Dejé la taza de café sobre la mesa cuando sonó el móvil. Número desconocido, pero con esa insistencia en los tonos que ya casi era familiar, como si supiera que yo estaba obligada a contestar. Miré la pantalla y lo supe enseguida: era él. Víctor. Mi ex, el que hace cinco años me dejó plantada por otra y allí tuvo un niño.
No contesté de inmediato. Me quedé de pie junto a la ventana, viendo el patio donde los niños jugaban al fútbol entre las macetas, pensando: ¿para qué? ¿Por qué otra vez?
El teléfono enmudeció. Y volvió a la carga.
Suspiré, resignada, y respondí.
Rosalía, hola La voz de Víctor sonaba baja, casi pidiendo perdón. Tengo que hablar contigo. Es urgente.
¿De qué? Me senté en la repisa y pegué el móvil a la oreja, lista para la nueva petición. Víctor era un virtuoso en el arte de pedir favores, de esos que parece inevitable decirles que no.
¿Quedamos? Prefiero explicarlo en persona, de verdad
No lo prefiero, dije tranquila. Habla ahora o calla para siempre, como en las bodas.
Se hizo un silencio de esos que solo rellenan los suspiros agotados. Imaginé el humo de su cigarro entre frase y frase.
Lucía tiene cáncer. Cuarto estadio. Los médicos dicen que, con suerte, dos o tres meses
Lucía, la mujer por la que se fue. La madre de su hijo. Sentí frío, pero más de presentimiento que de compasión: estaba claro que venía a pedirme algo de esos imposibles de rechazar sin quedarme sin aire.
Lo siento mucho, dije sin emoción. Pero no entiendo por qué me llamas.
Rosalía, necesito tu ayuda. No sé a quién más acudir.
Guardé silencio. Afuera, una paloma paseó por la barandilla, me miró de reojo. No te fíes, parecía decirme.
Rosalía, por favor, quedemos. Te lo explico, es importante. Es por Miguel, mi hijo.
Por tu hijo, corregí en mi cabeza. No mío. Ni lo será nunca.
Vale, respondí, escueta. Mañana. En la cafetería de la Plaza Mayor, a las tres.
Colgué y me quedé un rato largo mirando al infinito. El café se enfrió, los tomates en la tabla daban pena. En el frigorífico seguía colgada esa foto antigua: Víctor y yo en la playa de Salou, sonriendo con las manos enlazadas. Siempre quise guardarla, pero ya se sabe, nunca hay tiempo O tal vez no quise admitir que esa mujer de la foto era otra.
Al día siguiente llegué temprano al café. Pedí un té y esperé junto a la ventana. Víctor llegó diez minutos tarde, flaco, con entradas y gafas pesadas, como si quisiera disfrazar los años en tres días. Se sentó frente a mí, asintió a la camarera y me miró como pidiendo perdón antes incluso de abrir la boca.
Gracias por venir, murmuró.
Habla, tomé la taza entre las manos. No tengo mucho tiempo.
No sé ni por dónde empezar
Por el motivo, Víctor. Por el motivo.
Suspiró tan hondo que casi se le escapa la vida por la nariz.
Lucía no tiene solución. Ni la quimio la salva, la operación ya no No le queda familia; la madre murió hace años, al padre ni lo conoció. Miguel va a quedarse solo. Tiene cinco años.
Guardé silencio. Algo se me apretó por dentro, pero lo mantuve bien encerrado.
Quiero pedirte le costó tragar saliva. ¿Podrías ayudarnos? Económicamente. Para el tratamiento, para los cuidados. Te lo devolveré todo, lo juro, pero ahora no tengo ni un euro.
¿Cuánto? pregunté, más por rutina que por curiosidad.
Cien mil euros. O algo más.
Apoyé la taza tan fuerte que el té salpicó y dejó una mancha oscura en el mantel.
¿Cien mil euros, repetí despacito. ¿Y de dónde saco yo tanto dinero, Víctor?
Podrías vender el piso. El de la calle Arenal. Decías que no lo usabas, que te sobraba.
El piso de la calle Arenal. Un cuarto sin ascensor que mis padres me regalaron al casarme; luego, ilusa de mí, se lo regalé a Víctor por su cumpleaños, convencida de que seríamos viejos juntos. Él lo alquilaba y se sacaba unas perras. Y ahora, ¿quería encima que lo vendiera?
¿Es tu propuesta seria? le clavé los ojos. ¿Que venda el piso que alguna vez te regalé, para que lo uses tú?
Rosalía, sé que suena a locura, pero
No le corté clara como el agua de Granada. Ese piso es mío. Un regalo no es una condena.
Empalideció más si cabe.
Pero Lucía se muere, ¡Miguel va a quedar huérfano!
Miguel tiene padre me puse en pie, cogí el bolso, y se llama Víctor. Es tu hijo y tu responsabilidad. No la mía.
Rosalía, por favor, escúchame
No esperé más. Salí del local sintiendo el móvil desintegrarse en mi mano. ¿Estaba haciendo lo correcto? ¿O me estaba volviendo una egoísta sin remedio?
Ya en casa, llamé a Carmen. Mi amiga de universidad, la única que no me juzgó tras el divorcio ni me soltó frases de manual.
¿Te pidió el piso? exclamó, indignada. ¡Ese tío está fatal, Rosalía!
Carmen, la mujer se muere. Y el niño es pequeño
Y eso, ¿qué? No es tu responsabilidad. Ni por asomo.
Pero me siento fatal, admití. Como si le negara ayuda a un moribundo.
Tienes derecho a decir que no, aunque te duela. Recuérdalo, Rosalía. No tienes que pagar los platos rotos de otros.
Me tumbé en el sofá, cerré los ojos, con las palabras de Víctor dando vueltas. Recordé a Lucía, la mujer de sonrisa brillante que una vez vi de lejos paseando el carrito. Me la robó, pensé entonces. Ahora se muere, ¿y tengo yo que ayudarla?
No. No debo.
A los dos días, Víctor volvió a llamar. Ya sin rodeos, con la desesperación hecha nudo en la garganta.
Rosalía, sé que estás enfadada. Pero piensa en Miguel. Él no tiene culpa de nada.
No estoy enfadada, respondí fría. Sólo no quiero meterme en esto.
Entonces, otro favor, dudó. Si Lucía fallece ¿podrías ser la tutora de Miguel? Solo hasta que yo me estabilice.
Tardé un segundo en entender la propuesta.
¿Perdón?
Tú eres mujer, criada a María. Sabes llevar una casa. Miguel necesita una madre y yo solo no puedo
Víctor, lo interrumpí, mi voz seca como escarcha. ¿Tú quieres que yo sea la madre de tu hijo? Ese hijo que concebirte mientras me engañabas.
Rosalía, sé que suena
No, sentencié. Olvídalo. No soy parte de tu nueva vida.
Colgué y me senté en el suelo, la espalda contra la pared, intentando recomponerme.
¿Cómo se atreve?
Aquella tarde vino María, mi hija, veintiocho años, lista, independiente y trabajando en una agencia de publicidad, piso de alquiler en el centro. Nos veíamos poco, pero cada vez era una fiesta.
Mamá, papá me ha llamado soltó nada más entrar. Me lo ha contado todo, también lo de Miguel y Lucía.
Asentí y puse agua a calentar.
¿Y qué te dijo?
Que le negaste el pan y la sal. Que eres fría.
¿Fría? repetí. Hombre, pues igual sí.
Mamá, ¿cómo puedes ser así? Ese niño no tiene culpa.
Tienes razón serví el té y lo dejé ante ella. Pero no es mi responsabilidad.
¡Pero podrías ayudar, aunque sea un poco!
No voy a vender mi piso, María. Ni a ser la madre postiza de un niño ajeno. Esto es historia de tu padre, no mía.
Eres una egoísta susurró, y en sus ojos vi decepción.
Me dolió, claro, pero no respondí.
Puede ser dije. Pero es mi derecho.
A los treinta minutos se fue, dejando el té a medias. Y en casa se hizo un silencio que ni en la catedral de Salamanca.
Los días siguientes fueron un infierno. Víctor me llamaba, me mandaba mensajes: a veces suplicando, otras amenazando con demandas, con contarle a todo el mundo lo monstruosa que era, que María acabaría por odiarme.
No contesté. Leía, borraba, seguía.
Una noche, la que apareció fue Lucía. Desteñida, tiritando y con pañuelo en la cabeza. Se plantó en el umbral con mirada derrotada.
¿Puedo pasar? susurró.
La dejé entrar. Nos sentamos en la cocina; ella removía una taza de agua con la vista fija.
No le pido que quiera a Miguel, dijo al cabo. Solo que le dé una oportunidad. Es pequeño y pronto me iré. Necesita alguien que le cuide.
¿Y su padre? apunté yo.
Víctor solo no podrá. Lo sabe usted como yo.
Yo lo sabía. Víctor era encantador, pero fuerte, lo que se dice fuerte, nunca.
No puedo, dije bajito. Lo siento, pero no.
Lucía asintió, se levantó y al llegar a la puerta me miró.
Es usted muy fuerte, murmuró. Siempre le he tenido envidia. Ahora veo que esa fuerza viene del frío.
Cerró. Y yo me quedé de piedra.
Del frío por dentro.
Aquella noche no dormí. Repasé la historia entera en mi cabeza: Miguel, Víctor, Lucía Pensé que sí, que me había endurecido, que tiempo atrás era distinta, capaz de perdonar, de partirme en dos.
Pero entonces Víctor me traicionó. Se fue. Y entendí que las heroínas acaban mal.
Pero, ¿acaso tengo razón?
Me levanté, miré por la ventana. La calle oscura, farolas mustias, de fondo ladraba un perro callejero.
Tengo derecho a decir no, repetí como un mantra. Aunque duela, aunque me juzguen.
No debo cargar con culpas ajenas. Ni ser la mártir de la telenovela de otro.
Por la mañana llamé a Víctor.
Quedamos. Hoy, mismo sitio.
Llegó con los ojos de cachorro, se sentó frente a mí y cruzó las manos.
Rosalía, sabía que
No sigas le corté. Escúchame bien: no vendo el piso. Regalártelo fue mi manera de ser libre, no una cadena. Y de madre de tu hijo, olvídate. No es cosa mía.
Pero
Tú tomaste tus decisiones. Montaste tu nueva vida, tu otra familia. Ahora asume las consecuencias, Víctor. No soy tu tabla de salvación.
Blanco como la leche.
Entonces quieres que Miguel lo pase mal.
Quiero que dejes de hacerme sentir responsable o vil usando al niño, dije serena. Búscate ayuda en otra parte. Pero deja de manipularme.
Eres cruel susurró.
Me levanté, bolso en mano.
Tal vez. Pero ahora es mi vida. Y yo decido.
Salí a la calle con la cabeza alta, y por primera vez en mucho tiempo, sin mirar atrás.
Pasaron dos semanas. Ni Víctor ni María dieron señales. Carmen vino un par de tardes, nos tomamos un vermut y hablamos de gatos, de series y del calor, pero nunca de Lucía ni de Miguel.
Poco a poco, recuperé mi rutina. Salía a trabajar, preparaba mi propio cocido, leía novelas con crímenes en Madrid. Por las noches veía por la ventana el parque, los chiquillos, los abuelos de charla.
A veces pensaba en Miguel: ¿se parece a Víctor, será risueño? Eran pensamientos como nubes que no se quedan, solo pasan. No dolían.
Una mañana, mensaje de María: Mamá, perdona. Ya lo he entendido. Tenías razón.
Sonreí. Respondí: Gracias, hija. Yo también te quiero.
Me senté al sol de la ventana, la taza entre las manos, mirando mi piso pequeño y luminoso. Mi refugio. Mi espacio.
No fui heroína, ni salvé niños, ni me sacrifiqué por nadie.
Pero me salvé yo. Y esa también es una victoria.
Silenciosa, sin aplausos. Pero mía.
Di un sorbo a mi café y abrí el libro. Detrás, el sol entraba por la ventana.
Y por primera vez, no sentí culpa por haber elegido cuidarme a mí misma.







