Hasta el barrio
Ramón Ortega detuvo su SEAT Ibiza junto a la tienda de ultramarinos, justo en la bifurcación de caminos, y ni se molestó en apagar el motor. Así era más cómodo: la gente llegaba corriendo, se subía al coche antes de que la calefacción perdiera la batalla contra el frío de enero y él no perdía el ritmo. En el salpicadero tenía una libreta de cuadros con el horario de trayectos, un bolígrafo y unas monedas de euro en un vaso de yogur reciclado. Decía que no era su trabajo, aunque lo fuera de todas todas: llevar hasta el pueblo de la sierra a quienes el autobús no les cuadraba o les resultaba caro.
La carretera se la sabía casi de memoria. Después del puente, un bache traicionero a la derecha que mejor esquivar, aunque haya que meterse por el carril contrario (si viene un tractor, ya se verá). En el arbolado, una señal torcida que, de noche, bien podría pasar por un paisano despistado. Cerca del barrio, el cruce hacia la granja vieja, donde siempre huele a humedad. Y también conocía las caras. Algunos subían una vez a la semana, otros cada día. Unos callaban, otros se lanzaban a contarle su vida como si dentro del coche fuera más fácil.
Ramón no se consideraba psicólogo. Escuchaba, asentía, respondía con monosílabos si preguntaban. A su edad, las palabras de más siempre acaban en agotamiento. Le gustaba la claridad sencilla: subir, llevar, bajar, vuelta a empezar. Sin embargo, hacía tiempo que notaba que el asfalto volvía a la gente más sincera y al conductor, forzosamente, testigo de todo. Testigo, sí, pero sin derecho a firmar el acta.
Se acercó una mujer de unos cuarenta con un plumas color crema y bolso cruzado. Le sonaba de haberla llevado alguna vez, pero ni idea del nombre.
¿Hasta el barrio? preguntó sin girarse mucho, sólo mirando de reojo.
Hasta el barrio confirmó ella sentándose atrás, al lado derecho. Yo voy a la urbanización «Los Pinos».
Fijándose, Ramón notó lo cuidadosa que era: cerró la puerta despacito, temiendo hacer ruido, apoyó el bolso en el regazo y se puso el cinturón al instante. Las de esa clase ni discuten el precio ni piden llévame un poquito más lejos.
Mientras esperaba al segundo pasajero, Ramón ajustó por costumbre los espejos y recolocó la cámara del salpicadero, que ya iba por su tercer año colgando y a veces caía sobre los baches. Tenía apuntados dos trayectos para ese día, éste era el primero. Quería regresar antes de la hora de la comida: había que recoger agua de la fuente y el menisco le chirriaba si estaba mucho sentado.
Apareció un hombre alto en el lado del ultramarinos, con cazadora y mochila pequeña. Venía deprisa, pero aflojó justo al llegar al coche y echó un vistazo al asiento trasero antes de paralizarse.
Ramón detectó ese titubeo: no era susto ni alegría, eran esas décimas de segundo en las que el cerebro se cuestiona la realidad.
¿Hasta el barrio? repitió.
Sí dijo el hombre abriendo la puerta del copiloto y acomodándose. Hasta el pueblo.
Ni se abrochó el cinturón de primeras; puso antes la mochila en las rodillas, luego como por obligación, hizo el clic. Ramón arrancó.
Los primeros kilómetros procedieron en silencio. La mujer de atrás miraba el paisaje, aunque Ramón la espiaba por el retrovisor y notaba que a menudo dirigía la mirada al hombre delante. Él iba tieso, con las manos en la mochila, como si tuviera miedo de que se le escapara.
Ramón puso la radio flojito, pero la apagó al poco. Aquello, en el coche, estorbaba: con los pensamientos ajenos ya iban apretados como sardinas. Mejor el sonido del motor, los neumáticos, la propia respiración.
La carretera, hoy por lo menos, está bien soltó, sólo por dar normalidad al ambiente.
Sí respondió el hombre.
Normalita intervino ella, pero su tono tembló justo medio cuanto más alto de lo que correspondía.
Ramón, sin querer, se sorprendió escuchando más los silencios que las respuestas. Él, más que indiferente, guardaba una pausa de quien revisa qué quiere contar. Ella, la pausa de quien decide cuánto se puede permitir decir.
Al llegar al puente, Ramón esquivó el bache conocidísimo. El coche botó y la mujer se agarró más fuerte al bolso.
¿Tú vienes mucho? preguntó de pronto ella, dirigiéndose al hombre.
Él giró parcialmente la cabeza.
Por gestiones respondió. A veces.
Y tú ella se cortó, a punto de usar un nombre, ¿hace mucho que no te pasan por el pueblo?
A Ramón, la atmósfera en el coche empezó a pesarle, no soportaba cuando los pasajeros se tanteaban sin ir al grano, en su presencia.
Hace mucho respondió el hombre, mirando la carretera. Yo me crié allí.
Ella exhaló bajito, y Ramón vio en el retrovisor cómo fijaba la mirada en la cremallera del bolso.
Recordó su propio lema: no meterse. La gente es adulta y se apaña sola. Funciona, salvo cuando la tensión en el coche levanta un muro invisible y el conductor se convierte en la muralla de contención.
Al pasar el arbolado, el hombre sacó el móvil, revisó la pantalla y lo guardó. Ramón notó que le temblaban los dedos por nervios, no era cosa de frío.
¿Dónde exactamente te dejo? intervino Ramón, buscando regresar a terreno seguro. Paradas hay para aburrir.
Junto al Ayuntamiento dijo el hombre. Tema de papeles.
¿Al Ayuntamiento? repitió la mujer demasiado rápido.
Sí esta vez él la miró casi de perfil. Nariz prominente, barba descuidada, ojos cansados. Es por un terreno.
¿Un terreno? la mujer repitió, y ahora sonó a enfado contenido.
Él la miró con reconocimiento, pero sin la menor alegría. Como cuando uno ve una foto olvidada en casa de la tía.
¿Nos conocemos? preguntó.
Ella cerró los ojos un segundo.
No me recuerdas dijo. Y eso es normal.
Ramón apretó el volante. No quería estar en medio de una conversación que podía acabar en tragedia ajena. Y tampoco podía parar en la nacional a esperar que se aclararan. Así que sólo escuchaba, atento a las palabras, a ver si tocaba frenar en seco.
Perdone el hombre endureció la voz, ¿de qué me conoce?
Del hospital ella le interrumpió. Del comarcal. Hace diez años.
Al hombre se le movió un tic en la cara.
No he estado ahí escupió él.
Sí ella no subía la voz, pero cada palabra pesaba. Usted vino. Una vez. Luego desapareció.
A Ramón le ardían las ganas de decir bajad el tono. Pero no le daba derecho ser conductor, no alcalde ni padre. Aunque el deber del conductor es mantener la paz del habitáculo.
Está usted confundida el hombre trató de zanjarlo.
No ella negó. Su apellido es ¿De la Fuente?
El hombre se estremeció como si le hubieran rozado con una descarga.
¿Cómo lo sabe? espetó.
Estaba en los papeles ella, inexpresiva. Entonces. Y ahora también lo leí.
A Ramón se le fueron cuadrando piezas: nada de coincidencias o Qué pequeño es el mundo. Eso era otra cosa. Ella sí sabía quién era él. Él, ahora, empezaba a situar el asunto.
Semanas atrás comentaban en el pueblo sobre unas gestiones raras de reescritura de propiedad, la aparición de alguien exigiendo lo suyo. Ramón, a lo suyo, no prestó atención. Pero se le encendió la bombilla.
La carretera se ondulaba, el asfalto bacheado hacía vibrar cada palabra.
No entiendo al hombre de delante le salió casi en slow motion. ¿Y usted quién es?
Ella usó el retrovisor y Ramón le aguantó la mirada. Tenía en los ojos una súplica, pero no de auxilio, sino de aguante.
Me llamo Lucía dijo la mujer. Yo era enfermera entonces. En planta pediátrica.
Él tragó saliva.
¿Y?
Y usted venía a ver a un niño ella impasible, los nudillos blancos. A Sergio. Firmó la renuncia. Después desapareció.
¡Yo no firmé nada! protestó el hombre.
Ramón vio cómo tensaba el cinturón, como para arrancarse de ahí, pero aguantó.
Sí firmó insistió Lucía. Yo sujetaba la carpeta. Estaba su firma. Y la dirección. Barrio, Calle Prado, número
Basta el hombre cortó y el motor de repente pareció más ruidoso.
Ramón intuía que estaban a un paso de cruzar un límite, el tipo de bronca que deja cicatriz aunque no corra la sangre.
Tenía fichado un apartadero con marquesina rota, perfecto para una parada neutral.
Vamos a parar un momento anunció calmado. Aquí hay sitio de sobra.
¿Para qué? saltó el hombre.
Porque estáis hablando como si se os olvidara que llevo personas a bordo respondió Ramón, cauto pero firme. También tengo que llevarme a mí mismo.
Paró en el arcén sin apagar el motor, para mantener el calor por si había que largarse. En el silencio se oía hasta el relé de la calefacción.
No obligo a nadie a bajarse anunció, pero si la conversación es tan importante, mejor hacedla sin ir a 90 por la comarcal. Y otra cosa. Yo no soy juez. Soy conductor. Y os tengo que dejar vivos a los dos.
Lucía enmudeció. El hombre miraba el salpicadero como si ahí estuviera la respuesta de la vida.
Ramón se giró hacia el hombre.
Una cosa solo preguntó, ¿de verdad no recuerda el hospital ni la firma, o es que prefiere olvidarlo?
Lo pensó largo rato. Luego soltó la mochila como quien cede un peso invisible.
Recuerdo el hospital susurró. Pero esa historia no. Yo tenía mujer. Estaba de parto. Todo salió mal. Me dijeron que el niño que no había sobrevivido.
Lucía aspiró aire de golpe.
Le mintieron dijo. E inmediatamente, como disculpándose: No sé quién ni por qué. Yo era la nueva, no preguntaba. Sólo vi los papeles.
El hombre la miró con una mezcla de temor y esperanza.
¿Está diciendo que mi?
Digo que el niño vivió bajó la voz Lucía. Después lo dieron en adopción. Los trámites fueron raros. Yo lo intenté averiguar después, pero me dijeron que dejara las cosas estar. Me fui del hospital al año.
Ramón sintió hervir ese enfado impotente que trae la irresponsabilidad ajena: lo fácil que algunos se dijeron cosas acaban por marcar la vida de otros. Pero ahora el cabreo no servía.
¿Por qué me cuenta esto justo ahora? preguntó el hombre. En un coche.
Lucía se miró las manos.
Porque usted ha reclamado el terreno explicó. La casa de la Calle Prado ahí vive Sergio. Veinte años tiene ya. Él piensa que usted… es nadie. Pero va al ayuntamiento, salta el apellido y lo he leído y supe que era usted. El único que puede
¿Destruirlo todo? el hombre ironizó. Ni lo sabía.
No quiero que se vea en público, en un despacho, gritando. Quería advertirle. Que lo piense.
Para Ramón, esa era la clase de encuentro que nunca debería ocurrir. No por inmoralidad, sino porque desmonta todos los soportes vitales. Pero así es la vida: como el bache después del puente, puedes saber de su existencia pero tienes que pasar igual.
El hombre se quedó absorto mirando la luna delantera. Luego susurró:
¿Está bien él?
Lucía asintió.
Trabaja en el aserradero. No bebe. empezó FP pero lo dejó. Vive con una tía, Maruja. Buena mujer. Él la adora.
El hombre cerró los ojos, pasando una mano por la cara. Ramón se fijó en la marca pálida de un reloj recién quitado.
No puedo presentarme y decir Hola, soy tu padre, dijo. Si esto es verdad.
No quiero eso respondió Lucía. Sólo pido que no actúe como si lo del terreno fuera un simple papel.
Ramón entendió que tocaba darles espacio. Ni empujar ni retener, sólo trazar los límites.
A ver intervino, quedan unos cuarenta minutos hasta el barrio. Allí podéis separar caminos o seguir hablando. O intercambiar teléfonos. Pero si empezáis a destrozaros aquí dentro, no sigo conduciendo. ¿Vale?
El hombre asintió sin mirar. Lucía también.
Ramón soltó el freno de mano y volvió a la nacional. Los neumáticos murmuraban sobre el asfalto. En el interior, el silencio era ya denso: nadie se sentía solo, pero cada uno necesitaba digerir la verdad.
A los pocos kilómetros, el hombre sacó su móvil.
¿Tienes el teléfono de él? preguntó sin girarse.
Lucía dudó.
Lo tengo, sí. Pero no sé si me corresponde dárselo.
Y yo no sé si me corresponde reclamar el terreno dijo él. Hagamos algo. Me das el número y primero le escribo. Sin nombre. Pregunto si acepta verme. Si dice no, desaparezco.
Lucía miraba el paisaje, como si ahí estuviera la respuesta. Sacó al rato una libretita, apuntó el número, arrancó la hoja con pulso perfecto.
¿Prometes no aparecerte en su casa? pidió.
Lo prometo.
Ella le pasó el papel, él lo cogió como si fuera porcelana y lo guardó bajo la cremallera.
Ramón, mirando al frente, notó que algo se transformaba en sus adentros. Siempre pensó que su labor era llevar gente de un lado a otro. A veces, pensó, el trayecto no va sólo de kilómetros: a veces toca conducir para que la gente tenga la oportunidad de no dar un paso más allá en plena marcha.
Al entrar en el barrio, se vieron atrapados por el tráfico: cláxones, tensión, el típico estrés del semáforo. Ramón con distancia prudente, el hombre delante, rígido pero tenso, Lucía leyendo carteles, buscando mentalmente una salida que la devolviera a su vida normal.
Aquí me bajo, por favor pidió ella cuando vio la farmacia de la esquina.
Ramón se apartó, Lucía abrió la puerta; justo antes de salir, se asomó hacia delante.
No sé cómo acabará esto le dijo. No quiero ser la mala, simplemente no podía seguir callando.
Él la miró.
Si te equivocas, arruinas mi vida respondió.
Si no me equivoco, ya la tienes arruinada y ni lo sabías dijo Lucía, en voz baja. Lo siento.
Salió y marchó hacia la farmacia sin mirar atrás. Ramón esperó a que se alejara antes de arrancar.
Al ayuntamiento, por favor remató el hombre, de nuevo como recordándose el objetivo.
Ya lo sé respondió Ramón.
Avanzaron unas calles más. Ramón detuvo el coche junto al Ayuntamiento. El hombre tardó en bajar; primero miró el papel, luego lo guardó.
¿Usted qué haría? preguntó, sin levantar la mirada.
Ramón no solía dar consejos de ese tipo, pero quedarse callado sería de cobardes.
Mire dijo despacio, si va sólo a por el terreno, tendrá el papel y perderá el sueño. Si va para comprender, quizá no logre nada tangible, pero seguirá siendo persona. Usted decide.
El hombre asintió, se guardó el papel, y finalmente abrió la puerta.
Gracias dijo, y se fue.
Ramón le vio avanzar hasta la entrada, ni deprisa ni despacio, como quien reaprende a caminar. Se detuvo, respiró hondo y entró.
Ramón dio la vuelta y condujo de nuevo hacia la bifurcación. La libreta se había desplazado un poco, la recolocó en rojo. La cabeza le pesaba, pero no era desesperación. Sabía que mañana haría el mismo trayecto, y que seguirían subiendo caras, preguntas, silencios. Y él, siempre, preguntaría: ¿Hasta el barrio?
Ahora, eso sí, sabiendo que a veces el coche va cargado no sólo de pasajeros, sino de los años que otros no se atreven a poner en palabras. Y que su misión es llevarlos hasta un punto donde tengan la oportunidad de decirlo, aunque no sea en medio de baches ni a toda velocidad.





