Recientemente, entre los jirones de la noche y bajo la luz anaranjada de una farola, me encontré con una mujer que paseaba por la calle con su hija pequeña de apenas año y medio. Deslizaban sus pasos como si flotaran sobre el empedrado de Madrid, completamente ajenas a la maraña de voces, coches y palomas alrededor. Si no hubiese pronunciado su nombre Estrella me habría atravesado como si no existiera. Cuando por fin me reconoció, primero asomó en su rostro una sonrisa efímera; luego, como si algo húmedo la borrara, regresó una indiferencia extraña a su expresión, esa frialdad tan propia de los sueños.
No pude evitar preguntar qué le ocurría, y entonces, envuelta en el verde musgo de sus palabras, me contó la historia de su familia, enredada como una enredadera en la tapia del pasado.
Su matrimonio con Alvaro fue de esos que parecen escritos por un poeta romántico tras demasiada sidra. El noviazgo, lleno de ternura y susurros, parecía bailar entre castañas asadas y paseos de domingo por El Retiro. Tras la boda, Alvaro apenas la dejaba tocar el suelo, cada gesto compartido era una caricia de brisa. Pero los caminos del corazón, como las callejuelas antiguas de Toledo, a menudo se bifurcan misteriosamente.
Con el nacimiento de su hija, Aurora, todo cambió. Alvaro, que trabajaba en casa rodeado de papeles, no encajó bien el caos musical de los balbuceos y lloros. El oficio de padre resultó más amargo de lo esperado. La mayor parte de la crianza recaía sobre Estrella, aunque, a veces, Alvaro también recibía alguna regañina amarga, como un trozo de pan duro olvidado en la cesta.
Pronto, con Estrella en baja por maternidad y el sueldo menguando como la luna en cuarto menguante, Alvaro empezó a trasladar sobre sus hombros el peso de todas las responsabilidades. No tardó en exigirle que volviera al trabajo y dejara a Aurora al cuidado de los abuelos, convencido contra toda explicación de Estrella de que los abuelos siempre podrían apañárselas, aun si apenas podían con el paso del tiempo. Analizó cada esquina de la ciudad en busca de guarderías donde aparcar la infancia de Aurora, sólo para no interrumpir sus labores domésticas.
Pronto decidió hacerse él mismo con las compras y no darle a Estrella ni un euro para el pan ni para el café; según él, ella gastaba demasiado en caprichos innecesarios. Comenzó a llevar él mismo las bolsas del mercado, juzgando el pesar de cada moneda.
Asfixiada, Estrella encontró alivio en las sendas del parque del Oeste y en el aire salino que a veces arrastra la sierra de Guadarrama. Salía de casa con Aurora, paseando entre columpios y bancos de madera, para no tener que soportar la prisión invisible del piso ni el silencio lleno de reproches que se acumulaba entre los muros de su salón.
Desesperada, mi amiga flotaba ante mí, preguntándome qué hacer, como una medusa bajo aguas profundas. ¿Divorciarse? Ni pensarlo. A pesar de los relámpagos, Estrella no podía arrancarse a Alvaro del pecho. El amor, como los helechos, había echado raíces en sus entrañas. Además, no quería romper la familia: quería que Aurora aprendiese a caminar bajo el mismo tejado, con ambos padres presentes a la hora de la merienda.
Estaba cansada del eco de las mismas palabras: que no generaba ingresos, cuando ni siquiera era culpa suya.
Cuando terminé de cruzar la frontera de aquel encuentro, con la niebla del sueño aún pegada a los párpados, sólo me salían frases sueltas, vagas, a medias verdad: Sé fuerte, Estrella, Ya verás que todo pasa, Al final, todo saldrá bien. La dejé allí, bajo el titilar de la farola, esperando que, en algún rincón escondido del sueño, se cumplieran esas palabras como el tintineo de unas monedas de euro en el fondo de un bolsillo olvidado.






