Hacia el barrio

Hacia el distrito

Ramón Gómez detuvo su viejo SEAT frente al ultramarinos junto a la rotonda y no apagó el motor. Era más cómodo así: la gente se acercaba rápido, subía al coche antes de que el aire caliente escapase, y él no perdía ritmo. Sobre el salpicadero descansaba un cuaderno cuadriculado con los horarios de los viajes, al lado un bolígrafo y monedas de euro en un vaso de plástico. No le gustaba llamarlo trabajo, aunque lo era: llevaba hasta la aldea tras el municipio a aquellos a los que el autobús les venía mal o no les llegaba la cartera.

Conocía la carretera casi con los párpados. Tras el puente, bache a la derecha que conviene esquivar por el otro carril si no viene nadie. Por el robledal, una señal torcida desde hace años, que de noche puede parecer una persona quieta. Al acercarse al distrito, curva hacia la antigua granja, donde siempre huele a humedad de las vegas. Y los rostros, también los conocía. Unos subían una vez por semana, otros cada día. Algunos callaban, otros desgranaban historias, como si en el coche fuera más fácil.

Ramón Gómez no se creía psicólogo. Escuchaba, asentía, respondía breve cuando lo requerían. A su edad, las palabras se convierten pronto en fatiga. Le gustaba la claridad sencilla: dejó, bajaron, volvió. Pero hace ya mucho comprendió que la carretera desarma a las personas, y convierte al conductor en testigo. Testigo sin firma.

Se acercó una mujer con plumífero claro, cuarentaypocos, bolso cruzado al pecho. La había visto un par de veces, pero nunca se quedó con el nombre.

¿Hasta el distrito? preguntó sin girar del todo, apenas desviando los ojos.

Hasta el distrito contestó ella, sentándose atrás a la derecha. Mi parada es en la aldea, junto a Los Pinares.

Ramón notó cuán suavemente cerró la puerta, como cuidando de no golpear. Apoyó el bolso en las rodillas, se abrochó el cinturón de inmediato. Estas personas no discuten el precio ni piden desvíos.

Mientras esperaba al segundo pasajero, Ramón repasó los espejos, acomodó el viejo navegador pegado al cristal que de vez en cuando vencía en los baches. En el cuaderno quedaban dos servicios para hoy, este era el primero. Quería regresar antes de comer: en casa debía subir agua de la fuente, y la rodilla le dolía si estaba demasiado sentado.

Por la acera apareció un hombre alto, cazadora oscura, mochila pequeña. Marchaba rápido, casi con prisa, pero de pronto floreció la letanía de los pasos ante el coche, se detuvo un segundo mirando al asiento de atrás y quedó congelado.

Ramón sintió, como un chasquido, ese instante: ni miedo ni alegría, sino esa demora a la que el cerebro decide a qué aferrarse.

¿Hasta el distrito? repitió.

Sí el hombre abrió la puerta del copiloto y se sentó. Hasta la aldea.

No se abrochó enseguida; primero dejó la mochila en el regazo, luego, como recordándolo, buscó el cinturón. Ramón arrancó.

Los primeros kilómetros, silencio. Ella miraba por la ventanilla, pero Ramón veía en el retrovisor que a veces enfocaba al hombre. Él, delante, miraba a la carretera y apretaba la mochila, como si pudiera escaparse.

Ramón encendió la radio, bajito, pero a los pocos segundos la apagó. Aquella música sobraba: ya había demasiado de otras músicas en las cabezas. Prefería el motor, las ruedas, su propia respiración.

Hoy la carretera está bien soltó, sólo para disolver el hilo invisible.

Sí respondió el hombre.

Normal dijo la mujer desde atrás, pero la palabra le sonó medio tono más agudo de lo preciso.

Ramón comprobó que escuchaba las pausas, no las palabras. La del hombre era más larga que la de quien todo le da igual. La de la mujer, como quien decide qué es decible y qué debe guardarse.

Esquivaron el bache tras el puente, como siempre. El coche osciló y la mujer apretó el bolso.

¿Viene usted mucho por aquí? preguntó ella, pero no al conductor, sino al hombre.

Él giró la cabeza, apenas.

Por trabajo. De vez en cuando.

¿Y usted? Ella se trabó, como si fuera a decir un nombre y se arrepintase. ¿Hace mucho que no va a la aldea?

Ramón sintió que en el habitáculo subió la temperatura aunque la calefacción seguía igual. No le gustaba cuando empezaban a medirse entre sí delante de él; y menos con rodeos.

Hace mucho respondió el hombre. Y añadió, mirando la carretera: Yo crecí allí.

La mujer exhaló bajito. Ramón la vio bajar la mirada y acariciar la cremallera del bolso sin abrirlo.

Recordó su norma: no meterse. La gente ya es mayor para trampear sus enredos. La norma servía hasta que en el coche asomaba la sensación de que alguien iba a romperse, y entonces el conductor no era sólo volante, sino muro.

Cerca del robledal, el hombre sacó el móvil, lo miró y volvió a guardarlo. Ramón notó que le temblaban los dedos. No por frío: dentro hacía calor.

¿Dónde exactamente? preguntó Ramón, recuperando la neutralidad. En la aldea hay muchas paradas.

En el Ayuntamiento dijo el hombre. Documentos.

La mujer alzó la cabeza.

¿En el Ayuntamiento? repitió demasiado deprisa.

Sí por fin giró más, y Ramón le vio de perfil: nariz romana, barba de varios días, ojos cansados. Es por un terreno.

¿Un terreno? repitió ella, y ahora era rabia contenida lo que surgió en la voz.

Se cruzaron miradas que eran reconocimientos sin alegría; del tipo que se tiene ante una foto vieja que nunca debió salir a la luz de nuevo.

¿Nos conocemos? preguntó él.

Ella cerró los ojos un instante.

No se acuerda de mí… y está bien así.

Ramón apretó el volante. No quería ser compás de conversaciones que podían ser desgracias. Pero no era posible frenar y dejarles bajarse en mitad de la carretera. Mantenía el ritmo, atento a los coches, atento a las palabras, porque de ellas dependía si la tormenta se desataría.

Dígame habló el hombre, la voz ahora más áspera. ¿Hemos coincidido…?

En el hospital le cortó ella. Comarcal. Hace diez años.

Él salió disparado hacia la ventanilla. Ramón vio que le saltaba el músculo de la mejilla.

No estuve allí rezongó.

Sí estuvo ella no subió el tono, pero cada palabra caía como una piedra. Fue. Solo una vez. Luego desapareció.

Ramón se contuvo de decir “calma”. No era su papel: conductor, ni juez ni familiar. Sin embargo, la responsabilidad vibraba bajo sus manos.

Mire por fin habló de nuevo el hombre. Me está confundiendo.

No ella negó despacio. ¿No es usted Fernández de apellido?

Ramón sólo percibió cómo él daba un sobresalto apenas perceptible, respuesta inequívoca.

¿Cómo lo sabe?

Lo leí en los papeles. Entonces. Y ahora también.

Ramón intuía que aquello no era coincidencia de municipio pequeño, sino otro asunto. Ella sabía quién era él. Él, no, pero comenzaba a barruntarlo.

Recordó cómo en la aldea, semanas atrás, se hablaba de la titularidad de una propiedad, que alguien reclamaba lo suyo. No lo escuchó con atención, nunca bajaba a esas historias. Pero las palabras volvieron solas.

El asfalto ondulaba y el coche temblaba, y aquello hacía que cualquier frase rebotase aún con más fuerza, como si cada palabra saltara en los baches.

No lo entiendo el hombre cada vez más ajeno. ¿Quién es usted?

La mujer miró al retrovisor, y Ramón sintió la súplica en la mirada: no de auxilio, sino de simple resistencia.

Me llamo Lucía dijo. Yo… entonces era enfermera. En pediatría.

Él tragó saliva.

¿Y?

Y usted iba a ver a un niño Lucía luchaba por el tono neutro, pero los nudillos sobre el bolso eran mármol. A Samuel. Firmó un consentimiento y luego

No firmé nada espetó él.

Ramón notó cómo se aferraba al cinturón, con ganas de desengancharse y salir corriendo, pero aguantaba.

Sí firmó. Yo tenía la carpeta. Salía su nombre y dirección. Aldea, calle de la Vega, número

Basta dijo el hombre. Aquel basta estremeció hasta el motor.

Ramón supo que estaban cruzando el límite. Lo importante ya no era la verdad, sino cuán destrozados quedarían. Él, al volante, debía fingir pertenecer a otro mundo.

Eligió el espacio para parar: una explanada junto a la parada vieja de autobús, marquesina torcida. Lo había previsto desde antes.

Vamos a parar aquí anunció con calma. Así hay sitio.

¿Por qué? el hombre, desafiante.

Porque habláis como si olvidaseis que os llevo a los dos respondió Ramón, voz nivelada. A vosotros y a mí.

Puso el intermitente, se salió a la explanada, echó el freno de mano. El motor seguía encendido, para no quedarse frío, ni estar demasiado quieto si tocaba marcharse. El relé de la calefacción marcaba el ritmo.

No obligo a nadie a salir miró al frente. Pero si vais a hablar, hacedlo aquí. Y recordad: yo no decido nada, sólo conduzco. Debo llevaros enteros.

Silencio. Él miró el cuadro de mandos como si exigiera respuestas. Ramón se giró hacia él.

Dígame una cosa preguntó. ¿De verdad no recuerda el hospital y la firma, o no quiere recordarlo?

El hombre no respondió. Al fin retiró las manos de la mochila, como soltando un peso.

Recuerdo el hospital musitó. Pero no eso. Mi mujer dio a luz entonces. Todo fue mal. Me dijeron que el niño que falleció.

Lucía aspiró.

Le engañaron susurró. Y añadió, como defendiendo: Yo no sé quién ni por qué. Era solo la suplente, no me dejaban saber más. Vi los papeles.

Él levantó la cabeza.

¿Quiere decir que mi? ni acabó la frase.

Quiero decir que el niño sobrevivió Lucía bajó la voz. Luego lo adoptaron. Todo el papeleo era raro. Yo intenté sacar el tema, me ordenaron callar. Dejé el hospital un año después.

Ramón no se movía. Sintió el viejo enfado: cuánto duele que una mentira ajena condene a otro para siempre. Pero ahora el enfado era inútil.

¿Por qué me cuenta esto ahora? ¿Aquí?

Lucía miró sus manos.

Porque ha reclamado el terreno. La casa de la Vega ahí vive Samuel. Ya tiene veinte años. Cree que usted no significa nada. Pero si va al ayuntamiento, todo saltará. Vi el apellido y lo supe usted puede

¿Destruir? él rió, sin alegría Ni lo sabía.

Solo quería que no lo descubrieran al azar respondió Lucía. Ni gritos, ni pasillo, ni público. Prevenir. Para que lo piense.

Ramón supo que esa era la cita que nadie busca y que rompe el orden. Surgen igual que el bache que sabes dónde está, pero no te puedes librar de pasar junto a él.

El hombre miró mucho rato al parabrisas, hasta que susurró:

¿Está bien?

Lucía asintió.

Trabaja en el aserradero. No bebe. Estuvo en formación profesional, pero lo dejó. Vive con su tía Julia, que es quien lo acogió. Buena gente. Se quieren.

Él cerró los ojos, mano sobre la cara. Ramón vio la marca blanca en la muñeca, como si hubiera quitado el reloj hace poco.

No puedo ir y decir: Hola, soy tu padre, si esto es verdad.

No le pido eso explicó Lucía. Solo que no haga como si el terreno fuera solo un papel.

Ramón sintió que era hora de devolverles el mando, de marcar el límite.

Escuchad dijo. Hasta el distrito faltan cuarenta minutos. Allí podéis desaparecer, hablar, intercambiar teléfonos. Pero si empezáis a destrozaros en el coche, no os llevo más. ¿Estamos?

Él asintió, sin mirar.

Lucía, también.

Ramón soltó el freno, se reincorporó a la carretera. Las ruedas murmuraron en la grava; luego, asfalto otra vez. Dentro, el silencio ya no era vacío, era de esos donde resuenan los pensamientos.

A los pocos kilómetros el hombre sacó el móvil.

¿Tiene usted su número? preguntó sin mirar atrás.

Lucía dudó.

Sí. Pero no sé si debo dárselo.

Y yo, si tengo derecho al terreno respondió él. Hágame un favor: pásame el número. Yo escribiré primero. Sin nombre, solo preguntaré si puede quedar. Si dice que no, no le contactaré más.

Ella miró fuera, buscando fuerzas; luego sacó una libreta, bolígrafo. Ramón se fijó: pasó página limpia, anotó el teléfono, arrancó la hoja con cuidado. No la dio enseguida.

¿Promete que no irá a su casa? dijo ella.

Lo prometo él.

Le pasó el papel. Él lo guardó como un talismán, cerró la cremallera del abrigo.

Ramón miró la carretera y sintió que todo cambiaba de sitio dentro. Creía que sólo importaba llegar, pero entendía que a veces llegar no es kilómetros, sino ofrecer la oportunidad de no estrellarse en plena velocidad.

Al acercarse al distrito, entraron en tráfico. Coches a retales, nervios y claxon. Ramón mantenía distancia. El hombre delante, tieso, hombros tensos. Lucía leía las tiendas, buscando dónde dejar de ser portadora de noticias, volver a sí misma.

Aquí, por favor pidió cuando vio la farmacia de la esquina.

Ramón puso el intermitente, frenó junto al hueco. Ella abrió la puerta, pero antes de bajar, se inclinó hacia adelante.

No sé cómo acabará esto dijo al hombre. No quiero ser culpable. Pero ya no puedo callarme.

Él la miró.

Si se equivoca, me destruye la vida.

Si no me equivoco ya la tenía destruida, solo que no lo sabía. Perdón.

Ella salió y caminó hacia la farmacia, sin mirar atrás. Ramón esperó hasta que se alejó y reanudó el camino.

Al ayuntamiento, por favor murmuró el hombre, como recordándose su objetivo.

Claro asintió Ramón.

Quedaban dos manzanas. En la puerta del ayuntamiento Ramón paró junto a la acera.

Él no descendió al instante. Miró sus manos, sacó el papel, leyó el número.

¿Cree que debo? preguntó a Ramón, sin alzar la vista.

A Ramón no le gustaba aconsejar en asuntos de desgarro, pero el silencio aquí era cobardía.

Si va como por el terreno, tendrá un papel y perderá el sueño. Si entra como quien busca comprender, igual no gana nada de inmediato. Pero seguirá siendo persona. Usted decide.

Él asintió. Guardó el papel, cerró el bolsillo. Finalmente, abrió la puerta.

Gracias dijo, y salió.

Ramón lo vio alejarse, paso nuevo; frente a las puertas, respiró hondo y solo entonces entró.

Ramón dio la vuelta y volvió a la rotonda. Acomodó el cuaderno en el semáforo. La cabeza era un peso, pero no había resignación. Sabía que mañana repetiría la ruta, rostros, preguntas, silencios. Y volvería a preguntar: ¿Hasta el distrito?

Solo que ahora sabría que, a veces, los pasajeros traen años no dichos. Y su tarea es llevarlos de manera que, al menos, tengan la oportunidad de decir lo que importa, ni en el salto, ni a la carrera.

Rate article
MagistrUm
Hacia el barrio