Habían pasado dos años desde aquel día y, ahora, volvía a cruzármela. Caminando por la Gran Vía de Madrid, frente a mí, una mujer bellísima, imposible de ignorar, hacía que los hombres girasen la cabeza a su paso. En ella reconocí a mi antigua esposa, Inés, la misma que antaño eclipsaba a todos allá donde íbamos.
Tras la boda, Inés había cambiado por completo. Ya no era la mujer de vestidos ajustados y lencería delicada, sino alguien ajeno a sí misma. Ahora usaba camisetas enormes y viejas que ocultaban su figura, el pelo recogido deprisa, como si no tuviera tiempo ni para mirarse al espejo. Había dejado de maquillarse, de ir a la peluquería; ni siquiera cuidaba sus uñas. El cuerpo, marcado por la maternidad, lucía cansado; la celulitis y el vientre no recuperado tras el parto quedaban al descubierto bajo aquellos pantalones que más bien parecían sacos.
Durante los dos años que vivimos juntos en aquel piso del barrio de Salamanca, Inés fue perdiendo poco a poco la chispa que la caracterizaba. Cada vez más cansada, más ensimismada en el cuidado de los niños y la casa, apenas quedaba rastro de aquella mujer apasionada y alegre que todos mis amigos envidiaban.
Aquel último día, la vi sentada en el salón, con una camiseta gris manchada de leche, pantalones cortos que dejaban a la vista sus piernas sin depilar y una coleta deshecha, mientras el rostro mostraba una tristeza constante y ojeras profundas por tantas noches en vela. Yo, sencillamente, no pude soportarlo más y le dije que no podía seguir a su lado. Que lo único que me despertaba era tristeza y compasión, nunca amor.
Han pasado dos años desde entonces y vuelvo a ver a Inés frente a la Puerta del Sol. Va vestida con un vestido precioso, su cabello suelto en rizos relucientes. Se ha transformado de nuevo en una reina, una mujer segura que hace girar las miradas a su paso. Ahora me doy cuenta de cuánto se había sacrificado. Había olvidado cuidar de sí misma por entregarse por completo a nuestra familia, a nuestros dos hijos.
Me doy cuenta de que yo me distancié de ella cuando más necesitaba comprensión. No supe ver todo el esfuerzo que dedicaba a nuestro hogar, su energía volcada en los niños, limpiar, cocinar y aún así encontrar fuerzas para prestarme atención. Cuando me quedaba solo con los gemelos durante un par de horas, acababa agotado, pero nunca pensé en lo que debía de ser para ella hacerlo todos los días, durante todo el día. La sala de deportes, los tratamientos de belleza, las joyas, los vestidos… no tenían lugar en su vida bajo ese huracán de responsabilidades. Yo mismo fui quien no se lo permitió.
Ahora, viéndola resplandecer, siento una vergüenza insoportable. Me hago cargo de mi inmenso error: no entendí, ni valoré el enorme peso que Inés llevaba sobre sus espaldas, ni la ausencia absoluta de reproches. Ella siempre me recibía al regresar del trabajo con una sonrisa, me construyó un hogar acogedor, y yo no supe apreciarlo. Bastaba con haberla apoyado, haberme hecho cargo, al menos en parte, para darle un respiro y permitirle cuidarse, tener un momento para ella misma.
Fui un insensato. Perdí un auténtico tesoro sin darme cuenta, tan convencido de mi razón que ignoré la vida de mi familia. Y con ello lo arruiné todo.
Hoy, mientras la observo alejarse entre la multitud, pienso si algún día podré ser digno de su perdón. Intentaré acercarme a ella, aunque sea solo para poder participar en la vida de mis hijos, porque ya he perdido dos años de su crecimiento. Inés ahora tiene admiradores, pero no permite que nadie atraviese el muro que he levantado yo mismo. Fui yo quien la hirió de verdad. Y ahora no sé qué hacer con esta culpa que me consume desde dentro, después de darme cuenta de todo lo que destruí.







