Cuando Inés cumplió diecisiete años, su madre le confesó que estaba esperando otro hijo. Al principio, Inés quedó atónita ante semejante revelación. ¡Yo soy la que debería tener un bebé! ¡Tú ya tienes nietos a los que cuidar! Si hubiera querido ser madre, ya lo habría hecho antes. ¡Me vas a avergonzar delante de mis amigas! ¡Vieja loca! gritó Inés furiosa, mientras las lágrimas asomaban a los ojos de su madre. Durante todo el embarazo, la joven no pudo superar el resentimiento, estallando en lágrimas a la menor provocación. Ni su propio padre pudo soportar el ambiente, e intentó intervenir, pero Inés terminó escapándose de casa.
Deambulando por las calles de Madrid, Inés se sentía consumida por pensamientos acerca de su propia inutilidad. Le preocupaba que, una vez nacido el bebé, ella pasaría al olvido. El tiempo pasó y, finalmente, su padre llevó a la madre y al recién nacido de vuelta a casa. Los sentimientos de Inés la abrumaron aquel día en que su madre entró en el salón con el pequeño en brazos. Las lágrimas de Inés rodaron por sus mejillas cuando vio a la niña. En ese instante, comprendió el inmenso amor que sentía por ese pequeño milagro.
Hoy, Inés tiene ya treinta y siete años, está casada y vive con su marido y su hijo de dieciséis años en un piso de tres habitaciones, en pleno centro de Salamanca. Actualmente, su hijo, pronto se convertirá en hermano mayor. Una inquietud invade el corazón de Inés mientras espera el regreso de su hijo tras el colegio; sabe que debe contarle la noticia de su embarazo. Se siente aterrada, temiendo que su hijo reaccione igual que ella cuando tenía su edad. Sin embargo, sus temores resultan ser infundados.
¿Voy a tener un hermano o hermana? ¡Eso es genial, mamá! ¡Te voy a ayudar en todo! exclamó su hijo, rebosante de entusiasmo, abrazando fuerte a Inés. Ella, emocionada hasta las lágrimas, sintió alivio tras la espera angustiosa, alegría por tener un hijo tan maduro y sabio y, al mismo tiempo, remordimiento por los errores cometidos en el pasado. Sentada en la cocina, Inés lloraba en silencio, susurrando para sí: Mamá, perdóname… Mamá, perdóname…. De repente, se percató de la expresión confundida de su hijo. Preocupada, preguntó: ¿Qué pasa?
Para su tranquilidad, el muchacho respondió: No pasa nada, mamá. Venga, comamos y luego vamos juntos a casa de los abuelos y de la tía para contarles la buena noticia.




