Hace poco tuve un encuentro que aún no logro quitarme de la cabeza. Paseaba por la Gran Vía cuando vi a una mujer joven, con su hija de apenas año y medio cogida de la mano, caminando sin mirar a nadie, como si no existiera nada más en el mundo salvo sus propios pensamientos. Tuve que llamarla para que se detuviera; de otro modo, habría pasado de largo sin ni siquiera verme. Al principio, su cara se iluminó al reconocerme, pero enseguida esa chispa desapareció y la cubrió una expresión de extraña indiferencia. Fue entonces cuando, preocupado, le pregunté qué le ocurría. Así fue como, con voz cansada, me confesó entre suspiros sus problemas familiares.
Me contó que se casaron enamorados; el noviazgo transcurrió entre paseos por El Retiro, miradas cómplices y promesas. Nada parecía indicar entonces que la rutina lo pondría todo del revés. Tras la boda, su marido la adoraba, parecía que flotaba cada vez que él la miraba. Sin embargo, tras el nacimiento de su hija, algo se quebró de manera irreversible. El hombre, que trabajaba desde casa, comenzó a verlo apenas como un inconveniente, responsabilizando a la niña de cada interrupción o llanto. La mayoría de las tareas de la pequeña, claro, recaían sobre ella, aunque él tampoco se libraba de los berrinches y las noches en vela.
Con ella de baja por maternidad y el sueldo de ambos menguado, el marido vio la ocasión perfecta para descargar todo el peso del cuidado en su mujer. No tardó en exigir que volviese al trabajo lo antes posible, llevándose a la niña con los abuelos, sin importarle demasiado si los abuelos estaban preparados para cuidar de una criatura tan pequeña. Todo argumentaba por la necesidad de aumentar el dinero en casa. Inspeccionó guarderías y alternativas para tener la menor responsabilidad posible en la crianza.
Llegó al punto de dejar de darle dinero para la compra argumentando que ella gastaba demasiado, pasando a encargarse él mismo de elegir qué ponía en la cesta del supermercado. Según él, así controlaba el gasto y evitaba que se malgastaran euros en caprichos.
Ella, buscando refugio y un poco de aire, comenzó a salir más seguido, paseando con su hija por el Parque del Oeste o los jardines del barrio, solo para evitar la tensión de quedarse en casa.
Afligida, mi amiga Beatriz se llama me preguntó qué podía hacer. No encontraba una respuesta. El divorcio ni se le pasaba por la cabeza, aunque reconoce que su esposo, Ignacio, tiene defectos y la convivencia es dura, ella aún lo ama demasiado como para dejarle. No quería tampoco privar a su hija de crecer con ambos padres, por más que la situación la desgastase. A esto se sumaba el cansancio de sentirse siempre acusada de no aportar suficiente dinero, como si la culpa fuese totalmente suya.
Cuando llegó el momento de despedirnos le dije aquellas cosas de rigor, sé fuerte, las cosas mejorarán, todo se pasa, aunque en mi interior no sé si yo mismo me creía esas palabras. Al final, entendí que escuchar a quien lo necesita a veces es el único consuelo real que uno puede ofrecer. Hoy, al escribir estas líneas, comprendo que nadie puede vivir por los demás, pero sí puede estar a su lado cuando todo pesa. Esa es, quizá, la mayor lección que me llevé de aquel paseo.







