Hace unos meses empecé a crear contenido en redes sociales. No lo hice por ansias de fama ni por buscar atención, sino simplemente porque me entretenía. Me gusta grabar recetas, compartir momentos cotidianos junto a mi hija Claudia, pequeños detalles de nuestro hogar. Nada planeado ni profesional, solo vídeos sencillos, del salón o la cocina mientras hago mis cosas diarias.
Desde el principio mi marido, Javier, empezó a sentirse incómodo. Al comienzo lo manifestaba con comentarios irónicos: que para qué lo hacía, que quién iba a verme, que por qué necesitaba subir vídeos. Le expliqué que no buscaba nada especial, que simplemente era algo que me distraía. Pero él no lo veía así.
Un día me dijo, sin rodeos, que lo que realmente pretendía era llamar la atención de otros hombres. Que quería gustarles, que me mirasen. Me quedé callado, porque no entendía de dónde salía esa idea. Mis vídeos son de comida, del bocadillo que preparo para Claudia, de una receta que me salió bien. No salgo en bañador, no bailo, no muestro el cuerpo.
Lo más absurdo es que tengo apenas 99 seguidores. Noventa y nueve. Y más de la mitad son familia: primos, tías, amigas del colegio. Se lo enseñé. Le mostré el perfil, los comentarios. Aun así, insistía en que no era una cuestión de número, sino de intención. Que yo buscaba algo.
Comenzaron las discusiones. Cada vez que cogía el móvil para grabar, me miraba con recelo. Si subía un vídeo, preguntaba quién lo veía. Si alguien dejaba un emoji, lo interpretaba como un coqueteo. Un día me pidió ver mis mensajes privados, cuando ni siquiera tenía ninguno. Dijo que subir vídeos era una falta de respeto hacia él como esposo.
Llegué al punto de dejar de grabar con tranquilidad. Empecé a pensármelo dos veces antes de subir cualquier cosa. Sentía que me observaba. Algo que empezó como una afición se convirtió en una fuente de discusión. Él me decía que estaba cambiando, que ya no era la misma, que quería llamar la atención. Pero yo sentía que no podía hacer nada sin que lo malinterpretara.
Hoy subo muy poco. No porque no quiera, sino porque cada publicación parece un motivo para una disputa nueva.
¿Y ahora qué hago?







