Haceos a un lado, vamos a vivir aquí diez años
La suegra guardó silencio unos instantes, luego soltó de golpe:
Ay, Lucía, que Herminia es una mujer de armas tomar Cuando se le mete algo en la cabeza, no hay quien la pare.
Pero tienes que entenderla: quiere que Estrellita estudie, que tenga una buena formación…
¿A costa mía? Lucía se detuvo frente al espejo.
En el reflejo le devolvía la mirada una mujer pálida, el pelo revuelto.
Doña Amalia, deténgalas. Que se bajen en la estación más próxima y se vuelvan donde sea. No voy a recibirlas. No pueden quedarse en mi piso.
¿Y cómo quieres que las pare yo? protestó la suegra con voz gimoteante. Ya van de camino. Herminia pidió un préstamo para la matrícula, no tienen ni un céntimo para alojamiento.
Ella contaba con tu ayuda. Luci, mujer, echa a los inquilinos, ¿te cuesta tanto? Al fin y al cabo, es sangre de tu sangre…
¿Sangre de mi sangre? Si yo a Estrella, tu sobrina, la habré visto dos veces en mi vida, ¡como mucho! ¿Pretendes que tire a la calle a la familia que vive allí, deje a mis padres sin ayuda y a mi hija sin sus actividades solo porque se le ha antojado a tu hermana?
En ese momento sonó el móvil, un zumbido agudo desde el abrigo. Lucía lo sacó sin quitarse el abrigo. El mensaje era de Herminia, la hermana de su suegra.
¡Hola, Lucía! Ya vamos en el AVE. Los billetes para las 19:40, mañana a primera hora llegamos a Atocha. Ven a buscarnos, Estrella y yo vamos con todas las ganas.
Pásame la dirección de tu pisito, que la otra vez no la apuntamos. ¿Dónde recogemos las llaves?
Lucía se quedó helada. Releyó el texto tres veces, convencida de algún error absurdo. ¿Qué pisito? ¿Qué Estrella?
Mamá, ¿te has quedado ahí parada? Claudia asomó el hocico por el pasillo. Tengo hambre.
Ya voy, gatita murmuró Lucía, acariciando la cabeza de su hija sin dejar el móvil.
Marcó el número de Herminia. Descolgaron al instante, de fondo se oía el traqueteo del tren y carcajadas estrepitosas.
¡Luciíta! trino chillón de tía. ¿Has recibido noticia? ¡Mejor así, de sorpresa! Para que no te líes cocinando, traemos de todo.
Herminia, espera interrumpió Lucía . No entiendo nada. ¿A dónde vais?
¿A dónde vamos? ¡A Madrid! ¡Que Estrella ha entrado en la facultad! Ya te lo conté en primavera. No consiguió beca, pero ya se apañará con matrícula privada.
Tenemos todo hecho, nos vamos a instalar en tu piso.
¿En mi… qué? Lucía se apoyó con la espalda en la pared. ¿En el piso que llevo alquilando seis años? Herminia, ¿te das cuenta de lo que dices?
¡Anda ya! el tono de Herminia cambió al instante . Hace seis años, cuando tu abuela te dejó ese piso, nos sentamos a la mesa, ¿o no te acuerdas?
Yo entonces dije: Ya tiene Estrella piso cuando se venga a estudiar. Y tú te callaste. Así que lo tomamos como un sí. Lo hemos esperado todos estos años.
Me callé porque me parecía una chorrada casi gritó Lucía ¡Jamás he pensado en dejarles entrar!
Allí vive una familia con niño. Tenemos contrato; pagan puntualmente. Con ese dinero viven mis padres y Claudia puede ir a sus clubs.
¿Acaso lo pensasteis cuando comprasteis los billetes?
¡Pensamos que somos familia! gritó Herminia ¿O es que los madrileños ya habéis perdido la vergüenza?
¿Vas a dejar a tu sobrina en la estación abandonada? ¿Ya has llamado a tu marido? ¿Sabe que vas a echar a su familia a la calle?
Miguel está de viaje por Valladolid, tiene cobertura fatal. El piso, Herminia, es mío. Mí-o. ¿Entiendes?
Lo compró mi abuela, me lo dejó a mí. Miguel ni pincha ni corta en esto.
¡Vaya forma de hablar! ¿Lo oyes, Estrella? ¡La mujer de tu tío ni nos quiere ver! Pues nada, ya veremos cuando lleguemos.
Pésima cobertura, nos vemos mañana en el andén.
Lucía se quedó mirando el móvil.
Claudia, vete a la cocina; hay tortilla de verduras en la nevera, caliéntala tú misma gritó a su hija. De manos temblorosas, marcó el número de su suegra.
Doña Amalia tardó en descolgar.
Sí, Lucía, dime.
¿Sabía usted que su hermana y su sobrina vienen a Madrid con la intención de instalarse en mi piso?
Bueno… Herminia comentó algo, pero creí que lo habíais hablado susurró la suegra.
¿Hablado? Llevo alquilando el piso seis años. La mitad del dinero va para medicinas de mis padres, que apenas tienen la pensión. La otra mitad para las clases de Claudia.
¿No podía haberles dicho usted que no era posible?
No me levantes la voz murmuró la suegra, con tono dolido. Yo aquí no tengo nada que ver. Arregladlo entre vosotras.
No molestes a Miguel, está con temas de trabajo y bastante nervioso ya.
Lucía dejó el móvil sobre el sofá. Su marido siempre rehuyó los líos familiares, aunque si se trataba de su madre o tía, se volvía de mantequilla.
Lucía, ellos vienen del pueblo. Tienen otra manera de ver la vida, sabes…, es más fácil ceder solía decirle él.
Intentó llamarle. Fuera de cobertura. Por supuesto. Cuando lo necesitas, siempre “fuera”.
***
El desastre no tardó. Herminia llamó a las cinco, vociferando que Lucía fuera a recogerlas ¡de inmediato!
Estamos molidas, hambrientas y aquí hace un frío que pela. ¿No piensas levantarte? ¡Ven YA! Que a los quince minutos quiero verte aquí.
Lucía, medio dormida, no supo ni con quién hablaba. Al entenderlo le gritó seco:
¡Déjame en paz! No pienso ir a buscaros NI os dejo entrar en mi piso. Ya está bien.
Tras la décima llamada, bloqueó a la tía. Herminia siguió llamando desde el móvil de su hija, también lo bloqueó.
El resto del día, Amalia la hostigó suplicando que hiciese un sacrificio por la familia, amenazando con enemistarse, con telefonear a Miguel…
Por la noche, llegó Miguel sin avisar.
Lucía, ¿qué ha pasado aquí? preguntó al entrar. Mamá está hecha polvo, dice que has echado a Herminia a la calle.
Lucía, después de besarle, explicó:
Han llegado sin avisar, exigiendo que expulse a la familia del piso y que Estrella viva gratis, ¡mínimo cinco años!
Miguel, ¿a ti esto te parece medio normal?
Que, por cierto, ya están acopladas en casa de tu madre. ¿A qué has venido?
Mi madre me llamó; y Herminia me ha quemado el teléfono…
Lucía, ¿y si aflojamos un poco? Hasta que encuentren residencia…
Lucía negó rotunda.
No hay residencia. Ni la han pedido, Herminia estaba convencida de que el piso ya era suyo. No buscaron ninguna alternativa, solo vinieron a su piso.
Mi madre asegura que lo prometiste hace seis años…
Callé entonces, Miguel. Aquello era un velatorio, estaba yo para bromas… ni caso le hice.
Herminia está del demonio. Ha jurado no querer saber nada más de nosotros. Por cierto, en casa de mi madre no se quedan: está lejos de la facultad.
Les he mandado mil euros; parece que encontraron una habitación…
¡Menos mal! exclamó Lucía palmoteando la mesa . Ya ni por ese dinero me cabreo. ¡Libres al fin!
Miguel suspiró y bajó la cabeza.
Lucía, están en una habitación de un piso compartido. Herminia chillando que si cucarachas, que si vecinos informales…
Pues que se adapten. Si uno quiere vivir en la capital, que se las apañe, no espere milagros de familiares cuyas caras ni recuerda. ¡Y ni un cumpleaños ha felicitado a nuestra hija!
Lucía se dirigió al dormitorio, su marido cabizbajo tras ella.
Lucía, queda feo Parece que las hemos abandonado a su suerte. ¿Y si les pasa algo? ¿Y si las vecinas son conflictivas? ¿No te da pena Herminia?
Lucía se giró en seco:
Miguel, tengo una hija y unos padres, que dependen de mí. Y un piso que mi abuela se ganó con esfuerzo propio.
No dejaré que lo desperdicien solo porque a alguien a seiscientos kilómetros se le antoja que le pertenece.
¿Te parece lógico que les compadezca? Dímelo, anda.
Él guardó silencio. Lucía añadió:
¿Quieres cenar? Voy a calentar algo. Y fin del tema. Si quieres ayudarles, hazlo tú. Pero el piso sigue alquilado, y no pienso echar a nadie. Se acabó.
Vale, tienes razón. Ni yo querría que tus padres llegaran un día al chalé de los míos diciendo: Haceos a un lado, vamos a vivir aquí diez años.
Después de cenar, cuando Miguel se metió a la ducha, Lucía miró el móvil. Mensaje sin leer de la suegra:
Lucía, así tampoco se puede. Herminia se ha puesto mala de puro disgusto. Tráeles comida, al menos.
Llévate bastante, que alcance unas semanas:
Carne, verduras, fruta y bombones. Café, té, cosas de aseo, aceite de oliva.
También pescado fresco o en lata, pero que no sea conservas que a Herminia no le gustan. Dirección:
Lucía no dudó: bloqueó también a la suegra. Al menos unos días de descanso.
***
Esa noche la familia no la molestó más.
Pero Herminia apareció a la mañana siguiente, puntual a las siete.
Lucía despertó sobresaltada por los golpes en la puerta.
Miguel dormía, así que tuvo que abrir ella.
La tía arremetió de inmediato:
¿Tú aquí, calentita, con tu edredón, con cama limpia? ¿Te has preguntado cómo hemos pasado la noche yo y Estrella?
Siento asco, todo lleno de bichos, ¡la habitación helada! El suelo un témpano.
A la derecha, todo la noche gritando flamenco, a la izquierda peleando como locos.
¿No te da vergüenza que tus familiares vivan así?
Mira, Lucía, discutirte no quiero. Si no echas a los inquilinos, pues nos mudamos contigo.
Tenéis tres habitaciones, ¿no? Sobra una para nosotras, solo queremos la mayor, somos dos al fin y al cabo.
Pero tranqui, será para pocos meses, quizá medio año. Cuando Estrella se adapte, nos vamos.
Lucía se quedó sin palabras.
Mejor olvida el camino a esta casa. No destrocemos más la relación.
¿Necesitas que llame a la policía? La llamo. Me dará igual.
Herminia se puso roja como un tomate: Lucía, por primera vez, sintió incluso miedo.
¡Que te pudras, madrileña fina! ¡Ojalá tu hija limpie portales de por vida y no estudie jamás!
Ya me pedirás favores, y sabrás lo que es bueno. El mundo es redondo y resbaladizo.
Lucía le cerró la puerta en las narices. Herminia siguió gritando en la escalera unos minutos, y se fue.
***
La pelea con Herminia arruinó la relación con la suegra doña Amalia no le habla más.
Miguel sigue visitando a su madre, la ayuda y a veces lleva a la nieta, pero ella no pone un pie en el piso de su hijo.
Lucía, en el fondo, sentía alivio: una preocupación menos.







