Hace ya unos cuantos años, recuerdo que empecé a crear contenido en las redes sociales. No era porque quisiera ser famosa ni porque buscara llamar la atención. Simplemente me resultaba agradable. Me gustaba grabar recetas, mostrar pequeños momentos cotidianos con mi hija, instantes sencillos de la vida familiar en nuestra casa en Madrid. Nada estaba preparado de antemano, nada era profesional. Eran vídeos normales y corrientes, tomados en la cocina o en el salón mientras hacía las tareas del día a día.
Desde el principio, mi marido, Javier, comenzó a sentirse incómodo. Al principio soltaba comentarios sarcásticos, casi en broma, sobre por qué lo hacía o quién querría ver mis vídeos. Qué necesidad tenía yo de subir esas cosas. Yo le explicaba que no esperaba nada a cambio, que simplemente me distraía y me hacía feliz. Pero él no lo veía así.
Recuerdo bien el día en que, de forma directa, me dijo que lo hacía para llamar la atención de otros hombres. Que ellos me miraran, que les gustara. Yo me quedé callada, pues no entendía de dónde salía aquello. Mis vídeos trataban de comida, de la fiambrera que preparaba a mi hija Lucía para el colegio, de una receta de croquetas que me había salido bien. No salía en bañador, ni bailaba, ni mostraba mi cuerpo.
Lo más absurdo de todo era que tenía noventa y nueve seguidores. Noventa y nueve. Y la mitad eran de la familia: primos, tías, amigas de cuando iba al colegio. Se lo dije. Le enseñé el perfil, le mostré los comentarios. Pero él insistía en que no importaba el número, sino la intención. Que yo “andaba buscando algo”.
Empezaron las discusiones. Cada vez que sacaba el móvil para grabar algo, me miraba con desconfianza. Si publicaba un vídeo, me preguntaba quién lo habría visto. Si alguien dejaba un emoticono, él lo interpretaba como un coqueteo. Una vez me pidió que le enseñara mis mensajes privados, aunque no había nada que esconder. Decía que aquello era una falta de respeto hacia él como esposo.
Llegó un momento en que dejé de grabar con tranquilidad. Antes de subir algo, lo pensaba dos veces. Me sentía observada y juzgada. Algo que empezó como una sencilla afición se convirtió en motivo de tensión en casa. Él repetía que yo estaba cambiando, que ya no era la misma, que solo quería exhibirme. Yo, por dentro, sentía que no podía hacer nada sin ser malinterpretada.
A día de hoy, publico mucho menos. No porque no quiera, sino porque cada publicación se vuelve motivo de una nueva discusión.
Todavía me pregunto qué debería hacer.






