doy por satisfecha con lo que me depare la noche.
Hablas como si fueras una resignada de pueblo, como si no tuvieras elección.
Hija, tú me trajiste aquí para que viviera la vida, no para sobrevivirla.
No se podía discutir ante esa lógica. Clara comprendió, de pronto, que los papeles se habían invertido. Con tristeza, encargó la pizza más grande y la devoró en silencio. La autoflagelación se alargó hasta medianoche, coincidió con el regreso de mamá que ni encendió la luz, suficiente con su cara de felicidad.
¿Qué tal? preguntó Clara, sombría.
Muy buen escarabajo, nada de colorado, bien castizo rió mi madre y se fue a la ducha.
Empezó a ir de cita en cita: teatro, monólogos de comedia, conciertos de jazz, se sacó el carné de la biblioteca, se unió a un club de té y se empadronó en el centro de salud correspondiente. Medio año después se matriculó en cursos de cocina avanzada, coleccionó varios diplomas y aprendió platos que nunca imaginó.

Clara tampoco perdió el tiempo. No pensaba vivir del esfuerzo ajeno y probó suerte en varias empresas de prestigio pero, por más que luchaba, las posiciones se le resistían. Sin amigos dispuestos ya a invitarle cafés, acabó encontrando empleo como barista, y poco después, de camarera nocturna en un bar.
La rutina lo envolvía todo: ojeras, fatiga, sueños raídos. La vida sentimental tampoco iba mejor. Los clientes borrachos lanzaban invitaciones poco dignas, muy lejos del ideal romántico. Terminó harta de todo.

Mamá, tenías razón, aquí no hay nada. Perdóname por arrastrarte. Hay que volver dijo Clara una tarde al regresar, exhausta.
¿Volver? ¿Adónde? le respondió mi madre mientras metía ropa en una maleta.
¡A casa, claro! Allí al menos escriben bien nuestro apellido en las facturas y tenemos el centro de salud asignado. Tenías razón en todo.
Ya estoy empadronada aquí, y no pienso volver replicó, estudiando el rostro cansado de su hija.
¡Pero yo sí! ¡Y quiero regresar! No me gusta este metro asfixiante, ni el café carísimo, ni la gente estirada Ahí tengo amigos y casa propia; aquí no tengo nada. ¡Y tú también ya haces la maleta!
Me voy a vivir con Enrique soltó de pronto mamá.
¿Te vas a vivir con Enrique?
Ya tienes tu vida montada aquí, ya puedes pagarte el piso. ¿No ves que es un regalo? Adulta, guapa, trabajadora, en la capital. ¡Las oportunidades te llueven! De verdad, Clara, gracias por traerme. Sin ti seguiría mustia en aquel rincón. Aquí la vida de verdad hierve, ¡gracias! dijo, besándola en ambas mejillas mientras Clara no atinaba a devolver la alegría.
Pero, ¿y yo? ¿Quién cuidará de mí? sollozó Clara, sin máscaras ya.
Seguro médico, nómina fija, internet, y seguro que encuentras tu propio escarabajo le respondió mamá, repitiendo palabras de antaño.
Así que vas a dejarme ¿Así, sin más?
No es eso, y tú misma prometiste no montar escenitas, ¿lo recuerdas?
Sí Dame las llaves de casa.
En el bolso las tienes. Solo te pediría un favor.
¿Cuál?
La abuela también quiere mudarse. Ya hablé con ella, está lista. Hazle una visita, ayúdala a hacer las maletas.
¿La abuela se viene?
Claro. Le vendí la historia de la vida mejor, los escarabajos y el estanque, y justo buscan personal en Correos aquí; ya sabes que en eso nadie le gana, manda hasta cartas sin sello al Polo Norte y llegan. Que le dé otra oportunidad a la vida, antes de que se le mustien del todo los tallos…

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