Hace unos meses empecé a crear contenido en redes sociales, no porque quiera ser famosa ni busque atención, simplemente porque me gusta: disfruto grabando recetas, mostrando momentos cotidianos con mi hija, pequeños instantes de nuestro hogar; nada está preparado, nada es profesional, son vídeos sencillos desde la cocina o el salón mientras hago mis cosas diarias. Sin embargo, desde el principio mi marido se sintió incómodo: primero fueron comentarios irónicos sobre por qué lo hacía, quién iba a verme, para qué necesitaba publicar vídeos; yo le decía que no buscaba nada, solo era una distracción para mí, pero él no lo veía así. Un día llegó a decirme directamente que lo hacía para atraer la atención de otros hombres, que quería que me vieran y me apreciaran; me quedé callada porque no entendía de dónde salía eso, si mis vídeos son de comida, de la fiambrera de mi hija, de alguna receta que me quedó bien… Nunca salgo en bikini, ni bailo, ni muestro mi cuerpo. Lo más absurdo es que tengo 99 seguidores, la mitad son familia – primos, tías, amigos del colegio; se lo expliqué, le enseñé el perfil, los comentarios, y aun así insistía en que no era la cantidad, sino la intención, que yo estaba “buscando algo”. Empezaron las discusiones: cada vez que cogía el móvil para grabar algo, me miraba de reojo; si subía un vídeo, me preguntaba quién lo había visto; si alguien ponía un emoji, lo interpretaba como un coqueteo; incluso llegó a pedirme que le enseñara mis mensajes privados, aunque no tenía ninguno. Decía que esto era una falta de respeto hacia él como marido. Llegó un punto en que dejé de grabar tranquila: empecé a pensármelo dos veces antes de subir cualquier cosa, me sentía vigilada. Lo que empezó siendo un hobby se convirtió en fuente de tensión; él decía que yo estaba cambiando, que ya no era la misma, que solo quería “ponerme en exposición”, y yo simplemente sentía que no podía hacer nada sin que se malinterpretara. Hoy en día publico menos, no porque no quiera, sino porque cada publicación parece el detonante de una nueva discusión. ¿Qué debería hacer?

Hace unos meses empecé a crear contenido en redes sociales. No lo hice por ansias de fama ni por buscar atención, sino simplemente porque me entretenía. Me gusta grabar recetas, compartir momentos cotidianos junto a mi hija Claudia, pequeños detalles de nuestro hogar. Nada planeado ni profesional, solo vídeos sencillos, del salón o la cocina mientras hago mis cosas diarias.

Desde el principio mi marido, Javier, empezó a sentirse incómodo. Al comienzo lo manifestaba con comentarios irónicos: que para qué lo hacía, que quién iba a verme, que por qué necesitaba subir vídeos. Le expliqué que no buscaba nada especial, que simplemente era algo que me distraía. Pero él no lo veía así.

Un día me dijo, sin rodeos, que lo que realmente pretendía era llamar la atención de otros hombres. Que quería gustarles, que me mirasen. Me quedé callado, porque no entendía de dónde salía esa idea. Mis vídeos son de comida, del bocadillo que preparo para Claudia, de una receta que me salió bien. No salgo en bañador, no bailo, no muestro el cuerpo.

Lo más absurdo es que tengo apenas 99 seguidores. Noventa y nueve. Y más de la mitad son familia: primos, tías, amigas del colegio. Se lo enseñé. Le mostré el perfil, los comentarios. Aun así, insistía en que no era una cuestión de número, sino de intención. Que yo buscaba algo.

Comenzaron las discusiones. Cada vez que cogía el móvil para grabar, me miraba con recelo. Si subía un vídeo, preguntaba quién lo veía. Si alguien dejaba un emoji, lo interpretaba como un coqueteo. Un día me pidió ver mis mensajes privados, cuando ni siquiera tenía ninguno. Dijo que subir vídeos era una falta de respeto hacia él como esposo.

Llegué al punto de dejar de grabar con tranquilidad. Empecé a pensármelo dos veces antes de subir cualquier cosa. Sentía que me observaba. Algo que empezó como una afición se convirtió en una fuente de discusión. Él me decía que estaba cambiando, que ya no era la misma, que quería llamar la atención. Pero yo sentía que no podía hacer nada sin que lo malinterpretara.

Hoy subo muy poco. No porque no quiera, sino porque cada publicación parece un motivo para una disputa nueva.

¿Y ahora qué hago?

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MagistrUm
Hace unos meses empecé a crear contenido en redes sociales, no porque quiera ser famosa ni busque atención, simplemente porque me gusta: disfruto grabando recetas, mostrando momentos cotidianos con mi hija, pequeños instantes de nuestro hogar; nada está preparado, nada es profesional, son vídeos sencillos desde la cocina o el salón mientras hago mis cosas diarias. Sin embargo, desde el principio mi marido se sintió incómodo: primero fueron comentarios irónicos sobre por qué lo hacía, quién iba a verme, para qué necesitaba publicar vídeos; yo le decía que no buscaba nada, solo era una distracción para mí, pero él no lo veía así. Un día llegó a decirme directamente que lo hacía para atraer la atención de otros hombres, que quería que me vieran y me apreciaran; me quedé callada porque no entendía de dónde salía eso, si mis vídeos son de comida, de la fiambrera de mi hija, de alguna receta que me quedó bien… Nunca salgo en bikini, ni bailo, ni muestro mi cuerpo. Lo más absurdo es que tengo 99 seguidores, la mitad son familia – primos, tías, amigos del colegio; se lo expliqué, le enseñé el perfil, los comentarios, y aun así insistía en que no era la cantidad, sino la intención, que yo estaba “buscando algo”. Empezaron las discusiones: cada vez que cogía el móvil para grabar algo, me miraba de reojo; si subía un vídeo, me preguntaba quién lo había visto; si alguien ponía un emoji, lo interpretaba como un coqueteo; incluso llegó a pedirme que le enseñara mis mensajes privados, aunque no tenía ninguno. Decía que esto era una falta de respeto hacia él como marido. Llegó un punto en que dejé de grabar tranquila: empecé a pensármelo dos veces antes de subir cualquier cosa, me sentía vigilada. Lo que empezó siendo un hobby se convirtió en fuente de tensión; él decía que yo estaba cambiando, que ya no era la misma, que solo quería “ponerme en exposición”, y yo simplemente sentía que no podía hacer nada sin que se malinterpretara. Hoy en día publico menos, no porque no quiera, sino porque cada publicación parece el detonante de una nueva discusión. ¿Qué debería hacer?