Hacia el barrio

Hasta el barrio

Manuel Gutiérrez detuvo su SEAT Ibiza cerca de la tienda de ultramarinos en el cruce y dejó el motor encendido. Así resultaba más práctico: la gente se acercaba rápido, se acomodaba, la calefacción no se enfriaba y él mantenía el ritmo. En el salpicadero tenía un cuaderno de cuadrículas con los horarios de los viajes, junto a un bolígrafo y unas monedas en un vaso de yogur reciclado. No se refería a esto como trabajo, aunque lo era: llevar a quienes tienen prisa o a quienes el autobús les sale caro o les viene fatal hasta el pueblo, más allá de la comarca.

Manuel conocía el camino casi a ciegas. Tras el puente venía un socavón en la derecha, que mejor era esquivar por el carril contrario si la carretera estaba libre. En la arboleda, la señal torcida parecía un espantapájaros humano por la noche. Al aproximarse al barrio, ese giro hacia la vieja granja que siempre olía a humedad por culpa del barranco. Los rostros los sabía de memoria: algunos subían una vez a la semana, otros eran ya casi de la familia. Unos callaban; otros, en cuanto la puerta cerraba, tenían la necesidad de contar toda su vida porque, en el coche, parece que pesa menos.

Manuel no se consideraba psicólogo. Escuchaba, asentía, respondía escueto cuando tenía que hacerlo. A su edad, hablar de más se paga en cansancio. Le gustaba la claridad: llevas, bajas, regresas. Sin embargo, hacía tiempo que veía que la carretera saca verdades, y al conductor le toca ser testigo. Testigo, pero sin derecho a voto.

Se acercó una mujer al coche: abrigo claro, unos cuarenta y tantos, bolso cruzado. La recordaba, pero no el nombre.

¿Hasta el barrio? preguntó Manuel sin girarse del todo, sólo levantando una ceja.

Hasta el barrio, sí replicó la mujer, subiendo al asiento trasero derecho. Voy a la urbanización Los Pinos.

Notó el cuidado con que cerró la puerta, como quien teme deshacer algo frágil. Puso el bolso en su regazo y se abrochó el cinturón enseguida. Este tipo de pasajera, pensó Manuel, ni regatea el precio ni pide tírame un poco más allá.

Mientras esperaba al segundo pasajero, Manuel repasó los espejos y ajustó la cámara de salpicadero que llevaba tres años colgando precariamente. El cuaderno marcaba dos viajes ese día, y ése era el primero. Le apetecía volver a casa antes de las dos: tenía que coger agua de la fuente y la rodilla se resentía si se quedaba quieto mucho rato.

Por el otro lado de la tienda se asomó un hombre alto, cazadora oscura, mochila pequeña. Caminaba deprisa, en plan llegar tarde, pero al ver el coche frenó y se quedó mirando dentro, dubitativo un segundo.

Manuel notó la vacilación: no miedo, no alegría simplemente, ese instante donde el cerebro sopesa si seguir o darse media vuelta.

¿Vas al barrio? repitió.

Sí el hombre abrió la puerta del copiloto y subió. Al pueblo también.

No se abrochó el cinturón de inmediato. Apoyó primero la mochila en las rodillas, miró un segundo más y luego, como acordándose de pronto, se sujetó.

Manuel puso en marcha.

Los primeros kilómetros viajaron en silencio. La mujer de atrás miraba el paisaje rural. Manuel, a través del retrovisor, veía que de vez en cuando le lanzaba una ojeada al tipo delante. Él, mientras tanto, estaba tan rígido que la mochila parecía pegada a sus manos por si se iba sola.

Encendió la radio a bajo volumen, pero al cabo de un minuto la apagó. Sabía que, en ese coche, la música molestaba más que ayudaba: ya había demasiados pensamientos rodando por el espacio reducido. Prefería el rumor de ruedas, motor y su propia respiración.

Hoy la carretera está tranquila comentó, sólo por normalidad.

Sí asintió el hombre.

Sí, normal dijo ella, aunque el tono sonó un poco agudo de más.

Manuel advirtió que ya no escuchaba las palabras, sino los huecos. El del hombre era demasiado largo para quien va a la suya. El de la mujer, como si estuviera decidiendo cuánto podía decir sin pasarse.

Después del puente sorteó el socavón como siempre. El coche botó, la mujer agarró el bolso con fuerza.

¿Sueles hacer este trayecto? preguntó de repente, dirigiéndose al hombre y no a Manuel.

El tipo giró levemente la cabeza.

Por trabajo, a veces.

¿Y usted? dudó el nombre, ¿hace mucho que no va por el pueblo?

Manuel notó que, de golpe, la temperatura del coche subía. Odiaba las charlas de a ver si nos conocemos y más cuando lo hacían a medias tintas, como ahora.

Mucho respondió él, mirando la carretera. Me crié allí.

La mujer suspiró casi imperceptiblemente. Manuel la vio bajar la vista al bolso, hacer girar la cremallera con los dedos sin abrirlo.

Recordó su propia regla: no meterse. Que cada uno gestione lo suyo. La regla era práctica mientras nadie cruzara ese punto donde la tensión se podía cortar con los dedos. Entonces, el conductor se convertía en muro de carga.

A la salida de los pinares, el hombre sacó el móvil, lo consultó, lo guardó. Manuel notó que le temblaban los dedos, más de nervios que de frío.

¿Dónde quieres que te deje? preguntó para relajar ambiente. En el pueblo hay paradas a patadas.

En la administración, por favor dijo el hombre. Por unos papeles.

La mujer levantó la cabeza.

¿La administración? le salió tan rápido que sonó sospechoso.

Eso el hombre por fin dejó ver el perfil, nariz aguileña, perilla, ojos cansados. Es por el tema de una parcela.

¿Una parcela? repitió ella, esta vez con una nota que rozaba el enfado diplomático.

Él la miró directo, y Manuel reconoció ese tipo de reacción: como quien ve una foto que creía quemada en el desván.

¿Nos conocemos? preguntó.

Ella cerró los ojos un momento.

No se acuerda de mí dijo. Y es normal.

Manuel se aferró un poco al volante. No le apetecía estar ahí, en medio de un duelo que podía convertirse en lío de los gordos. Pero tampoco iba a frenar en seco y dejar que el conflicto saliera rodando. Se obligó a mantener la velocidad, a vigilar el tráfico y a escuchar, por si acaso había que apagar algún incendio.

Oiga la voz del hombre ahora era dura de otra manera, ¿usted y yo?

En el hospital le interrumpió ella. En el comarcal. Hace diez años.

La mirada del hombre se fue a la ventana. Manuel vio que le temblaba el pómulo.

Yo allí no, no estuve intentó defenderse él.

Estuvo ella ni levantaba la voz, pero las palabras eran compactas, de peso. Fue una vez. Luego no volvió.

Manuel tuvo el impulso de decir: Bajad el tono, que no estamos en Telecinco. Pero era conductor, no policía ni primo hermano. La responsabilidad, aún así, era suya mientras estuvieran dentro del coche.

Oiga se defendió el hombre, de nuevo más crispado, seguro que me confunde.

No ella negó con suavidad. Su apellido es ¿Rodríguez?

Manuel vio el gesto: el hombre se estremeció, lo justo para que no cupiera duda.

¿Cómo lo sabe? preguntó, la voz rota entre curiosidad y susto.

Lo leí en los papeles dijo ella. Entonces y ahora también me ha tocado echarles un vistazo.

Manuel lo entendió de golpe: no era una casualidad de esas de el mundo es un pañuelo. Ella lo había reconocido de los papeles; él, ni idea hasta ese momento.

Recordó que, hacía poco, en el pueblo se comentaba el revuelo de una herencia, de que uno aparecía pidiendo lo que era suyo. Manuel no se preocupó entonces, tenía ya bastante con lo de siempre. Pero ahora todo cuadraba.

El asfalto empezaba a estar parcheado. El coche vibraba y la discusión se volvía aún más áspera, como si cada frase rebotara entre baches.

No entiendo dijo el hombre, más lento. ¿Quién es usted?

Ella buscó su mirada en el retrovisor. Había una súplica, pero no era de ayuda. Era una petición de paciencia: aguanta, solo un minuto más.

Me llamo Carmen dijo. Fui enfermera. En Pediatría.

Él tragó saliva.

¿Y? dudó el hombre.

Y que iba usted a ver a un niño, a Sergio Carmen mantenía la voz estable, pero los nudillos blancos delataban tensión. Firmó el papel de la renuncia. Después

No firmé nada cortó el hombre, casi gritando.

Manuel notó cómo se agarraba al cinturón: quería arrancarse, salir corriendo, pero permanecía quieto.

Sí firmó ella sin moverse. Yo recogí esa carpeta. Vi su firma. Y la dirección: pueblo, calle Prado, número

Ya vale el hombre la interrumpió. Era una orden, y hasta el motor pareció callarse.

Manuel lo vio claro: estaban a punto de cruzar la línea. Ya no importaba ni la parcela ni el trayecto. Lo peligroso era lo que podía dejar la conversación dentro, como mancha que no sale.

Eligió mentalmente la zona de parada poco antes de llegar: esa entrada con la marquesina torcida donde podía salirse sin entorpecer.

Vamos a parar aquí un momento anunció sin perder la calma. Hay sitio.

¿Por? el hombre giró nervioso.

Porque estáis hablando como si yo no existiera, como si el coche fuera una cabina de psiquiatra y todos salimos aquí vivos la voz de Manuel era neutra, ni bronca ni consejo. También quiero llegar a casa entero.

Puso el intermitente, entró en la zona de descanso, tiró del freno de mano. No apagó el motor: el calor y la posibilidad de salir pitando eran prioridades. Dentro, el clic-clac del relé de la calefacción sonaba como el tictac de un reloj bomba.

No os echo, pero si vais a ventilar los trapos, mejor con el coche parado. Y recordad: ni soy juez ni cura. Sólo conduzco. Mi misión es que bajéis del coche de una pieza.

Carmen se quedó callada. El hombre miraba el salpicadero, buscando respuestas donde sólo había cassettes viejos.

Manuel se giró hacia él.

Una pregunta dijo. ¿De verdad no recuerda la firma en el hospital, o prefiere no recordarla?

El hombre tardó en reaccionar. Apretó las manos sobre la mochila, como dejando ir algo tenso.

Recuerdo el hospital contestó bajo, pero no esa historia. Mi mujer entonces fue un parto difícil, me dijeron que el niño no lo logró.

Carmen tragó aire bruscamente.

Le mintieron susurró. Y no sé por qué ni por quién. Yo era la nueva, nadie me explicaba nada. Sólo reconocí los papeles.

El hombre levantó la vista.

¿Quiere decir que mi hijo? no terminó la frase.

El niño vivió Carmen bajó el volumen aún más. Lo recogieron después. Todo lo del papeleo fue extraño. Intenté sacar el tema, pero me apartaron. Dejé el hospital ese año.

Manuel sentía hervir por dentro el cabreo hacia las mentirijillas de despacho que cambian una vida. Aunque sabía que el enfado no arreglaba nada.

¿Por qué contármelo ahora? El hombre parecía desplomarse por la pregunta.

Carmen se miró las manos.

Por la parcela. Hay un chico, Sergio, con veinte años viviendo allí. Cree que usted bueno, que usted es otro. Y ahora van a salir los papeles, los nombres Le podía haber saltado todo en la oficina, sin más. Yo prefiero advertir.

Manuel pensó: esto es como la curva con bache, la ves venir, pero es imposible que la carretera deje de pasar por ahí.

El hombre respiraba mirando el cristal. Casi en susurro:

¿Y él está bien?

Trabaja en la carpintería del pueblo. No bebe. Estudió en el módulo pero no terminó. Le cría su tía Isabel. La quiere mucho dijo Carmen.

El hombre cerró los ojos unos segundos y Manuel observó la marca blanca en la muñeca, como de haberse quitado el reloj hacía nada.

No puedo ir y decir: Hola, soy tu padre, ¿verdad? Suponiendo que todo esto sea verdad.

No se lo pido aclaró Carmen. Sólo le pido que no trate esto como un trámite de finca.

Manuel entendió: a veces llevar a la gente es más que conducir. Es frenar a tiempo y dejarles una salida digna.

Mira intervino. Para el barrio quedan cuarenta minutos. Allí podéis iros cada uno por vuestro lado, hablar más o menos, intercambiar números o no. Pero si empezáis a lanzaros cosas, yo os bajo. ¿De acuerdo?

Él asintió sin mirarle.

Carmen también.

Manuel quitó el freno y retomó la marcha. Las ruedas crujieron sobre la gravilla, luego silencio sobre asfalto. Hombre y mujer no hablaban, pero aquella calma era densa, no hueca. Sonaba a quienes están midiendo cada paso.

Al rato, el hombre rebuscó el móvil.

¿Tienes su número? preguntó, sin girarse.

Carmen dudó.

Lo tengo pero no sé si debería dártelo.

Yo tampoco sé si tengo derecho a la parcela contestó el hombre. Hagamos esto: tú me das el número, yo le escribo sin nombre. Pido vernos. Si dice que no, me aparto.

Carmen miraba por la ventana como si el mundo ahí fuera pudiera decidir por ella. Sacó un bloc, bolígrafo, apuntó en una hoja nueva, la arrancó con cuidado. No la entregó de inmediato.

Promete que no irás a su casa pidió.

Prometido dijo él.

Lentamente Carmen extendió el papel. El hombre lo tomó como si pudiera quemarse, y lo guardó bien profundo en el bolsillo interior.

Manuel miraba la carretera, notando que conducir no era solo cuestión de kilómetros, sino de saber cuándo dejar que otros decidan.

Al entrar en la comarca, se adentraron en un pequeño atasco: coches amontonados en el semáforo, algún claxon desesperado. Manuel mantenía distancia. El hombre adelante, erguido, tenso. Carmen, desde atrás, pasaba los ojos por las fachadas como buscando el borde exacto por donde volver a ser sólo ella misma.

Aquí, en la farmacia, por favor pidió Carmen al ver la esquina.

Manuel paró, puso el intermitente. Carmen abrió la puerta, pero antes de irse, se inclinó adelante.

No sé cómo acabará esto dijo al hombre. No quiero ser culpable, pero estoy cansada de callar.

El hombre la miró.

Si te equivocas, me arruinas la vida dijo.

Si no me equivoco, tu vida ya estaba arruinada, solo no lo sabías contestó Carmen. Y añadió bajito: Perdón.

Salió sin mirar atrás.

Manuel esperó a que estuviera lejos del coche y arrancó.

Voy a la administración recordó el hombre, como si hubiera olvidado para qué vino.

Sí, ya lo sé respondió Manuel.

Avanzaron unos metros. Al llegar a la puerta del ayuntamiento, Manuel se detuvo.

El hombre dudó antes de bajar, mira las manos, saca el papel, repasa los números.

¿Tú qué harías? preguntó de pronto, sin levantar la vista.

Manuel nunca toleró que le pidieran consejo para tragedias ajenas. Pero callar era de cobardes.

Pienso dijo despacio, que si vas como quien quiere la parcela, conseguirás un papel y perderás el sueño. Pero si vas como persona, igual pierdes algo, pero seguirás siéndolo.

El hombre asintió. Guardó el papel y finalmente abrió la puerta.

Gracias dijo, ya fuera.

Manuel lo siguió con la mirada mientras entraba despacio, aprendiendo a caminar otra vez. Antes de la puerta tomó aire y solo entonces pasó al interior.

Manuel dio media vuelta y volvió hacia el cruce. Puso bien el cuaderno en la luz del semáforo. Sentía el peso en la cabeza, denso pero no desolador. Sabía que mañana repetiría ruta, mismo paisaje, otros mudos, mismas preguntas. Y de nuevo preguntaría: ¿Hasta el barrio?

Solo que, desde hoy, sabría que a veces no suben pasajeros, sino los años en los que a la gente le faltó decirse las cosas. Y que su oficio era llegar, sí, pero también ayudarles a frenar a tiempo, no sólo en las curvas.

Rate article
MagistrUm
Hacia el barrio